1. La lengua de los mundos. Malinche y Hernán Cortés #4
Se descubrió pensando demasiado en ese hombre y apartó los ojos del fuego, molesta consigo misma. Dentro de él habitaba un cazador, y si ella bajaba la guardia, pasaría de intérprete a presa. Era más seguro ser su lengua que su amante; las amantes eran reemplazables.
El sonido de pasos a sus espaldas la tensó. Cortés apareció con un plato de barro con tortillas y un trozo de pescado. Lo dejó en el suelo, a los pies de ella sin decir una palabra. Después se dio vuelta y se alejó.
Malinalli comió despacio, disfrutando de la tibieza de la comida. El gesto había sido pequeño, pero para ella recibir algo era una gran novedad, un lenguaje que desconocía.
Levantó la vista hacia la tienda del capitán.
Adentro, su sombra se recortaba inquieta a contraluz.
“Somos parecidos”, pensó. Era la primera vez que encontraba a un hombre decidido a no ceder ante nada, hecho de una determinación en la que ella se reconocía.
Por un instante deseó que se hubiera quedado junto a ella, que le hubiera preguntado por su historia en lugar de hacerla hablar siempre con palabras de otros.
Pero los hombres como él no conversaban junto al fuego.
Tlaxcala,
septiembre de 1519
Las semanas siguientes fueron de marcha intensa. El avance hacia Tenochtitlán exigía atravesar Tlaxcala, la tierra del único pueblo que los mexicas jamás habían logrado doblegar. Cortés, fiel a su instinto, buscó el choque y derrotó a los tlaxcaltecas.
Cuando los derrotados aceptaron negociar, Malinalli tradujo el mensaje del español: en tiempos de guerra, el enemigo del enemigo se vuelve un hermano.
Juntos podían derrotar a Moctezuma. Mientras hablaba, sentía el peso de cada palabra ajena.
En su boca el rencor de un pueblo se fundía con la ambición de un hombre.
Los jefes guerreros asintieron en silencio.
Desde ese momento los tlaxcaltecas la llamaron Malintzin.
El trato cargado de respeto la conmovió.
Toda la vida había sido “la esclava” o “el regalo”; nunca antes “la venerable”.
Ella, acostumbrada a vestirse con palabras ajenas, sintió que aquel nombre era distinto.
A diferencia de Marina, a este nombre se lo había ganado.
Aprendió sola a sostener con palabras mundos que, sin ella, no lograban entenderse.
Como la voluntad del capitán debía pasar por la boca de ella antes de llegar a oído alguno, los tlaxcaltecas le decían a él “Señor Malintzin”.
Los españoles lo repetían y reían, ignorantes de lo que nombraban.
Malinalli notó un calor intenso en el pecho al escuchar llamarlo con su nombre, pero enseguida suprimió el orgullo.
No era un honor. Llamarlo con el nombre de ella alteraba el orden del universo.
Esa noche, mientras todos en la casa donde se alojaban dormían, Cortés la encontró en el patio junto a un brasero. Se sentó frente a ella, no a su lado.
—Sin ti, no llegaríamos a ninguna parte —bajó la voz hasta hacerla sonar como una confesión.
Ella levantó la cara y sostuvo la mirada.
—Lo sé.
Desde que su madre la había entregado a los mercaderes, nadie la había hecho sentir necesaria, hasta que se convirtió en el cauce por donde un conquistador español, con quinientos hombres al mando, hacía correr su ambición.
Él quería reclamar para sí la boca que le daba el poder, pero se contuvo. Se levantó de golpe y se retiró sin despedirse. Ella se quedó frente a las brasas, con el nombre nuevo habitándola y la piel ardiente donde él no la había tocado.
Al amanecer, cuando reemprendieron el camino hacia Tenochtitlán, ya no caminaba Malinalli. Caminaba Malintzin.
Cholula,
octubre de 1519
Los señores de Tlaxcala le habían advertido a Cortés que no pasara por Cholula, una ciudad sagrada, vasalla de Moctezuma desde hacía años.
Le ofrecieron una ruta más segura hacia Tenochtitlán.
Sin embargo, rodear Cholula hubiera sido un signo de debilidad que el capitán no quería demostrar.
Los mexicas tenían que verlo atravesar sus ciudades más importantes sin pedir permiso.
Cholula los recibió con el perfume del cempasúchil.
Los habitantes colgaron guirnaldas con flores en los cuellos de los extranjeros, les ofrecieron cacao espumoso en jícaras pintadas y les cedieron los mejores palacios.
Detrás de la comitiva española marchaban los miles de guerreros tlaxcaltecas, a quienes los cholultecas obligaron a acampar fuera de las murallas.
Aquella exclusión, presentada con cortesía, fue la primera señal de alarma, pero Cortés la ignoró.
Malintzin empezó a leer otras. Los señores más importantes no organizaron encuentros; los sacerdotes mayores no se dejaban ver. Había entre los poderosos un silencio muy distante de la hospitalidad.
Al tercer día, mientras supervisaba el reparto de agua en el patio principal, se acercó a ella una anciana cholulteca. Vestía el huipil bordado de la clase alta. Sin apartar la vista de los soldados que iban y venían le susurró en náhuatl.
—Ven conmigo. Tengo un hijo de tu edad. Te haré mi nuera.
—¿Por qué?
La mujer le tomó la mano.
—Porque mañana al amanecer no quedará ninguno de estos extranjeros con vida. Tú no mereces morir con esos extraños. Yo te escondo durante la matanza. Te doy un nombre nuevo y un hogar. Vives aquí.
Malintzin la miró largo rato.
—¿Cómo sé que dices la verdad?
Entonces, la mujer le reveló que veinte mil guerreros mexicas estaban agazapados en los cerros que rodeaban la ciudad, esperando la señal para atacar. Le contó que los cholultecas tenían la orden de cerrar todas las salidas y que las calles estaban sembradas de trampas.
—Déjame buscar mis cosas. Regreso enseguida.
Mientras corría por la calle, vio lo que esa mujer le ofrecía: un marido, hijos dormidos sobre el regazo, una casa de piedra a la que llamar hogar.
Entendió que era algo imposible; hasta peligroso.
Apenas los cholultecas descubrieran que ella conocía los planes de Cortés y sus rutas la castigarían.
Y si por algún milagro sobrevivía, para vivir entre ellos primero tenía que morir la venerable, la que hacía callar a los hombres con su voz.
La intuición, ese pez frío oculto en su interior que despertaba cada tanto, el mismo que le advirtió sobre los mercaderes de Xicalango, volvió a hacerse sentir en su vientre. Y decidió escucharlo.
Encontró al capitán inclinado sobre los mapas estudiando el camino hacia Tenochtitlán. Él reconoció la urgencia en el ceño de Malintzin, pero esperó a que hablara.
—Una mujer vino a verme —dijo en castellano, despacio, para no equivocarse—. Mañana van a matarte a ti y a todos los tuyos. Me ofreció una vida si los dejaba morir.
Cortés apoyó los puños sobre la mesa, que crujió bajo el peso. Se preguntó por qué había vuelto Malintzin pudiendo haber huido. ¿Debía creerle?
—¿Y qué le dijiste?
—Nada. Vine aquí. Moctezuma tiene un ejército escondido listo para atacar en la mañana.
Entonces le contó todo lo que la mujer le había revelado.
Con eso le entregó la ciudad, junto con la vida que le habían ofrecido.
Eligió de qué lado estaba en esa guerra entre dos mundos.
Él la escuchó con una intensidad devoradora, los ojos fijos en la boca que se movía con prisa.
Se puso de pie sin ocultar su alteración.
Antes de cruzar la puerta del aposento, se detuvo.
—Gracias, Malinche —dijo, porque Malintzin no le cabía en la boca. Aquella mujer había tenido que escoger entre su gente y él y lo había elegido a él sin pedir nada a cambio. Lo que ella le dio era más útil que el amor. Era fidelidad.
El capitán reunió a los líderes cholultecas en el patio del templo mayor. Una vez dentro, cerró las puertas y ordenó matarlos a todos. Después, soltó a los tlaxcaltecas sobre el resto de la población. El baño de sangre duró dos días.
Cuando terminó la masacre, Cortés recorrió las calles con serenidad y seguridad.
Comprobó que el miedo abre más puertas que el oro.
Junto a él, Malintzin avanzaba con la mirada fija al frente, obligándose a no mirar el espanto de los cadáveres que yacían con los vientres abiertos y los rostros descoloridos.
El olor ferroso de la sangre seca adherida a las piedras le revolvía el estómago.
El incesante zumbido de las moscas la atormentaba.
Sin su advertencia, los cuerpos tendidos hubieran sido los de los españoles.
Ella los había salvado, pero eso no la reconfortaba.
Él vio el espanto en su rostro. La tomó de la muñeca, justo donde la sangre pulsaba. Los dedos ásperos, aún manchados de pólvora, se cerraron. Y apretó. La obligó a acelerar el paso.
—Vamos —dijo, casi como una invitación a seguir caminando entre los muertos.
Ella intentó soltarse, pero él mantuvo la presión hasta que, con brusquedad, abrió la mano.
“Aún no”, pensó para contener sus impulsos.
Antes que ella estaba su ambición. Él ya no era el hidalgo menor de Medellín o el aventurero que había dejado Cuba detrás del oro.
Lo movía una avidez más profunda. Quería que los cronistas mojaran la pluma para escribir su nombre junto al de Julio César.
El imperio mexica era más que un botín, era un pedestal.
No tomaría a Malintzin todavía. Una concubina no le servía: la necesitaba íntegra, libre, dueña de su voz, capaz de hacer hablar a un imperio.
Malintzin lo seguía. La muñeca aún le ardía donde él la había apretado. Pero más le dolía saber que era su cómplice.
Los invasores salieron de Cholula con fama de invencibles.
No encontraron rastros del ejército que había estado esperando para atacarlos.
En el camino hacia Tenochtitlán, los pueblos se rendían y los dejaban pasar.
Malintzin marchaba en la delantera, envuelta en mantas finas de Tlaxcala.
Era más que la traductora, era una parte del poder que avanzaba.