Amantes del poder 1. La lengua de los mundos. Malinche y Hernán Cortés #5
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1. La lengua de los mundos. Malinche y Hernán Cortés #5

La columna descendió entre los volcanes. El aire se volvió frío y el agua de los lagos empezó a brillar en el horizonte. Allí, donde el cielo tocaba el imperio, los esperaba Moctezuma.

Calzada de Iztapalapa, Tenochtitlán,

8 de noviembre de 1519

Los españoles marchaban por el camino que se extendía sobre el lago como una flecha de piedra. En la dirección contraria avanzaba una litera, cargada por seis hombres, adornada con campanillas de oro que se mecían con cada paso. Sobre ella iba recostado un solo pasajero.

Malintzin marchaba a la derecha de Cortés. Lo sintió contener el aire, deslumbrado por todo lo que se desplegaba ante él. Él le buscó la mano con un roce breve y ella entendió el mensaje: Te necesito conmigo. No respondió al tacto, pero tampoco se apartó.

Cuando los tuvo enfrente, ella reconoció en cada hombre el rostro de los mercaderes de Xicalango y recordó el sonido de los granos de cacao cuando la habían pesado para venderla. Coatzacoalcos tributaba a Tenochtitlán en mantas, en plumas, en niñas; ella había sido moneda de ese emperador.

Antes de que pudiera detenerlo, el capitán avanzó hacia Moctezuma con los brazos abiertos. Dos nobles se interpusieron entre ellos de inmediato, pero el español no perdió la sonrisa: inclinó el cuerpo y convirtió el tropiezo en reverencia.

El emperador hizo un gesto y un noble mexica le acercó una bandeja de madera sobre la que descansaba un collar de caracoles rojos del que colgaban ocho camarones de oro labrados. El español lo recibió y se lo colocó. Sonrió de costado y le ordenó a Malintzin:

—Dile que es un regalo digno de un gran príncipe.

Ella tradujo, escogiendo las palabras, consciente de que un matiz podía cambiar el mundo.

Solo entonces Moctezuma la miró. Nada lo había preparado para la estocada de oír las palabras en la boca de una esclava que le sostenía la mirada.

Ella, en cambio, disfrutaba de que el gran tlatoani dependiera de su lengua.

—Sean bienvenidos a Tenochtitlán. Los esperábamos. Aquí descansarán y serán tratados como señores—. Moctezuma extendió la mano hacia la ciudad en señal de invitación.

Cortés aceptó y abrió el camino, con su intérprete a su lado.

Al cruzar el último puente, Malintzin solo podía oír los latidos de su corazón acelerados en una carrera enloquecida.

Ella, la niña vendida en Xicalango, entraba en Tenochtitlán como invitada de honor.

Desde los tejados planos caían cascadas de flores y el aire olía a jazmines de la noche a punto de abrirse.

Las canoas iban y venían por canales trazados sin fin.

Los mexicas condujeron a los españoles hasta el palacio de Axayácatl, una residencia de muros anchos, jardines interiores con fuentes cantarinas y pisos cubiertos con esteras suaves.

En la entrada del palacio, Malintzin se detuvo para dejar pasar al capitán. Al llegar a su lado, con un gesto mínimo él la invitó a entrar primero. Ella entendió. Habían marchado juntos desde Potonchán hasta el corazón del imperio mexica. Sin ella, ese umbral no habría cedido. Avanzó.

Un brasero de cobre que ardía con copal le dio la bienvenida a sus aposentos.

Sirvientes descalzos entraban y salían sin hacer ruido cargando tortillas recién palmeadas y pescado envuelto en hojas de maíz.

Una mujer mexica le trajo un huipil nuevo bordado con franjas azules, y un collar de jade.

Se cambió y se acercó al espejo de obsidiana que cubría uno de los muros, la superficie pulida como agua negra.

La piedra le devolvió su imagen. Todo era exceso, y sin embargo nada de aquello le pertenecía.

Si Moctezuma decidía que ya no la quería viva, esos mismos dedos que le ajustaban el collar le apretarían el cuello hasta cerrarle los ojos para siempre.

Afuera, los fogones se encendieron uno por uno y la ciudad se convirtió en un lago de pequeñas estrellas que competían con las del cielo.

En la habitación contigua, Cortés no se acostó.

Paseaba con la espada al cinto, el metal chocando rítmicamente contra el muslo en el silencio del palacio.

Si los mexicas cerraban los puentes, sus hombres no tendrían cómo huir.

Había que apresar a Moctezuma y convertirlo en escudo humano cuanto antes. La ansiedad le quemaba por dentro.

Planeaba sin cesar, pero entre un paso y otro su mente volvía a la tarde: la comitiva dorada, el tlatoani bajo el palio, y esa mujer erguida entre dos mundos.

Había estado espléndida: sostuvo la mirada de Moctezuma con la quietud de quien aprendió a ocultar el miedo.

Se reconoció en la forma impertinente que tenía de desafiar el destino, y eso encendió el deseo.

Quería deshacer el nudo del huipil y tomar la piel cobriza, morder el cuello donde vibraban las palabras.

La iba a tener no solo por la pasión que le ardía bajo el jubón, sino para domarla y devolver el mundo a su orden: él, el guerrero, arriba; y ella, callada, bajo su cuerpo.

—Aún no —se dijo, apretando el pomo de la espada con todas sus fuerzas.

A medianoche, Malintzin se cubrió los hombros con un manto y salió al corredor descalza. El frío de las piedras le subió por las plantas de los pies. Unas lámparas de aceite proyectaban sombras alargadas en los muros. Al fondo de la galería un guardia mexica cerraba el paso.

Llamó a la puerta del capitán con dos golpes suaves.

Él abrió al instante. Estaba vestido, alerta, como si la hubiese estado esperando.

Se hizo a un lado y la dejó pasar. Ella vio los mapas extendidos sobre la mesa, iluminados por la luz temblorosa de las velas.

No había ido para hablar de Moctezuma; había acudido porque dormir en esa ciudad enemiga le resultaba imposible.

Él le ofreció sentarse a su lado y le acercó un cántaro. Después habló.

—Si algo sale mal, no será por ti. Quiero que lo sepas.

—Saldremos. Y tendrás lo que viniste a buscar —estaba segura de lo que decía.

Él levantó la mano y apoyó la palma, apenas, sobre la mejilla cobriza. La dejó allí, quieta. Ella no se movió para no interrumpir el momento. Cuando él la quitó, la sostuvo en el aire un instante, dudando. Luego, tomó a la joven del brazo con suavidad y la condujo hasta la puerta.

De regreso en sus aposentos, Malintzin se tendió sobre la estera, se arropó y se quedó mirando la oscuridad.

Se llevó dos dedos al rostro; el calor seguía allí.

Algo en ella había querido quedarse con él, refugiarse en su pecho.

Por primera vez, había tenido el impulso de besar a un hombre.

Lo había frenado a tiempo. Cortés no estaba allí para ella.

Su interés pertenecía a la gloria, a la conquista de Tenochtitlán, a los tesoros.

Eso ocupaba el lugar que ella anhelaba. Y mientras aquello fuera así, no debía convertirse en su presa.

Por la mañana, despertó con el retumbar de los tambores del Templo Mayor que marcaban el inicio del día.

El eco se extendió por la ciudad, y cuando el sonido se apagó, otros murmullos lo reemplazaron: el fluir del agua en las acequias le recordó el río Coatzacoalcos.

Más allá, apenas audible, una voz cantaba en náhuatl una canción de cuna.

Por un instante sintió algo parecido a estar en casa.

Hasta que recordó sus muñecas atadas en Xicalango.

Afuera, Tenochtitlán respiraba, enorme y tranquila, y las primeras canoas del día empujaban el agua hacia el mercado de Tlatelolco.

Tenochtitlán,

verano de 1521

Después de aquella noche en el palacio de Axayácatl, el mundo se partió varias veces.

Cortés apresó a Moctezuma y lo convirtió en su escudo.

Durante meses el tlatoani habló por boca de Malintzin para pedirle a sus ciudadanos que no se levantaran contra los extranjeros, hasta que ellos dejaron de creerle.

Murió herido por una piedra sin que jamás se supiera quién se la había arrojado.

La noche siguiente, los españoles huyeron de Tenochtitlán, perseguidos por los mexicas, bajo una tormenta que parecía intentar ahogarlos.

Llevaban los tesoros, fundidos en lingotes, ceñidos al cuerpo con tiras de cuero.

Los mexicas levantaron los puentes. La calzada que llevaba a tierra firme estaba cortada por agua que en la oscuridad nadie alcanzaba a medir.

Los caballos avanzaban a ciegas, tanteando con los cascos el camino.

Resbalaban en el barro o pisaban en falso y caían al agua con sus jinetes.

El peso del oro robado los arrastraba al fondo en segundos.

Desesperados, muchos hombres intentaban salvarse arrojando los lingotes al canal.

El oro sagrado parecía decidido a permanecer con sus dueños legítimos.

Malintzin avanzaba con la falda empapada de sangre ajena y el olor a carne quemada impregnado en el cabello.

Al pisar tierra firme, se abrió paso entre los que habían logrado cruzar y preguntó por el capitán.

Lo encontró varias horas más tarde, con la primera luz del día, sentado bajo un árbol.

Había perdido más de la mitad de sus tropas.

Lloraba como un niño. Ella se sentó a su lado.

Le temblaba la mandíbula, tragó saliva. Las lágrimas, obstinadas, bajaron en silencio.

Lloraba por el espanto del que se sentía cómplice, pero más lloraba porque si ese hombre no volvía a ponerse de pie, ella ya no tendría sitio en ninguna parte.

Los que lograron salir de la ciudad buscaron refugio en Tlaxcala.

Allí descansaron, sanaron las heridas y juntaron fuerzas.

Se preparaban para regresar a vengarse, pero antes que ellos apareció otro enemigo de los mexicas.

Uno que se deslizó entre los muros para cubrir la piel de los habitantes de pústulas y encender la fiebre.

Sucumbieron los guerreros y los sacerdotes, las madres, los viejos y los niños.

La viruela fue la aliada más eficaz de los españoles dentro de las murallas.