1. La lengua de los mundos. Malinche y Hernán Cortés
Las afueras de Tenochtitlán,
C uenta una leyenda que cuando el mundo era joven, una princesa recibió la falsa noticia de que el guerrero que amaba había caído en combate.
La pena fue tan honda que se dejó morir.
Al regresar de la batalla, él la cargó en brazos hasta los más alto de las cumbres.
Allí, la recostó sobre un lecho de piedra y encendió una antorcha para velar su sueño eterno.
Con el tiempo, los cuerpos se fundieron con la piedra. Ella era Iztaccíhuatl, la silueta blanca que descansa bajo el cielo, y él, Popocatépetl, el guardián que se niega a dejarla sola. Dicen que el humo que sube desde la boca no es ceniza, es el dolor de un hombre que no termina de llorar.
Siglos después, otro hombre y otra mujer contemplaban juntos esos mismos volcanes.
Ella vio primero las dos cumbres que se recortaban contra un cielo limpio. Malintzin conocía la leyenda. La había oído de niña en otra lengua, en un mundo donde tenía madre, un nombre distinto y una casa de piedra oscura. Antes de los granos de cacao que fijaron su precio.
El capitán Hernán Cortés llegó detrás. Se detuvo a su lado, se quitó el casco y señaló el humo del volcán con el mentón.
—¿Qué es eso? —preguntó imperioso.
Cuando habló, ella notó que le faltaba el aire. No respondió de inmediato.
—Un guerrero que vela a una mujer que creyó una mentira —logró decir cuando controló el temblor en la voz.
—¿Y eso de ahí abajo? —al español no le interesaban las leyendas, sino lo que se abría más allá de las cimas.
—Tenochtitlán.
El valle se extendía como una palma abierta.
Una laguna plateada bajo el sol de noviembre ocupaba el centro; alrededor, los pueblos se conectaban por calzadas que parecían venas.
Algunos estaban en tierra firme, entre arboledas, mientras otros emergían desafiantes del agua que reflejaba las nubes.
Desde su lugar, el extremeño podía distinguir palacios más grandes que cualquiera que había visto en España.
Malintzin no observaba la ciudad; tenía la mirada fija en Cortés.
Era alto, ancho de hombros, con una barba escasa que no terminaba de cubrir la cicatriz del labio inferior, recuerdo de una pelea por una mujer cuyo nombre nunca supo.
Ella reconoció la expresión del rostro; la había visto en los mercaderes de Xicalango, cuando posaban los ojos en algo que codiciaban.
Pero en él había algo más peligroso que el deseo: la certeza de la conquista. Lo que estaba mirando sería suyo.
—¿Cómo es posible que esto exista y nadie lo haya contado? —murmuró el capitán.
Los soldados se fueron sumando a su alrededor. Hombres con armaduras abolladas, barbas de semanas y signos de cansancio callaban impresionados. Alguien, al fondo, se santiguó. Una voz dijo: “Parece Venecia”, pero los demás no escucharon, ensimismados por lo que se desplegaba ante ellos.
—¿Tú sabías? —le preguntó a la joven—. ¿Sabías que era así?
—Nadie conoce Tenochtitlán. Ni siquiera los que nacieron en sus canales —intentaba usar el castellano con precisión.
—Vamos a bajar —Cortés buscaba disimular el impacto que le había provocado la visión de la ciudad.
Popocatépetl exhaló otra bocanada. Malintzin ocupó el lugar que le correspondía: delante de las tropas, antes que nadie para ser el contacto entre una lengua y otra.
El viento subió del valle con aroma a maíz tostado.
Ella apuró el paso y avanzó. Había aprendido que ciertos recuerdos se dejan atrás caminando rápido.
Quería apartarse cuanto antes de los suyos.
Coatzacoalcos,
principios del siglo XVI
Antes de que su boca se convirtiera en el puente entre dos mundos que estaban por devorarse, Malintzin era Malinalli, una niña que corría descalza por las orillas de un río del color del barro.
Tenía cinco años cuando su padre murió. Su madre le dijo que los nahuas no lloraban donde pudieran verlos; el dolor debía sudarse en silencio, como una fiebre que se combate en la oscuridad. Malinalli aprendió la lección.
Un hombre se instaló en la casa con ellas antes de que terminara el tiempo de luto.
No miraba a la niña con hostilidad, pero tampoco con cariño.
Ella no era parte de lo que él había venido a buscar.
Pasaba las tardes en la orilla del río, regresaba al caer la noche y dormía contra la pared más lejana, tan quieta que a veces su madre olvidaba que estaba allí.
Una tarde, mientras hilaba algodón en el patio, oyó al hombre pronunciar su nombre junto a la palabra pochtecas , mercaderes.
Su madre hablaba muy bajo, pero Malinalli alcanzó a distinguir “Xicalango”.
Algo frío se le movió en el estómago, como un pez rozándole la pierna en el río. Continuó hilando.
Los mercaderes de Xicalango llegaron al día siguiente, con el sol todavía bajo.
Al verlos cruzar el umbral, la madre salió de la casa.
Los hombres gritaban palabras que rebotaban contra los muros.
La niña no entendía lo que decían, pero reconocía que eran órdenes.
Intentó correr hacia el regazo materno, pero los dedos de uno de los comerciantes la aferraron por el cabello.
Afuera, de espaldas en el patio, la mujer molía maíz en el metate de piedra. El brazo arriba, abajo. Arriba, abajo.
Unas cuerdas le ataron las muñecas y Malinalli dejó de resistirse.
El cuerpo se volvió dócil, pero la mente comenzó una carrera: ¿Hice algo malo?
¿Es un castigo? Si lo era, podía arrodillarse, pedir perdón.
Así, todo terminaría. Pero no podía preguntárselo a los extraños; ninguno hablaba náhuatl.
El sonido de la piedra contra la piedra fue lo último que escuchó mientras se la llevaban.
Fue vendida, pero nunca supo cuántos granos de cacao habían pagado por ella.
La subieron a una canoa de madera oscura en la orilla del río y la acomodaron entre fardos de algodón y pieles de jaguar.
Cada vez que oía voces desde la ribera, creía que su madre llegaba para llevarla de regreso a casa.
Pero eran pescadores arrastrando redes, mujeres llamando a otros hijos.
La vida en Coatzacoalcos continuaba sin ella.
El río la fue alejando de todo lo conocido; los árboles se hicieron más tupidos y la humedad más espesa. Alguien le puso un trozo de tortilla fría en la mano. Lo comió para seguir viva, pero también porque mientras masticaba dejaba de pensar.
Pasaron varios amaneceres sobre el agua.
De día, garzas blancas levantaban vuelo al paso de los remos.
A veces caían lluvias breves que olían a hojas pisadas.
De noche, los mercaderes encendían fuegos en las playas y hablaban en su lengua dura.
Malinalli, acurrucada entre los bultos de mercancía, aprendía sin querer: una palabra para “agua”, otra para “come”, otra para “cállate”.
Una mañana, Xicalango surgió con sus galpones abiertos como bocas.
La niña jamás había visto tanta gente. Los vendedores gritaban en lenguas distintas, las plumas de quetzal brillaban bajo el sol.
Por todos lados veía pieles de ocelote apiladas hasta la altura de una persona y vasijas pintadas con dioses y guerreros.
El lugar olía a pescado, a sudor, a especias que no tenían nombre en náhuatl.
Se cruzó con una esclava de su edad con los lóbulos que le colgaban rajados por las orejeras de jade arrancadas, y desvió la mirada.
Un comerciante maya de cara ancha y pocos dientes pagó por ella varios sacos de cacao. Esa vez la niña los contó y aprendió su precio con la misma resignación con que había entendido que ya no tenía madre. El hombre la subió a otra canoa y remontaron las aguas rumbo a Potonchán.
Llegaron al caer la noche. Las casas se alzaban sobre pilotes y eran más altas que las de su aldea, con antorchas temblando en los umbrales.
Desde algún lugar llegaban voces en otra lengua incomprensible para Malinalli.
La alcanzó el aroma de pescado ahumado y de cilantro.
Una mujer de cabello gris salió de una de las viviendas y la arrastró del brazo hasta un rincón oscuro donde varias esclavas dormían apretadas.
Le señaló el suelo de tierra apisonada. Malinalli se ovilló entre ellas, pero no se animó a cerrar los ojos.
Al amanecer, la misma mujer la sacudió con el pie y la mandó al campo de algodón.
Afuera de la vivienda, otras esclavas esperaban en fila con las herramientas al hombro.
El barro le chupaba los tobillos cada vez que avanzaba entre los surcos.
Los mosquitos zumbaban a su alrededor y se prendían a la piel húmeda de sudor.
Después de unas horas arrancando malezas, las manos comenzaron a sangrarle.
Mientras trabajaba escuchaba las conversaciones a su alrededor.
Empezó a dejarse llevar por el ritmo del maya chontal; no entendía las palabras, pero las ensartaba como cuentas en un hilo, a la espera de que algún día formasen un collar.
Con el tiempo, aprendió a nombrar lo que tocaba, lo que veía, lo que le ordenaban hacer.
Pero eran las palabras en náhuatl, su lengua, las que la sostenían por dentro.
En la noche, mientras esperaba el sueño, se cantaba a sí misma: “Mamá, cuando muera, entiérrame junto a tu hogar. Cuando vayas a hacer tortillas, llora allí por mí. Y cuando alguien te pregunte: ‘¿Por qué lloras?’, diles que la leña está verde y te hace llorar con tanto humo”.
Cantaba y lloraba por la madre perdida. Por el brazo subiendo y bajando sobre el maíz y por el sonido del metate que no se detuvo.
Potonchán,
15 de marzo de 1519