1. La lengua de los mundos. Malinche y Hernán Cortés #3
Tras abandonar Potonchán, las naves remontaron la costa hasta anclar frente a una ensenada que llamaron San Juan de Ulúa.
Al cuarto día de instalados en la playa, aparecieron varias canoas.
Bajaron hombres con tocados de plumas y vestiduras festivas.
Eran emisarios de Moctezuma, enviados desde Tenochtitlán para averiguar quiénes eran los recién llegados y qué intenciones tenían.
La guardia siguió las órdenes y los dejó pasar.
Los mexicas depositaron sobre la arena cestas con piezas de oro que parecían absorber la luz del mediodía.
Aguilar se adelantó y se dirigió a ellos en maya. Los emisarios se miraron y hablaron entre sí. El intérprete avanzó unos pasos para escucharlos mejor pero no tradujo nada. Frunció el ceño.
Cortés se volvió hacia él, impaciente.
—¿Qué dicen, hombre?
—No es maya. No los entiendo.
El capitán lo agarró por el jubón.
—¡Para qué diablos te rescaté entonces! —rugió, tan cerca del rostro de Aguilar que el aliento le movió el cabello—. ¡Qué uso tienes para mí si no entiendes!
El grito retumbó en la playa y las gaviotas se dispersaron. Malinalli percibió un frío bajarle por la espalda. Vio al jefe español como lo que era, un hombre capaz de destrozar a quien no le servía. Pero algo más fuerte que el miedo la empujó a dar un paso al frente, el instinto de supervivencia.
—Hablan náhuatl —dijo en maya, dirigiéndose a Aguilar—. Lo aprendí de niña, en Coatzacoalcos.
Antes de que él pudiera responderle, la joven se giró hacia los mexicas y los saludó en su propia lengua. Los hombros de los emisarios se aflojaron y respondieron. También en Cortés algo se aquietó. Detuvo la vista en ella y le hizo un gesto para que continuara.
Comenzó una danza en tres lenguas. Los enviados hablaban en náhuatl, Malinalli traducía al maya, Aguilar lo vertía al castellano.
Una cadena frágil que perdía algo en cada eslabón, pero que servía.
Los emisarios desplegaron más ofrendas: plumas de quetzal, máscaras cuyos ojos miraban desde otra religión.
Junto con los regalos traían un mensaje terminante: los extranjeros debían tomar los obsequios y regresar por donde habían venido.
El capitán se quedó unos segundos en silencio, los dedos tamborileando sobre el muslo. Luego sonrió. Ya sabía qué hacer.
—La mitad de la victoria está en el miedo. Debemos exhibir fuerza poderosa para que nos teman —se dirigió a los soldados.
Ordenó traer los caballos y los hizo galopar por la playa hasta que la arena voló en arcos blancos.
Después, hizo disparar los cañones hacia el mar; el estruendo cruzó el aire caliente y las gaviotas se sobresaltaron por segunda vez esa mañana.
Los enviados no huyeron porque la dignidad no se los permitía, pero se aferraron a los bordes de las canoas.
Malinalli observó el humo negro que se disolvía sobre el mar. El olor a azufre se le pegó a la garganta. Entendió que aquel hombre no buscaba el diálogo, buscaba la pavura.
Una vez que el eco de los cañones se perdió sobre el agua, Cortés habló: venía en nombre de un rey más poderoso que cualquier tlatoani.
Estaba allí para conocer al gran Moctezuma y no se iría sin que lo recibiera.
Los emisarios escucharon la traducción con rostros impasibles, como lo ordenaba el protocolo.
Pero Malinalli vio algo que los demás no supieron ver: mandíbulas tensas, dedos cerrados con disimulo sobre las mantas.
Sabía que Moctezuma no toleraría exigencias de un extraño.
Los mexicas partieron con el mensaje. El capitán se acercó y la recorrió con la mirada descubriendo un tesoro. Ella quiso encogerse, desvanecerse en el aire. Pero algo dentro de sí la mantuvo erguida.
—Aguilar, dile que desde este momento la quiero a mi lado —la voz había bajado el tono, pero el ceño continuaba fruncido.
Aguilar tradujo con la cabeza gacha y ella recibió el mensaje impasible.
Acababa de ver lo que desataba un error: la furia que había expresado contra el traductor podía descargarse sobre ella si fallaba o si él perdía la paciencia.
La única seguridad estaba en volverse imprescindible para él.
Tendría que aprender a leer sus intenciones antes de que tomaran forma, adelantarse a su deseo antes de que lo expresara.
Esa misma noche, Hernán Cortés decidió alejarla de Puertocarrero.
Lo hizo llamar y le ordenó prepararse para partir a España.
Le explicó lo que debía decir ante el rey: que la empresa en esas tierras se llevaba a adelante en nombre de Su Majestad, que había desobedecido las órdenes de un superior para servir mejor a la corona, y que pedía humildemente permiso para continuar la conquista en nombre del rey Carlos.
A la mañana siguiente, mandó cargar un barco con casi todo el oro reunido en la expedición, mucho más del quinto real que le correspondía a la corona por ley. Sabía que un rey que recibe más de lo que le toca tarda menos en firmar lo que le piden.
Al ver el trajín en la playa, Malinalli buscó a Puertocarrero. Lo encontró en la tienda, sentado sobre el catre, hablando solo. Sostenía una cantimplora. Algunas palabras se le perdían, como les pasaba a los borrachos en Potonchán después de que el balché les aflojaba la lengua.
—No soy tonto. Me manda lejos para que no lo estorbe. Pero allá, en Medellín, mi familia tiene nombre y poder. Cortés debería cuidarse de hacer más enemigos.
Se puso de pie de golpe y avanzó tambaleante; ella no retrocedió. La miró, levantó una mano y le rozó la mejilla. Después se dio vuelta y salió de la tienda. Afuera, entre gritos, los hombres cargaban los barcos. Puertocarrero embarcó sin mirar atrás.
Esa noche, Malinalli durmió sola. Supo, por primera vez desde que la habían vendido, que estar sola también era estar a salvo.
Aguilar era un hombre paciente, pero el náhuatl se le escapaba por más que Malinalli intentara enseñarle. Mientras él forcejeaba con las frases, el castellano de ella crecía día a día.
Una tarde, llegaron nuevos emisarios de Moctezuma con ofrendas. Insistían en que los españoles debían partir. Ella escuchó y habló en castellano, por primera vez, sin pasar por Aguilar.
—Dicen que Moctezuma está enfermo.
Cortés se giró hacia ella. Entrecerró los ojos. Se preguntó cuándo había aprendido castellano aquella mujer.
—¿Enfermo de qué?
—No puede recibirte.
—Eso lo veremos —le dirigió una leve sonrisa. Ella había cruzado un umbral sin avisarle, pero eso no le disgustó.
Esa noche, al terminar la cena, el capitán le hizo un gesto para que lo acompañara a la tienda. Necesitaba entender el mundo de Moctezuma: cómo pensaba, a qué le temía, qué cálculo escondía detrás de cada ofrenda. Y necesitaba hacerlo pronto.
—Tú conoces estos pueblos. ¿Qué crees? ¿Qué quiere Moctezuma? —Las preguntas fueron para Malinalli.
Aguilar, que los acompañaba, se movió en su asiento. No era apropiado consultar a una mujer, mucho menos a una esclava.
Ella dejó pasar un instante. Buscaba las palabras en castellano, y no quería equivocarse.
—Quiere… que te vayas —dijo al fin—. No quiere pelear. Por eso manda oro.
—Pues no solo no nos iremos. Nos prepararemos para visitarlo en Tenochtitlán.
Malinalli sintió que el suelo se movía bajo los pies por el vértigo. Supo que la llevaría con él como su voz.
Cortés no podía apartar la vista de la boca de Malinalli.
Ya no pertenecía a Puertocarrero. Podía hacerla suya esa misma noche; nada se lo impedía.
Lo pensó un instante y apartó la idea. La necesitaba alerta, lúcida.
Y viva. Demasiadas mujeres morían por un parto.
No podía perderla por no controlar sus instintos cuando la necesitaba para entrar en Tenochtitlán. El cuerpo podía esperar; un imperio no.
Cempoala,
junio de 1519
Cempoala, vista desde lejos, parecía tallada en plata.
Cortés había llegado a buscar el rencor de los totonacos, un pueblo sometido por Moctezuma que contaba los días entre tributos de oro, jade y cuerpos tibios para los sacrificios mexicas.
El capitán sabía que un pueblo que anhelaba la caída de su opresor podía ser la grieta por donde Tenochtitlán se quebrara.
Al llegar, propuso al cacique un pacto contra el enemigo en común: ofreció el poderío español a cambio de guías y guerreros totonacos.
En aquella negociación, Malinalli fue el puente entre los dos líderes y midió el peso de cada palabra antes de soltarla en castellano.
Se sentía poderosa cuando los veía pendientes de sus labios.
Le gustaba cuando los soldados hacían silencio para oírla.
Era como saborear un cuenco de cacao espeso y reconfortante; ya no podía pasar un día sin beberlo.
—Te dará lo que pides. El odio que tiene a Moctezuma es más fuerte que el miedo que te tiene a ti —hizo una pausa para provocar mayor interés—. Si le prometes el fin de los mexicas, te entregará mil guerreros.
Cortés la estudió con admiración. Recorrió el rostro de la muchacha. Sabía que sin ella estaba sordo y era mudo.
—Eres cien veces mejor que Aguilar. Si esto sale bien, serás libre. Tendrás tierras y tendrás vasallos.
—No sabría qué hacer con todo eso.
—Aprenderás.
Esa noche, no la llamó a su tienda; prefería no tener cerca a la tentación. Malinalli se acercó a una de las fogatas y se acurrucó bajo el huipil. Se perdió en las chispas que subían desde las llamas antes de ser devoradas por la oscuridad.
“Eres cien veces mejor que Aguilar”. Las palabras regresaban.
¿Qué había querido decirle el español? Muchas veces lo sorprendía evaluándola en silencio, pero no lograba descifrar la mirada.
Todos los hombres tomaban lo que deseaban por la fuerza.
Él, en cambio, no avanzaba sobre su cuerpo.
No la había entregado a otro tras la partida de Puertocarrero, pero tampoco la había reclamado para sí.
Era como si quisiera preservarla, sin tocarla jamás.