Amantes del poder 1. La lengua de los mundos. Malinche y Hernán Cortés #2
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1. La lengua de los mundos. Malinche y Hernán Cortés #2

Malinalli cumplió diecisiete años en Potonchán, aunque nunca lo supo; cada día era igual al anterior: en los campos hasta el mediodía, en el telar hasta que la luz se iba, en el rincón de tierra por la noche.

Bajo el huipil desteñido, su cuerpo se había redondeado y las caderas se marcaban al caminar.

Había pasado por tantas manos y tantos lechos que ya no recordaba cuántos. Sobrevivir era, simplemente, un hábito.

Por esos mismos días, once navíos, más de quinientos hombres, dieciséis caballos y trece cañones anclaron en la desembocadura del río Grijalva, frente a Potonchán.

Al frente iba Hernán Cortés, un hidalgo de treinta y tres años, cautivado por las historias sobre Tenochtitlán, la ciudad mexica levantada sobre un lago en el corazón de un valle, y sobre el emperador Moctezuma, que vivía en palacios recubiertos de oro.

Por esos rumores había zarpado de Cuba, hipotecado tierras y pedido créditos, seguro de que aquella aventura lo convertiría en un hombre rico.

No creía en el destino; creía en su voluntad para torcerlo.

Envió un emisario con el Requerimiento, un documento que exigía a Tabscoob, el cacique maya de Potonchán, aceptar la soberanía del rey de España, entregar víveres a la tropa y convertirse al catolicismo.

Como el cacique se negó a someterse, el capitán decidió enfrentarlo con una fuerza tan poderosa que el estruendo de la pólvora viajara hasta los oídos mismos de Moctezuma.

Quería que Tenochtitlán le temiera antes de verlo.

Tabscoob salió a resistir con miles de guerreros.

Confiaba en sus lanzas emplumadas, arcos y flechas, en su mayoría numérica.

Pero los suyos nunca habían visto un caballo ni enfrentado a mastines entrenados para morder.

El primer estruendo desgarró el aire. Los hombres se cubrieron los oídos y miraron hacia las nubes buscando la tormenta.

Los españoles volvieron a disparar y la certeza de los mayas se quebró.

A la distancia, Malinalli aguzaba el oído. El viento llevaba sonidos desconocidos: gritos animales, truenos que no provenían del cielo. Llegaba también un olor a maíz quemado y a sangre. Apretó el huipil entre los dedos hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Al caer la tarde, Tabscoob regresó a Potonchán acompañado por unos pocos sobrevivientes que hubieran preferido morir con los demás. Entraron en silencio; nadie levantó la vista.

Un sacerdote anciano se acercó al grupo de mujeres del pueblo.

Estaban sentadas con las palmas quietas sobre el regazo, hacia el cielo.

Ninguna lloraba. Rezaban. El hombre señaló a varias, incluida Malinalli, para que lo acompañaran.

Se levantaron sin protestar. Sus cuerpos serían el precio de la paz.

En el campamento español reinaba la euforia. Hubo cantos y vino hasta el amanecer. Cortés sabía que ese jolgorio era necesario para las tropas: el hambre de victoria pide festejo antes de volver a ser hambre.

A media mañana, el fraile se acercó a él: era hora de la misa.

Bastó que el jefe los mirara para que los hombres se acomodaran frente a un altar improvisado con una cruz de madera tallada y una imagen rústica de la Virgen.

Las rodilleras de las armaduras crujieron cuando se postraron.

El capitán oró con devoción para agradecer.

Quinientos vencedores frente a cuarenta mil humillados.

La hazaña era un dedo de Dios señalando el camino, y él, el instrumento elegido.

Al incorporarse, recorrió con el pulgar la cruz tallada en la empuñadura de la espada.

Se quedó un momento en silencio. Después empezó a dar órdenes.

Los embajadores de Tabscoob llegaron al campamento español pasado el mediodía.

Tocaron el suelo con la frente, como correspondía a los derrotados, y depositaron las ofrendas.

Los españoles se abalanzaron sobre ellas antes de que los enviados pudieran incorporarse.

Los dedos buscaban ávidos el botín donde brillaban el oro, el jade y la turquesa.

Malinalli aguardaba a un costado junto a las demás mujeres. Se mantenía atenta a cada movimiento, asustada por los mastines que las rodeaban. Eran animales enormes y oscuros, que apoyaban los hocicos fríos sobre sus pantorrillas, subiendo y bajando, respirando el miedo que exudaban.

Reconoció al líder de los vencedores por la manera en que los demás le abrían paso. La armadura resplandecía al sol y obligó a las jóvenes a bajar la mirada hacia el pasto aplastado bajo los pies descalzos. Todas se mostraron sumisas, excepto ella.

Cortés se detuvo frente a esa joven de actitud desafiante, tan cerca que ella pudo oír la respiración.

La estudió sin prisa: reparó en el cabello negro como la obsidiana, la frente despejada, los pómulos altos, los pechos firmes que el huipil no alcanzaba a disimular.

Vio los dedos manchados por el añil de los telares.

Había otras muchachas más hermosas entre las veinte que le ofrecían, pero ninguna como ella.

Lo atrajo el porte erguido y los ojos despiertos que no se bajaron.

Llevaba meses entre soldados que obedecían y mujeres mansas.

Por primera vez, no era él quien observaba, sino el observado.

El calor le subió al cuello bajo la gola de metal. Una mujer así podía servirle, pensó.

La voz solemne del fraile interrumpió sus pensamientos.

—Señor, antes de repartir a estas mujeres, debo bautizarlas. Los cristianos no deben convivir con paganas sin incorporarlas al seno de la fe. Es cuestión de orden espiritual.

—Haz lo que consideres necesario, pero que sea rápido. Los hombres esperan.

El sacerdote congregó a las jóvenes frente al altar. Pronunció en castellano plegarias que ellas no comprendieron. Luego, comenzó a verter agua sobre las cabezas de cada una. Se detuvo frente a Malinalli.

—Desde este día te llamarás Marina. Tu nombre antiguo y tus dioses paganos han quedado atrás. Has sido purificada y eres hija de la Iglesia. Marina —repitió con fuerza.

Ella sintió el agua deslizarse por la frente, entrarle a los ojos y a la boca. Aunque no comprendía las palabras, entendió que tenía un nombre nuevo. Era Marina. Lo repitió para sí hasta que la lengua dejó de tropezar.

Una vez bautizadas, Cortés repartió a las mujeres entre los capitanes principales.

Las fue señalando como quien distribuye raciones: una para Alvarado, dos para Ordaz, una para Ávila.

Debían atenderlos en todo, preparar las comidas, cuidar los fuegos, juntar leña e ir por agua.

Y otras cosas; cosas que no necesitaban ser nombradas.

Cada joven que se alejaba con su nuevo amo lo sabía.

El capitán se detuvo en Malinalli. Podía quedársela; nadie se lo habría discutido.

Pero ella ya tenía destino: Alonso Hernández Puertocarrero.

Si la empresa prosperaba, tendría que enviarlo a España a defender su accionar ante el rey.

Había zarpado de Cuba pese a la contraorden del gobernador Velázquez.

Se había arriesgado mucho y aunque estaba convirtiendo su expedición en una conquista, solo el favor del rey podría salvarlo de la cárcel.

Puertocarrero, el hombre de mejor cuna, merecía la mujer de mejor presencia.

—Puertocarrero, para ti. —La señaló sin énfasis. La entregó igual que a las demás. Pero al pronunciar el nombre del nuevo dueño, algo se le cerró en la garganta.

El soldado la tomó del brazo. Los dedos le apretaron la carne, pero ella mantuvo la nuca firme y lo siguió sin resistencia. Al alejarse, Malinalli sintió el peso de la mirada de Cortés, pero no se volvió.

San Juan de Ulúa,

abril de 1519

Las primeras semanas, Malinalli no se permitió pensar en otra cosa más que en sobrevivir.

Durante el día las manos trabajaban: buscaban agua, avivaban el fuego, lavaban las telas ásperas, cocinaban.

La rutina era el único terreno firme. Las noches con Puertocarrero no eran distintas a las que pasó en Potonchán con desconocidos.

El cuerpo se volvía territorio ajeno, una posesión más entre las del español.

En esos momentos, ella se concentraba en la costura de la tienda, donde la lona dejaba pasar un hilo de luz de luna.

Se anclaba a ese brillo hasta que el peso del hombre se aflojaba.

Solo cuando él caía a un lado, volvía a habitar sus propios huesos.

Con el tiempo, el castellano fue dejando de ser ruido para ella.

Sumaba palabras y memorizaba frases enteras, a veces sin saber qué significaban.

Era una lengua dura, que no tenía la cadencia del maya o el náhuatl.

Los soldados gritaban, como si los gritos bastaran para que las cosas se hicieran.

Ella entendió pronto que el poder verdadero no residía en quien vocifera sino en quien comprende.

Y comprender al líder de esos hombres fue lo primero que se propuso.

Cuando los soldados se reunían junto al fuego por las noches, Malinalli estudiaba a Cortés y él fingía no notarlo.

La joven advirtió que nunca reía fuerte ni se sumaba a los cantos; hablaba poco y pausado.

Si posaba los ojos sobre sus tropas, caía el silencio.

Jamás reclamaba la atención del grupo; la tenía por naturaleza.

Le atrajo el poder de aquel a quien todos obedecían sin que tuviera que pedirlo.

Había otro extranjero que llamó su atención también, Jerónimo de Aguilar. Estaba siempre junto a Cortés, pasando las palabras del español al maya chontal. Era un hombre delgado, sin voz de mando. Sin embargo, sin él los españoles avanzarían a ciegas en esas tierras. Empezó a observarlo.