1. La lengua de los mundos. Malinche y Hernán Cortés #6
Al llegar a Tenochtitlán, Cortés ordenó bloquear los canales y rodear las salidas. Asediaron la capital durante noventa y tres días. Adentro, el hambre y la enfermedad hicieron el trabajo que las espadas esperaban completar.
La ciudad cayó una noche sin luna. Malintzin la vio morir desde una azotea de Tlatelolco. Los templos ardían y el aire traía el olor de los cuerpos que no alcanzaban a enterrar. No sintió triunfo, tampoco pena. La tierra de sus enemigos ardía. También ardía el mundo en el que ella había nacido.
Coyoacán,
octubre de 1521
Tenochtitlán quedó inhabitable. El agua de los canales se tornó verde por los cadáveres. Los pocos sobrevivientes vagaban entre escombros como espectros buscando comida. Malintzin ocupaba la habitación contigua a la suya. La guerra había terminado. La espera, también.
Una noche de lluvia, mientras los guardias cansados vigilaban los corredores de la casa, la hizo llamar.
Ella se detuvo en el umbral de la habitación para observarlo.
Estaban juntos a toda hora: al amanecer, cuando él se recortaba la barba frente a un cuenco de agua; al mediodía, cuando la buscaba para discutir los próximos pasos; al caer la noche, cuando comían del mismo plato en silencio y la envolvía su olor a sudor y tabaco.
A esa altura ya no les quedaba nada por decirse.
Y, sin embargo, nunca lo había percibido tan vulnerable. Ni tan peligroso.
La invitó a sentarse junto a él, los muslos se rozaron bajo las telas.
—¿Por qué esta noche? —susurró ella.
Él tardó en responder, elegía las palabras con cautela.
—Porque antes yo necesitaba que fueras mi voz, mis oídos y mi sombra. Eras necesaria.
La palabra quedó suspendida en el aire, seca. No “valiosa”. No “querida”. Necesaria. No era la explicación que había esperado escuchar.
—¿Y ahora? —la decepción sonaba en sus palabras.
—Ahora has visto mis miedos. Mis fracasos. Ya no eres mi lengua. Eres mi memoria.
Se puso de pie primero. Luego la ayudó a levantarse del petate, despacio, sin dejar de mirarla.
Entonces, ella comprendió. La había reservado para ese instante: su consagración.
Sintió el roce áspero de la barba en el cuello, y se estremeció.
Él la tomó de los brazos y la espalda de Malintzin encontró el muro encalado.
El frío de la pared le recorrió la piel antes de que él la besara con hambre.
Al separarse, vio temblar sus labios. Y pensó: “Él también tiene miedo”. Eso lo volvió humano.
Los dedos torpes le desabrocharon el huipil como quien abre un libro sagrado sin saber leer. Cuando la mano encontró el pecho izquierdo, algo se desbordó en Malintzin. No tuvo la urgencia de abandonar sus huesos ni de mirar la escena desde lejos. Con Cortés quería habitar cada poro, cada caricia.
Él se aferró a ella con un gemido profundo y urgente, y ella mantuvo los ojos abiertos. Quería ver cómo el conquistador ponía a sus pies el deseo contenido por meses.
Después, mientras respiraban el mismo aire denso, él se abrazó a su espalda y ella notó el latido apresurado contra la piel desnuda. No la había tomado, él se había rendido.
La rendición duró poco. Al rato Cortés se incorporó y buscó la ropa dispersa por el suelo.
Malintzin, recostada en la penumbra, lo vio abrocharse la camisa de espaldas y volver a habitar al comandante.
Aun así, su actitud era diferente. Sin ella él estaba incompleto. Jamás se había sentido tan necesitada.
Afuera, la lluvia lavaba los huesos de los guerreros muertos, todavía tendidos donde cayeron.
Se preguntó si el agua también querría llevarse los rastros de esa noche, borrar el olor de la entrega y el eco de sus gemidos.
Apretó la manta que la envolvía, deseando que esa pasión no terminara convertida en un recuerdo fugaz.
Los encuentros se sucedieron y los cuerpos aprendieron a hablar la misma lengua.
Él la buscaba con insistencia febril, con una urgencia que no se había permitido con ninguna otra.
Con otras mujeres Cortés sentía la necesidad de volver a sus papeles después de saciar el cuerpo.
Con Malintzin, dejaba mapas a medio trazar, despachos sin firmar.
A veces se descubría mirándola dormir, intentando entender qué era aquello que él no terminaba de alcanzar.
La deseaba por esa esencia indómita que se le escapaba de las manos y que cada noche volvía a buscar.
Se enfurecía consigo mismo por necesitar volver.
Ella lo amaba en los momentos efímeros en los que él se entregaba: cuando reía sin calcular, cuando el sueño lo vencía sobre su regazo y quedaba despojado de su rango. Pero sabía que esos instantes no le aseguraban un lugar.
Tardó días en darle la noticia. Lo hizo una noche, en voz baja.
Él bajó la vista hacia el vientre y apoyó allí una palma, con decisión.
“Será varón”, ordenó. Desde ese momento, el capitán le dio servidumbre, la puso al frente de su hogar y la dejó tratar con los señores indígenas que llegaban buscándolo.
Los españoles empezaron a llamarla “doña Marina”.
Malintzin le hablaba al vientre que crecía en una conversación íntima, tejida de nostalgia y de ternura nueva.
Le contaba en náhuatl las historias que su propia madre no le había contado.
Desde la distancia, Cortés la observaba.
No entendía las palabras, pero veía el vientre redondo e imaginaba a su hijo cruzando el océano de su mano, legitimado por el papa y recibido en la corte del rey.
Mientras ella le daba raíces, él construía un destino para el varón que confiaba llevaría su apellido más alto que cualquier conquista.
Martín nació una tarde de otoño de 1522. Lloró fuerte, con pulmones de conquistador y lágrimas de conquistado. Cuando se lo pusieron sobre el pecho, Malintzin pidió a todos los dioses que conocía: “Que no sufra. Que no sufra como yo sufrí”.
Cuando el capitán llegó a conocer a su hijo, lo tomó en brazos.
Lo sostuvo con torpeza a la altura de los ojos y le murmuró: “Tú vas a llegar adonde yo no llegué”.
Ella entendió en ese instante que él no tenía hijos; tenía planes.
Martín era el paso siguiente. Ella hubiera querido mantener al bebé dentro de su cuerpo, lejos de la mirada del padre, por toda la eternidad.
Esa misma tarde el pasado de Cortés desembarcó en esas tierras y llevaba nombre de mujer: Catalina Juárez de Marcaida, su esposa. La española llegó a Coyoacán en litera, envuelta en terciopelo pesado, sudando bajo el sol del valle.
Una criada entró a la habitación y le dio la noticia en voz baja, con el tono con que se anuncia una desgracia.
Malintzin no se movió. El niño había soltado el pecho y dormía con una gota blanca en la comisura de los labios.
Tenía la piel más clara que la suya y más oscura que la de los españoles; las facciones, todavía indefinidas.
Lo escuchó respirar. Ese bebé era diferente; era suyo.
Como todo lo que se había ganado: un nombre respetado, tierras y poder en la sociedad.
Para quien fue comprada, vendida y regalada, aquello era un imperio entero, y Hernán Cortés, su sostén.
Mientras él la necesitara, ella existía.
Si dejaba de hacerlo, no tendría dónde volver: para los suyos era la lengua que los había entregado.
Sola tenía demasiado que perder. La mujer del conquistador tenía papeles y sacramentos que ella jamás obtendría.
Aunque Martín, el primer varón de Cortés, descansara en la cuna, un hijo no le daba a Malintzin los derechos de esposa.
Además, con cada niño mestizo que nacía y aprendía a balbucear en las dos lenguas ella se volvía un poco más prescindible.
—No voy a perderlo todo otra vez —se prometió.
En un principio, Catalina intentó acostumbrarse a la nueva vida.
Malintzin dio un paso al costado; enfrentarla habría sido un error.
El capitán dormía con su mujer, pero cada amanecer buscaba a su amante.
Insistía en sentarla a la mesa frente a su esposa, que comía sin levantar los ojos del plato mientras el aire se volvía irrespirable.
Cuando por las tardes paseaba por los patios con Martín en brazos, la española se ocultaba tras alguna puerta a llorar.
Hubo noches en las que Malintzin presenció fuertes discusiones en el matrimonio.
Apenas podía, se levantaba sigilosamente y se retiraba a una habitación contigua, donde dormía Martín.
Se sentaba en la oscuridad y le cantaba al niño para que no se despertara con los gritos.
Los reproches le llegaban en fragmentos: algunas palabras sueltas, un golpe seco contra la mesa, el llanto de Catalina.
Cuando por fin la pelea cesaba, regresaba al comedor. Encontraba a Cortés hundido en la silla, aferrado a una jarra de vino. Se acercaba sin hablar, le quitaba la bebida y le servía agua en una taza limpia. A veces él ni la veía. Ella se quedaba de pie un rato; después lo dejaba solo.
El Día de Todos los Santos, el aire de la casa se rompió con un alarido.
Una criada encontró a Catalina muerta en la cama.
Malintzin vio la escena desde el vano: las cuentas del collar de perlas de la mujer estaban regadas por el suelo y en el cuello asomaba una sombra violeta.
Su marido juró por Dios que el corazón se le había detenido mientras dormía.
Pero los enemigos, que eran muchos, susurraban la palabra “estrangulada”.