Amantes del poder 2. La perla de italia. Virginia Oldoini y Napoleón III
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2. La perla de italia. Virginia Oldoini y Napoleón III

París,

E l carruaje se detuvo frente al palacio de las Tullerías. Virginia giró hacia la ventanilla sin mirar la escalinata ni las columnas. Se concentró en su reflejo en el vidrio: ajustó un rizo rebelde, corrigió la caída de un pendiente. No dejaba nada librado al azar.

—¿Lista? —preguntó Francesco, su marido.

Ella descendió sin responder. Toda su atención estaba puesta en el peso de sus pasos sobre el mármol, en cómo el vestido acompañaba los movimientos, en el cálculo exacto de la reverencia que haría ante Napoleón III.

En aquellos salones había hombres que decidían el destino de Europa. Virginia no pensaba discutir con ellos. Planeaba volverse imprescindible para uno en particular.

Virginia Elisabetta Luisa Carlotta Antonietta Teresa María Oldoini nació en Florencia, una mañana de 1837.

Desde muy temprano sobresalió por una hermosura casi excesiva, en la que se destacaban los ojos grises atravesados por vetas verdes que, según la luz o el humor, se encendían en un violeta mineral.

Su madre, la marquesa Isabella Lamporecchi, le había enseñado que la belleza era la llave para abrir todas las puertas.

A los quince años, Virginia ya era capaz de desarmar a un hombre con una sonrisa para después retirársela y así arrebatarle el aliento.

Era vanidosa y dedicaba horas de cada día en cuidar su apariencia.

Pero debajo se ocultaba una mente aguda, con la capacidad de leer a las personas antes de que hablaran.

Podía analizar las situaciones con astucia y sorprender a quienes la creían solo una joven atractiva.

El marqués Filippo Oldoini veía en su hija la oportunidad de obtener las riquezas que sus blasones no tenían.

Cuando Virginia cumplió diecisiete años, su padre aceptó la propuesta de matrimonio de Francesco Verasis Asinari, conde de Castiglione, un viudo doce años mayor que ella, que poseía vastas extensiones de tierra en el Piamonte y una discreta carrera diplomática.

Para Filippo aquello era suficiente; para su hija, no.

Antes de aceptar, pidió hablar a solas con su futuro esposo.

La sala de música de los Oldoini estaba vacía y en penumbras cuando Francesco entró con la seguridad de quien cree conocer el terreno. Su prometida era joven, quizás estuviera nerviosa, pero estaría dispuesta a aceptar el destino que otros habían trazado para ella.

Minutos después Virginia entró sin apuro y cruzó la sala con paso firme hasta sentarse frente a él. Francesco vio las facciones recortadas en la contraluz: la línea perfecta de la mandíbula, los pómulos altos, los labios que no se curvaron en una sonrisa.

—Señorita, será un honor hacerla mi esposa.

—Prefiero que no perdamos tiempo con formalismos —lo interrumpió—. Ambos sabemos por qué está aquí. Mi padre ha decidido este matrimonio y yo no lo cuestionaré. Me casaré con usted.

Francesco se acomodó levemente en el asiento.

—Me alegra escucharlo.

—Aún no he terminado. Seré su esposa y cumpliré con cada una de las obligaciones que se esperan de mí. A cambio, me garantizará ciertos términos. Dispondré de una asignación de dinero propio, sin necesidad de su aprobación ni supervisión.

Francesco arqueó una ceja, preocupado. Aquello no le parecía una conversación entre prometidos, sino una negociación entre estados.

—No intervendrá en mis amistades ni en mi correspondencia —continuó Virginia—. Y en caso de que este matrimonio termine por cualquier causa, yo conservaré la custodia de los hijos que podamos tener.

—¿Quién le ha enseñado a negociar de este modo? —Francesco no esperaba que su prometida pretendiera establecer las bases del matrimonio.

—Nadie. Estoy aprendiendo ahora.

El conde accedió a regañadientes, aferrado a la certeza de que jamás debería cumplir aquellos términos.

¿Qué importancia podía tener que ella dispusiera de dinero propio si él nunca le daría ocasión de gastarlo?

Aceptó el trato, además, porque no le inquietaba que Virginia no lo amara.

Le bastaba con ser el hombre que desposaría a la mujer más hermosa de Florencia.

La joven se puso de pie con la satisfacción de quien ha conseguido lo que buscaba. Hizo un breve gesto con la cabeza y salió. Francesco quedó solo en la habitación con la sensación incómoda de que estaba ante una fuerza difícil de contener.

Dos meses más tarde, Virginia avanzaba hacia el altar de la iglesia de Santa María del Fiore, en Florencia, con un vestido que ella misma había copiado de un lienzo de Rafael para parecer una de sus vírgenes.

Pero bajo el velo que le cubría el rostro ocultaba una decisión íntima: no sería de Francesco ni de nadie. Solo se pertenecía a sí misma.

Los primeros meses del matrimonio transcurrieron con una lentitud que exasperaba a la joven.

Las jornadas se sucedían prolijas, ordenadas, sin fisuras, y allí estaba lo que más temía: la certeza de volverse indistinguible de cualquier otra joven esposa de provincia.

Francesco la trataba con indiferencia. Para él, ella era un trofeo que exhibía cada tanto en las veladas diplomáticas, como una joya que se luce en público por unas horas.

Con el nacimiento de Giorgio y la urgencia de aquel cuerpo pequeño que la reclamaba sin pausa, Virginia llenó, por un tiempo, el vacío.

Amó a su hijo con una intensidad que la sorprendió, porque hasta aquel momento no sabía que era capaz de querer a alguien más que a sí misma.

Mientras tanto, el mapa de Europa comenzaba a moverse.

París,

otoño de 1855

En París, el Segundo Imperio se había propuesto ser el centro del mundo.

Carlos Luis Napoleón Bonaparte gobernaba Francia con el nombre de Napoleón III, y llevaba sobre los hombros la herencia más pesada de Europa: ser sobrino de Napoleón Bonaparte.

1 Su presencia llenaba las salas con un magnetismo que los admiradores atribuían a la estirpe y los detractores a la vanidad.

Conocía las muchas críticas que se hacían a sus espaldas: que era un advenedizo, un Bonaparte de segunda clase, un idealista que había pasado años en prisión escribiendo panfletos sobre la miseria obrera para terminar sentado en un trono.

Pero el emperador había aprendido a usar ese desprecio como combustible.

El poder no solo se ejerce, debe exhibirse, sostenía.

Construirse en piedra y en seda, en salones con techos pintados al fresco y arañas de cristal que multiplican la luz hasta el vértigo, en fiestas para mostrar la innegable grandeza de Francia.

Lo que no había construido era un matrimonio exitoso.

Eugenia de Montijo entró en su vida como una provocación: hermosa, inteligente y, sobre todo, inalcanzable.

Él la cortejó, como a tantas otras mujeres, con la impunidad de los poderosos.

Sin embargo, a Eugenia tuvo que proponerle casamiento para conseguirla.

Una vez casados, retomó las aventuras que en la corte nadie ignoraba.

Eugenia no mencionaba los deslices de su esposo ni exigía fidelidad, pero a cambio demandaba cuidar las formas.

La dignidad, para ella, estaba en el disimulo.

En realidad, entre ellos había algo más hondo que el desamor.

Una tarde, Eugenia entró al despacho privado sin anunciarse, como hacía cuando algo la inquietaba demasiado para esperar.

Napoleón estaba de pie frente al escritorio, con el mapa de Italia extendido ante él.

El emperador sufría al estudiarlo; solo veía problemas.

Una península fragmentada en territorios que pertenecían a otros: el imperio austríaco controlaba la Lombardía y el Véneto, los Estados Pontificios se extendían desde Roma hasta Bolonia y el reino de las Dos Sicilias permanecía bajo el poder de la dinastía borbónica.

Solo el pequeño reino de Cerdeña, 2 con su capital en Turín, conservaba algo parecido a la independencia, aunque representaba otro problema: su primer ministro, Cavour, ambicionaba que Italia dejara de ser una expresión geográfica y se convirtiera en una nación.

—Sigues con eso —dijo Eugenia.

—Cavour me ha enviado otro memorándum.

—Es el primer ministro. Te envía lo que le conviene que leas —se acercó al escritorio, pero no miró el mapa—. Las tropas francesas están en Roma desde hace seis años. Las mantienes tú.

—Las mantengo por razones políticas.

—Las mantienes para proteger al Santo Padre. Es tu deber.

Napoleón dobló el mapa con lentitud, evitando tener que responder.

En su juventud había sido parte de logias carbonarias que defendían la idea de una Italia dueña de sí misma y libre de ocupación extranjera.

3 Además de ese pasado que nunca había terminado de dejar atrás, en su mente estaba el cálculo.

Expulsar a Austria de la península podría expandir la influencia francesa y darle a su imperio la gloria que la sombra de su tío exigía.

Pero también implicaba enfrentarse a los católicos de Francia que, como su esposa, consideraban que aquello sería un sacrilegio.

—Si Italia se unifica, el papa pierde sus tierras, su ejército y su independencia —Eugenia hizo una pausa breve—. Se convierte en un prisionero con mitra, Luis. Y nosotros en sus carceleros.

—Eso es una exageración.

—¿De verdad crees eso? La Iglesia no es una pieza en tu tablero. Es el alma de Francia. Si tocas Roma, tocas eso.

Napoleón no respondió. Podía explicarle la política, ella le explicaría la fe, y nada cambiaría. Llevaban años sin encontrarse, y ambos lo sabían.

Eugenia recogió el chal del respaldo de la silla donde lo había dejado al entrar.

—Haz lo que quieras. Pero no me pidas que lo apruebe.

Salió sin cerrar la puerta. El emperador quedó solo frente al escritorio, con el mapa entre las manos.

Turín,

otoño de 1855