1. La lengua de los mundos. Malinche y Hernán Cortés #7
En los días que siguieron, cuando miraba las manos que la acariciaban tantas noches, Malintzin sentía cómo el suelo de su pequeño imperio se resquebrajaba.
Vivía junto al capitán desde hacía cuatro años; lo había visto en la batalla, en la masacre, en la celebración.
Siempre creyó que su violencia tenía una dirección clara: el enemigo.
Pero Catalina era su esposa, no un rival.
Malitzin entendió que también ella podía terminar muerta.
Tras la muerte de su esposa, Cortés envejeció de golpe, abrumado por problemas.
Llegaban cartas desde la corte de Castilla que lo llamaban a rendir cuentas.
Los oficiales del rey husmeaban por los patios de Coyoacán haciendo preguntas a los criados y la Iglesia pedía abrir una pesquisa por la muerte de doña Catalina.
Malintzin entendió que el conquistador estaba perdiendo autoridad.
Una tarde, llamó a la puerta de la habitación donde él se encerraba a deliberar estrategias para no ser desplazado. Llevaba a Martín en brazos; sabía que ver a su hijo lo enternecía.
—Tengo un hijo tuyo y no tengo nombre en tu ley. Cásame.
Él soltó la pluma.
—No puedo casarme contigo —dijo al fin.
—¿Sabes cómo llaman en los mercados a las mujeres que dan a luz sin marido?
—Malintzin, tú eres…
—Puta —lo interrumpió, en castellano—. Esa palabra también la aprendí de ustedes.
Él no respondió.
—Cásame con uno de los tuyos. Quiero tierras que no me puedan quitar, promesas que no se mueran contigo.
Él aceptó que ya no podía retenerla. La muerte de Catalina era un escándalo que la corona no perdonaría.
Sus enemigos tenían suficiente para hundirlo y lo reclamaban en España para responder acusaciones.
Si caía preso o muerto, dos destinos probables, la madre de su hijo quedaría a merced de hombres sin escrúpulos.
Merecía una protección que él ya no podía ofrecerle.
Esa noche bebió más de la cuenta. A la mañana siguiente ya había elegido un marido.
Juan Jaramillo era un capitán de caballería parco.
Para él, casarse con doña Marina, una mujer con tierras y un hijo reconocido por Cortés, era una oportunidad para ascender en la sociedad que se estaba formando.
Por eso no le importó que no lo amara. Entendía que ella también buscaba algo más útil que el amor: la certeza de tener un suelo firme, ser la esposa de un hombre ante la ley.
Un año después de la boda con Jaramillo nació una niña.
Malintzin eligió por nombre María, como la virgen que le enseñaron a venerar los frailes.
María, la hija de Malintzin, de Malinalli, de doña Marina.
La niña que nunca sería vendida, la que no sería la lengua de nadie. La que tenía un apellido desde la cuna.
Jaramillo aceptó el nombre. No preguntó por qué. No le importaba.
Afuera, la ciudad de México se levantaba sobre las ruinas de Tenochtitlán.
Coyoacán,
primavera de 1528
Tres años después, Martín alternaba palabras en castellano y en náhuatl, y corría descalzo por los patios a abrazar a su padre cuando llegaba de visita. María, aún pequeña, buscaba siempre la protección del huipil de su madre.
En ese tiempo, el capitán recibió la orden de viajar a España para responder ante la corona por la muerte de Catalina y por cada legua de tierra repartida sin el permiso del rey.
—Vengo a llevarme al niño a España. Quiero que tenga un porvenir —le anunció un día, sin preámbulos.
Malintzin arrimó a Martín a su lado.
—¿Voy a volver? —preguntó el pequeño.
Ella miró a Cortés. Él desvió los ojos.
—Tu padre te mostrará el mar.
Martín aplaudió.
—Que siempre estés en el cielo, noconetzin —le recorrió la cara con las yemas, despacio, para guardarse las facciones por el resto de sus días. Luego se irguió.
—Cuídalo —le dijo al padre en castellano.
Él no prometió nada. Martín se aferró a su mano y salieron.
Malintzin subió a la azotea con la pequeña María en brazos para verlos partir.
Desde allí se distinguía, muy lejos, lo único que los conquistadores no habían podido derribar: la silueta blanca de Iztaccíhuatl tendida bajo el cielo y, junto a ella, el humo pausado de Popocatépetl, que velaba a la princesa desde hacía siglos.
Por primera vez en mucho tiempo, Malintzin dejó de combatir el dolor.
Lloró por los muertos que ya no podía contar, caídos por las palabras que habían pasado por ella.
Lloró por la madre que nunca la quiso. Lloró por Hernán Cortés, el hombre a quien le había entregado la lengua, los pechos y el hijo.
Lloró, sobre todo, porque sabía que no volvería a abrazar a su niño.
María apoyó la cabeza contra el cuello de su madre, y ella la dejó quedarse allí, tibia, como quien guarda una brasa para la noche larga.
—Te contaré una historia —le dijo en náhuatl.
Le contó sobre una mujer que había sido vendida por su madre. Sobre los nombres que había recibido, y sobre el único que se había ganado gracias a ser la lengua de dos mundos que se enfrentaron. Las lágrimas cayeron sobre el pelo negro de María.
Popocatépetl seguía humeando. La mujer dormida, en cambio, no se movía. Entre el humo que no se apaga y el silencio que no despierta, Malintzin siguió narrando la historia. No sabía si se la contaba a la niña o a los volcanes. Eso ya no importaba.