2. La perla de italia. Virginia Oldoini y Napoleón III #3
Cerca de la medianoche, llegó a las Tullerías sola.
Tenía un plan que no incluía a Francesco.
Él había encontrado un pretexto para no asistir.
El gran salón principal hervía de uniformes militares y sedas.
Las arañas de bacará derramaban luz sobre los frescos del techo, donde diosas de mirada complaciente presidían la celebración de los mortales.
La orquesta ejecutaba una polka y el perfume de rosas llegaba en oleadas desde los rincones.
La emperatriz Eugenia de Montijo, vestida por madame Vignon, con un traje moaré plateado que insinuaba su embarazo, caminaba entre los grupos saludando a los invitados. Napoleón III, un paso detrás, tenía esa expresión de quien ya ha cumplido sus obligaciones y busca escapar con urgencia.
El emperador y la emperatriz comenzaron a acercarse a la salida con su escolta habitual.
La escalinata principal de las Tullerías estaba diseñada para que quien la recorriera fuera visto con facilidad.
Era imponente, ancha, de mármol blanco, iluminada por decenas de candelabros sostenidos por lacayos.
Napoleón la vio primero. Se detuvo en un rellano.
Virginia subía desde la base. La seda captaba la luz en cada movimiento y la tiara lanzaba destellos breves sobre el rostro.
Al llegar al descanso donde él se había detenido levantó los ojos.
Hizo una reverencia perfecta ante la pareja y se incorporó.
El emperador no se movió.
—Condesa, llega usted tarde —la retó en tono de reproche amigable.
Ella dejó pasar unos segundos.
—Es usted, Majestad, quien se retira temprano. 6
En el silencio que siguió, algo cambió. Sin decir nada más, Napoleón continuó bajando.
Eugenia de Montijo redujo el paso al acercarse a Virginia, pero la invitada no se inmutó.
Terminó de subir la escalinata y entró al salón.
Esa noche la condesa de Castiglione bailó hasta las tres de la mañana con ministros, generales y diplomáticos.
Todos se turnaban para pedirle un vals. Ella sonreía y giraba mientras sus faldas dibujaban círculos en el aire.
Pensaba con calma: Ya está. Ahora vendrá él.
París,
febrero de 1856
Desde aquella noche en las Tullerías, Napoleón no dejaba de pensar en la italiana.
No se detenía en el rostro, sino en la forma en la que le había devuelto la frase; en ese desenfado que no había demostrado la noche que la conoció.
Una semana más tarde, durante una audiencia con su tío Jerónimo Bonaparte donde debían tratar asuntos del Senado, el emperador desvió la conversación hacia el baile de carnaval que se celebraría en el Ministerio de Asuntos Exteriores.
Mencionó que sería conveniente que la lista de invitados incluyera a los Castiglione.
Lo dijo con el tono de quien sugiere algo menor, pero Jerónimo tenía experiencia en relaciones familiares déspotas.
Había sobrevivido a un hermano emperador y a treinta años de exilio; sabía distinguir una orden de una sugerencia.
Esa misma tarde, los nombres del conde y la condesa de Castiglione fueron agregados a la lista.
Cuando la invitación llegó a la residencia, Francesco la leyó y se la pasó.
—Parece que has llamado la atención correcta.
Virginia la tomó y la dejó sobre la mesa del vestíbulo con una sonrisa triunfal.
Su plan había funcionado. Comenzaba el juego.
El emperador había movido la primera pieza.
Pero mientras su marido hablaba de Cavour y de Italia, ella pensaba en otra cosa: en lo que significaba que Napoleón la quisiera allí.
En el carruaje rumbo a la fiesta, Francesco se acomodó el cuello del abrigo varias veces, como si la tela de la solapa tuviera algún defecto.
Había aceptado la misión en Turín por la causa italiana y por la posibilidad de quedar cerca del poder.
Después de dos meses en París y con lo que había gastado allí, si fracasaban él volvería a Italia arruinado y con las manos vacías.
Pero si el plan tenía éxito, debería sonreír y fingir no darse cuenta de que Napoleón deseaba a Virginia.
Se ajustó el cuello una vez más. El carruaje se acercaba a destino.
El Ministerio de Asuntos Exteriores en el flamante Quai d’Orsay había sido creado para que ningún diplomático extranjero dudara de la grandeza del imperio.
Sus salones competían con los de las Tullerías en dimensión, pero esa noche sumaba una ventaja: el baile de disfraces ofrecía una licencia que las fiestas del palacio no permitían.
Detrás de las máscaras las distancias pesaban menos y las conversaciones fluían más.
Virginia llevaba un traje de reina de corazones que era una provocación.
Un vestido de gasa clara muy insinuante, casi transparente.
La falda estaba recorrida por cadenas de corazones bordados y en la seda del corpiño un corazón de tela carmesí atraía las miradas justo hacia donde el escote terminaba.
Estaba segura de que obtendría esa rendición que el emperador le había negado semanas atrás.
Francesco le ofreció el brazo para entrar al baile y después se separó de ella con naturalidad, conocía su papel. Se ubicó junto a una columna con una copa, dedicado a observar.
Virginia cruzó el salón para saludar a la pareja imperial.
A su paso, las conversaciones más cercanas se iban apagando.
Los hombres, rendidos ante su belleza, intercambiaban miradas.
Las mujeres que estaban más lejos se subían a las sillas para verla pasar.
Detrás de los abanicos, el escándalo y la envidia se confundían.
Esa noche Virginia solo pensaba en el poder que le daba su belleza.
Sabía que ninguna mujer en el salón era tan deseada como ella.
La emperatriz había aceptado que las infidelidades de su marido eran parte del trato matrimonial, pero el descaro de aquella mujer, que ignoraba toda etiqueta al ofrecerse de ese modo vulgar en público, la irritaba de un modo especial.
Cuando Virginia la saludó con una reverencia, Eugenia la dejó inclinada un segundo de más, lo suficiente para que los demás lo notaran.
Después bajó los ojos hacia el corazón en el pecho.
—Luce su corazón demasiado abajo, condesa.
—Majestad, los corazones sinceros deben estar donde puedan verse.
Antes de que Eugenia pudiera responder, Napoleón tomó a Virginia del brazo y la llevó al centro del salón.
—Esta noche, condesa, baila conmigo.
Francesco, desde su columna, los vio girar y apretó la copa entre los dedos.
La orquesta interpretaba un vals y su mujer reía con la cabeza echada hacia atrás mientras el emperador le ceñía la cintura con familiaridad.
Aunque el protocolo dictaba que debía bailar con otras mujeres, él volvió a Virginia tres veces más.
En cada oportunidad, la llevaba un poco más lejos del centro, hacia los rincones donde la luz se perdía.
Francesco tomó otra copa y salió a una de las terrazas.
El aire de la noche estaba muy frío, pero resultaba más tolerable que ver a su mujer en brazos del emperador.
En una de las pausas entre valses, Virginia inclinó la cabeza y dejó caer un comentario calculado con la ligereza de quien habla del clima:
—Dicen que cuando era joven usted fue carbonario en Italia.
—Fue hace mucho tiempo, condesa.
—Seguramente. Pero en Turín lo recuerdan como a alguien que entendió la causa italiana cuando nadie en Europa la tomaba en serio.
—Italia es un asunto complicado. Austria no va a soltar lo que tiene sin una guerra, y una guerra necesita razones que los franceses puedan entender.
—Su Majestad debería ponerle precio a su ayuda y los franceses comprenderán.
—¿Y usted se ofrece como mensajera de mi propuesta?
—Soy alguien que entiende lo que los hombres poderosos desean, Majestad.
La orquesta retomó un vals. Napoleón le ofreció la mano y volvieron a bailar en silencio.
La emperatriz Eugenia se retiró a sus aposentos sin despedirse de nadie.
Napoleón la vio irse desde un extremo del salón, pero no la siguió.
Se quedó hablando con el embajador de Rusia, vigilando en qué parte del salón estaba Virginia.
Ella sentía en la atención una caricia física.
Supo con certeza absoluta que lo tenía atrapado en su red.
Al final de la velada, mientras los invitados esperaban los carruajes, el chambelán del emperador le entregó una pequeña nota doblada, sin firma. Ella la ocultó con rapidez dentro de un guante.
En el coche de regreso, el silencio entre Francesco y Virginia pesaba, pero ninguno de los dos buscó aliviarlo con palabras.
Una vez en su habitación, a solas y con la puerta cerrada, desdobló la nota bajo la luz de la vela.
Una invitación a pasar una noche en el château de Compiègne, la residencia imperial en las afueras de París.
Guardó el papel en el cajón del tocador y se quedó mirando el reflejo de la llama. Todo iba de acuerdo con el plan.
Château de Compiègne,
marzo de 1856
Virginia viajó sola en un carruaje sin insignias que el emperador había enviado a buscarla. Francesco no preguntó dónde iba y ella no lo dijo. Tampoco llevó a su doncella.
El château de Compiègne estaba a tres horas al norte de París.
La recibió un chambelán que la condujo por un pasillo lateral hasta un ala privada del palacio.
Los grandes salones donde en otoño se organizaban las célebres séries imperiales permanecían cerrados y a oscuras.
No había otros invitados. La habitación que le habían preparado olía a flores frescas.
Desde la ventana se veía el bosque desnudo, las ramas contra un cielo gris que amenazaba descargar nieve.
Un fuego chisporroteaba en la chimenea. En una silla, un chal de cachemira.
Virginia se cambió, se sentó junto al calor de las llamas y esperó. Al anochecer una doncella tocó a su puerta y le anunció que estaba lista la cena. Tomó el chal y la siguió.