2. La perla de italia. Virginia Oldoini y Napoleón III #2
Camillo Benso, conde de Cavour, no había dormido bien en semanas.
El problema no era nuevo, pero era urgente.
Para unificar a Italia necesitaba de Francia.
Había probado los canales oficiales: mensajes, intermediarios, promesas de territorios, pero Napoleón III no se decidía.
El emperador gobernaba con pragmatismo, pero su esposa miraba hacia Roma.
Mientras la emperatriz tuviera influencia, él no movería ni un soldado para debilitar al papa.
Al primer ministro sardo no le faltaba ingenio diplomático, sino el canal adecuado.
Lo encontró, sin buscarlo, en una recepción en la corte de Turín a finales de 1855.
Virginia de Castiglione deslizaba el cuerpo entre los invitados con la precisión de alguien que sabe qué hacer con su belleza.
Los hombres giraban a su paso y perdían el hilo de las conversaciones.
Incluso el cardenal, que hablaba con el primer ministro, se distrajo.
Esa reacción le interesó a Cavour. Había en su prima lejana algo que podría serle útil.
Tres días después la mandó a llamar al palacio de gobierno. Ella entró al despacho y se sentó sin esperar a que la invitara.
—Condesa, Italia la necesita.
—¿Para qué, excelencia? ¿Para bordar banderas? —sostuvo la mirada del funcionario con impertinencia.
A Cavour le gustó la actitud.
—Para ir a París. Para que el emperador se interese en la causa de la unificación italiana.
—¿Y cuánto tiempo se supone que debo dedicarle a esta causa?
—El tiempo que sea necesario.
—¿Y qué recibo yo, más allá del honor de servir a mi tierra? Seamos sinceros; ambos sabemos que esto no es un favor, excelencia, sino una transacción.
Cavour se recostó en la silla. Virginia era una hábil jugadora que exigía sus propios términos y eso lo entusiasmó. Podría manejarse en la corte francesa.
—Usted se convertirá en la mujer que cambió el mapa de Europa. Los historiadores escribirán su nombre y los italianos recordarán su rostro. Eso es mejor que dinero, condesa. Es poder.
Ella se puso de pie y caminó hacia la ventana. Afuera, Turín oscurecía temprano. Su marido, Francesco, esperaba en casa. Un futuro lúgubre, pensó. París esperaba al norte, luminoso.
—¿Cuándo debo partir? —preguntó, sin girarse.
—Lo antes posible. La emperatriz está esperando un hijo y el emperador anhela compañía.
Virginia se apartó de la ventana. Se detuvo frente a Cavour y sonrió.
—Si el emperador anhela compañía, excelencia, me encargaré de dársela.
París,
invierno de 1855
París deslumbró a Virginia desde el primer momento. Las calles amplias y ordenadas la cautivaron con sus bulevares luminosos. Todo tenía el fulgor de lo recién construido.
—Es obra de Haussmann. El emperador le encargó demoler el París viejo y construir uno nuevo. Todo esto era un laberinto de callejones hace tres años. Haussmann lo arrasó y levantó una capital a la medida del imperio —explicó la marquesa que la acompañaba, observando la emoción de la joven.
Virginia escuchaba encantada. En la rue de Rivoli las mujeres caminaban como si la ciudad les perteneciera.
Hizo lo mismo. Se detuvo ante los escaparates de las joyerías, admiró los peinados imposibles y los colores de los vestidos.
En Turín, las mujeres se vestían con sobriedad; en París lo hacían para conquistar.
Unos pasos detrás, Francesco no demostraba interés en la ciudad; otras cosas ocupaban su mente.
Virginia estaba allí para capturar al emperador, sostener su atención, hacerse imprescindible.
Si lo lograba, Piamonte tendría respaldo para una guerra que cambiaría el mapa de Europa.
Y después, él sería el nuevo embajador italiano en Francia, se lo había prometido Cavour.
—Vamos, condesa —dijo la marquesa, apurando el paso—. Tenemos una cita con madame Vignon. Si va a conocer al emperador, tiene que estar preparada.
—¿Madame Vignon?
—Vistió a la emperatriz para su boda en Notre-Dame. Viste a las mujeres que rodean al emperador.
Virginia negó con la cabeza.
—Entonces necesito otra modista para este evento. No vine a París a parecerme a la emperatriz.
Francesco sonrió. Era un plan arriesgado pero estaba dispuesto a sostenerlo: trajes, joyas, carruajes, una mansión a la altura de las mujeres que rodeaban al emperador.
Un gasto continuo; sin garantías. Si Virginia hacía bien su parte, ese dinero regresaría convertido en algo infinitamente más valioso.
El cuerpo de su mujer era el precio; su propia carrera, la verdadera recompensa.
Para impactar en el primer encuentro con el emperador, Virginia eligió un vestido de seda cobalto con mangas en forma de pétalo.
El escote era generoso; el efecto, inevitable.
En el cuello, un collar de perlas negras con un broche de diamantes.
Su cabello estaba recogido y coronado por una diadema que destellaba bajo la luz.
Francesco la esperaba en el vestíbulo, con su traje de gala, listo para acompañarla. La miró de arriba abajo y asintió. Cada vestido era una inversión que esperaba recuperar cuando su mujer se ganara el oído del emperador.
La princesa Matilde Bonaparte, prima del emperador, disfrutaba como anfitriona del salón más influyente de París.
En sus recepciones se mezclaban artistas, diplomáticos y políticos con una informalidad que las Tullerías no se permitía.
4 Recibió a los Castiglione con la cortesía apropiada para los diplomáticos menores.
Virginia, aunque acostumbrada a las recepciones y las fiestas, sentía un nudo en el estómago.
Había ensayado durante días qué le diría a Napoleón III cuando lo saludara, qué tono usaría, cómo le sonreiría.
Sabía que Cavour esperaba que ella usara la seducción como arma y se ganara su confianza absoluta.
Hasta entonces su belleza había bastado para cautivar a un hombre, pero un emperador no caía: un emperador elegía.
Aquello era un desafío irresistible para ella.
La orquesta interrumpió el vals para tocar las primeras notas del himno que anunciaba la llegada de la pareja imperial.
Al ver entrar a Bonaparte, Virginia lo midió.
Llevaba los bigotes encerados, como dictaba la moda; el cabello, oscuro y peinado hacia atrás, comenzaba a ralear en las sienes.
A los cuarenta y nueve años, caminaba erguido, con el mentón apenas elevado. Había en él algo que imponía distancia.
El emperador saludó a la anfitriona, su prima, intercambió algunas palabras con los hombres del círculo más próximo, y luego su mirada la encontró.
—La Condesa de Castiglione —la presentaron.
—Bienvenida a París, madame. Me han hablado de usted.
Virginia sintió la garganta seca, las frases que había preparado se deshicieron en segundos. Su francés, normalmente correcto, se volvió incierto y no pudo responder.
—Los rumores que la anteceden dicen que es usted muy bella. Y lo es —confirmó Napoleón.
Ella buscó una réplica ingeniosa, pero no la encontró.
—Gracias —tartamudeó.
El emperador esperó un instante. Después le dio la espalda y continuó su recorrido. Ella permaneció en el lugar, con la copa en la mano y una sonrisa tardía inútil. Alcanzó a oír lo que él dijo a uno de los invitados:
—La condesa de Castiglione es bellísima, sin duda. Pero no parece muy ingeniosa. 5
El encuentro había durado menos de cinco minutos.
En el carruaje de regreso, Virginia miraba las luces de París deslizarse por la ventanilla. La frase volvía a su mente una y otra vez: No parece muy ingeniosa. Un insulto catastrófico. Si el emperador la descartaba, no habría misión.
Francesco habló primero.
—Habrá otra oportunidad…
Ella no se volvió.
—No —dijo, en voz baja—. Así no.
El conde guardó silencio.
Aquella noche, Virginia no durmió. Había descubierto que existía un hombre que se resistía a su belleza.
Una amarga novedad. Debía lograr que el emperador perdiera la cabeza por ella.
Algo había faltado y debía descubrir qué.
La palabra justa le llegó en la madrugada: atrevimiento.
No lo perseguiría por los salones. Haría que él la buscara.
Tullerías,
enero de 1856
Para Napoleón III, los bailes en las Tullerías eran el escenario más grande del poder imperial. Podían reunir hasta tres mil personas en los salones mayores, y cada una de ellas era un espectador de su gloria.
Virginia dedicó las semanas siguientes a conseguir una invitación al próximo baile de invierno en el palacio.
Desde Turín, los canales de Cavour operaban con la discreción habitual: una palabra al attaché correcto, un favor recordado en el momento oportuno.
Dos semanas después del encuentro fallido en casa de Matilde Bonaparte, llegó a la residencia de los Castiglione el cartón blanco con el nombre del conde y la condesa grabados en tinta azul oscuro: “Las Tullerías. Gran baile de invierno”.
Lo leyó satisfecha y el nudo en su pecho se deshizo. Era una segunda oportunidad.
Después de probarse una docena de vestidos, optó por uno de seda color damasco, más oscuro en los pliegues y más vivo donde la tela se tensaba.
Bordados en plata recorrían los bordes de las mangas.
El escote cuadrado transgredía el límite de lo admisible en el Segundo Imperio.
El peinado recogido requirió tres intentos de su doncella.
Lo coronaba una tiara pequeña de diamantes.
Llamativa, pero lo suficientemente modesta como para no parecer un desafío a la emperatriz.
Durante los preparativos Virginia se miró en los espejos de la habitación muchas veces, hasta quedar segura de que lograría el impacto deseado. Después, se sentó en un sillón de la sala de música y esperó. El baile había comenzado dos horas antes.