2. La perla de italia. Virginia Oldoini y Napoleón III #4
Napoleón la aguardaba en un comedor pequeño en la misma ala.
Cenaron atendidos por un lacayo que aparecía y desaparecía con discreción.
El suflé humeaba; el vino era tinto y espeso.
La conversación arrancó lenta al principio; ambos se estaban midiendo.
Hasta que él mencionó a Italia. Habló de Austria con una irritación que parecía genuina, y de Cavour con un respeto que no habría admitido frente a los ministros.
Ella escuchaba. Tras la cena, pasaron a una sala contigua, y el tono cambió.
—Condesa, hace varios meses que vive en París. ¿Qué opina de Francia?
—Francia es un país que sabe tratar muy bien a sus invitados, Majestad.
—Me alegra escucharlo. Dígame, ¿sabe por qué la traje aquí?
—Para hablarme de Italia, supongo.
Napoleón se levantó de su sillón y le ofreció la mano.
—Italia puede esperar.
—¿Y usted no, mi señor? ¿O acaso no le han contado que las mejores conquistas son las que se obtienen sin prisa?
Él rio. Sin más palabras, la condujo por un corredor. Las alfombras ahogaban los pasos. Virginia se detuvo ante un gran lienzo de caza donde una amazona era derribada de su caballo.
—Majestad, si va a seducirme déjeme prepararme para sorprenderlo. Lo espero en mi recámara en una hora.
—Como lo disponga, condesa —se resignó.
En la habitación, Virginia se desnudó frente al fuego.
Semanas antes había encargado en una tienda del Palais Royal una bata de seda traslúcida color aguamarina.
Se la puso y, con movimientos lentos, se ajustó las cintas de las ligas de encaje y seda.
En cada una, bordada en letras diminutas, una frase: “Todo se conquista”.
Se puso de pie cuando la puerta se abrió. Napoleón la vio con la luz de las velas atravesando la tela. Ella descubrió en él algo más que deseo; era rendición.
—Me dijeron que en Turín la llaman “La perla de Italia” —dijo él, acercándose.
—Es cierto, en Turín soy una perla, Majestad. Lo que los hombres buscan toda una vida y rara vez encuentran. Aquí soy lo que usted necesite que sea para no sentirse solo.
Lo que siguió no fue lo que él esperaba.
Estaba acostumbrado a mujeres que se entregaban a él orgullosas pero sumisas, como quien recibe un honor y está a su disposición.
Virginia, en cambio, lo hizo esperar. Lo hizo detenerse cuando él quería avanzar.
Lo frenó para después alentarlo, y el emperador se descubrió obedeciendo el ritmo que ella marcaba.
Después, Napoleón se acomodó en la almohada. Ella, en cambio, se incorporó contra el respaldo de la cama y le pasó los dedos por el pelo, una caricia lenta pero con la fuerza suficiente para mantenerlo despierto.
—Majestad, si Italia se unifica con ayuda de Francia, Cavour estaría dispuesto a ceder Saboya y Niza.
Napoleón abrió un ojo.
—Austria nunca lo perdonará —murmuró, más para sí mismo que para ella.
—Puede ser. Pero unificar Italia es el pedestal que usted está buscando.
El emperador rio y se incorporó. Virginia le recordó lo que Francia podía ganar si tomaba partido. No dijo nada que él no supiera, pero se lo dijo como nadie se lo había dicho: como una promesa.
—Italia necesita de usted, Majestad. Y usted necesita una victoria que sea solo suya.
Él no respondió de inmediato.
—Lo pensaré.
Ella entendió que esas dos palabras eran suficiente. Lo dejó dormirse.
En el carruaje de regreso a París, Virginia miraba el amanecer por la ventanilla. Su mente corría veloz, intentaba asimilar una nueva sensación: controlar al hombre más poderoso de Europa era más embriagador que cualquier cosa que Cavour pudiera ofrecerle.
Después apoyó una hoja en el escritorio de viaje y escribió a Turín.
Le informó al primer ministro, en el lenguaje cifrado que usaban, que el emperador se había mostrado receptivo a la causa italiana y que habría oportunidades para profundizar la conversación.
No mencionó nada más. Esperó a que secara la tinta, dobló la carta, y la apretó entre los guantes mientras los caballos corrían por el camino helado.
París,
primavera de 1857
En los meses que siguieron, Virginia se convirtió en una invitada asidua a las fiestas de la sociedad parisina y de la corte imperial.
Napoleón encontraba tiempo para regresar con ella al château de Compiègne en muchas ocasiones.
Otras veces, la esperaba en el palacio Saint-Cloud.
La hacía subir por una escalera lateral hasta los aposentos del ala izquierda, los mismos que habían pertenecido a María Antonieta.
Virginia hacía el amor con el emperador de Francia en la cama de la reina decapitada.
A ninguno de los dos le parecía un mal presagio.
Siempre que pasaban tiempo a solas, Italia era tema de conversación, pero Napoleón no se comprometía.
Y aunque el tiempo apremiaba, Cavour tenía esperanzas puestas en la mujer que desde París le escribía: “Si no lo logro, no será por falta de empeño. Visito lugares, asisto a almuerzos, participo en eventos sociales, me relaciono con el palacio. Haré todo lo que esté en mi mano”.
7 Lo que Virginia no revelaba en sus cartas era la verdad secreta que realmente la sostenía en París: más que las promesas de Cavour era el poder de sentirse deseada.
Mientras tanto, el matrimonio de los condes se deshacía sin que ninguno de los dos tratara de evitarlo.
Al principio el conde se había sentido un marido ejemplar: uno que no ve ni se deja ver mientras financiaba la misión que podía catapultar su carrera y el futuro de su país.
Pero lo que Virginia necesitaba para brillar en la corte de Napoleón III excedía varias veces su fortuna.
Para cada ocasión, ella exigía joyas deslumbrantes y vestidos osados para ser el centro de atención.
Francesco pagó los gastos de su mujer hasta agotar sus recursos y luego tomó préstamos asfixiantes.
Pero cuando todo París comenzó a murmurar que la condesa de Castiglione era la nueva amante del emperador, él no pudo soportar las miradas, mezcla de desdén y lástima.
Para peor, los periódicos de Turín también mencionaban la relación en las crónicas de sociedad.
El conde se había convertido en el hazmerreír hasta en su propia tierra.
Después de una velada donde Virginia y el emperador bailaron juntos, rieron y se tomaron de la mano sin disimulo, Francesco puso punto final.
—Me voy. Regreso a Turín. Giorgio se quedará contigo hasta que sea algo mayor, pero yo no puedo seguir aquí.
—¿Qué esperas que diga? —respondió ella, mientras se quitaba unos aros de esmeralda y los dejaba en la mesa. Francesco los miró asqueado. No recordaba haberlos comprado.
—He pagado cada una de tus victorias con una hectárea de mis tierras. No quiero nada. Ya me has quitado bastante.
Un lacayo apareció en la puerta para anunciar que el carruaje del conde estaba listo. Francesco tomó a Giorgio en los brazos y le susurró: “Nos volveremos a ver, muchachito”. Cuando ella extendió los brazos hacia su hijo, el niño se tomó del cuello del padre y rompió en llanto.
Mientras Giorgio lloraba, Virginia vio partir a su marido.
Sentía alivio. Francesco había sido útil, necesario incluso, pero sus celos lo habían convertido en un obstáculo.
Desde la ventana vio desaparecer el carruaje en la noche parisina.
Luego se preguntó cómo haría para mantenerse en París.
La respuesta surgió en su mente con naturalidad: el emperador no dejaría a la deriva a una mujer que lo había cautivado.
Solo necesitaba recordarle cuánto la necesitaba.
La noche siguiente, llegó a la recepción semanal de las Tullerías con un vestido de muselina blanca de corte simple, sin joyas. Con el cuello desnudo y el cabello recogido sin adornos, se veía frágil. Virginia sabía exactamente qué versión de sí misma necesitaba mostrar.
Napoleón la vio entrar.
—Condesa, ¿qué ha pasado? Esta noche usted no eclipsa la sala.
—Majestad, mi marido me ha abandonado. Soy una mujer sola. Y una mujer sola no tiene quien le pague vestidos ni joyas.
El emperador no dijo nada en ese momento.
Pero esa misma noche, ordenó a su secretario que estableciera una pensión anual a nombre de Virginia Oldoini, condesa de Castiglione.
Al día siguiente, le envió un estuche de terciopelo azul.
Contenía un anillo de zafiros y diamantes, con una inscripción en el interior: VNIARPGO ILNEIOEN.
Si se reunían las letras impares y luego las pares, se leía: VIRGINIE NAPOLEON.
8 Lo deslizó en el dedo corazón y luego escribió una carta de agradecimiento que mezclaba amor con política en proporciones que sabía calcular a la perfección. La envió satisfecha a las Tullerías.
Poco después de su llegada a París, Virginia había comenzado a visitar el estudio fotográfico de Mayer & Pierson, sobre el elegante bulevar de los Capuchinos.
Allí acudía la aristocracia francesa para encargar retratos y cartas de visita, pequeñas fotografías montadas sobre cartón que se usaban como tarjetas sociales.
Disfrutaba del aire sofisticado del sitio donde se cruzaban los poderosos, pero lo que la hacía regresar una y otra vez eran las sesiones.
Le encantaban. Para la primera fotografía, posó con un vestido negro de terciopelo, las manos cruzadas, la expresión serena.
Pierson la trató como a cualquier otra aristócrata: le indicó dónde sentarse, cómo inclinar la cabeza, cuánto tiempo quedarse inmóvil.
Virginia obedeció en silencio. Pero cuando el artista le mostró la imagen revelada, algo se transformó en ella.
Se quedó mirando la placa un largo rato, no solo por vanidad sino con el asombro de quien descubre un nuevo poder.