Lio #2
Se quedarían por lo menos hasta llegar a la ciudad, donde luego tomaría un autobús.
El tren arrancó y me recosté en mi asiento, mientras cerraba los ojos.
Me sentía decaído y perdido. Esta no era, para nada, la idea que tenía sobre desaparecer.
Esto era sentirse atormentado. Justo en ese momento, escuché mi teléfono.
A lo mejor se trataba de Fabián, preguntando si ya estaba en camino.
Busqué el aparato y cuando la pantalla se iluminó, me quedé pasmado.
Cinco mensajes con el mismo nombre brillaban ahí. Mi corazón dio un vuelco.
Brais:
Oye ¿estás muy ocupado?
Yo ando leyendo este libro, se llama Lirio Rojo, es muy bueno.
El paisaje se mueve y mueve y mueve, ya me mareé. No suelo viajar mucho.
Te tentaré con comida.
Comenzó a enviar una serie de fotos y el último mensaje consistía en una selfie, al lado de una fuente que parecía de aspecto barroco. Podía ver su cabello negro y sus ojos grises brillantes.
Sentí que quería golpearme contra algo, lo que fuera.
De inmediato, pensé que dentro de poco tiempo tendría que irme.
¿De verdad lo haría? ¿Me iría? ¿Y qué pasaría con la investigación del libro?
¿Solo dos días me bastarían? ¿Y qué pasaría con él?
Volvería a verlo o solo... solo lo dejaría pasar ¿Qué era realmente lo que yo estaba pensando?
¿Qué era importante? ¿Qué tenía sentido?
¿Por qué leer estos mensajes me provoca tantas contradicciones?
¿Por qué quería ver a Brais? Acaso se resolverán todos mis problemas si lo viera otra vez.
Dejé salir un suspiro. Una sonrisa casi invisible se escurrió por mis labios. De verdad era algo un poco hilarante. Respiré profundamente; dediqué una mirada al sol que comenzaba a descender y decidí responderle.
Lio:
Es malo tentar a las personas
¿Por qué me torturas?
De verdad ¿Por qué lo hace?
Envié otro mensaje.
Lio:
Siento la demora, probablemente acabo de pasar por un volcán en erupción que me escupió en la nada. Cosas de trabajo.
¿Te estás divirtiendo?
Para mí sorpresa llegó una respuesta de su parte, casi inmediatamente.
Brais:
Espero que puedas solucionar tu trabajo. Solo por curiosidad, exactamente en qué trabajas.
Sigue pareciéndome ambiguo.
Sí, aunque gente extraña me detiene en la calle En serio, ¿qué tan famoso eres?
Reí a mi pesar. No podía creer que él me hiciera ese tipo de preguntas.
Había ignorado un poco a propósito el libro que comentó.
La verdad resultaba un poco irónico que él no supiera nada de mí, pero sí de ese autor en particular.
Si iba a estar un buen rato en este tren, tal vez podría simplemente charlar con él.
Eso parecía hacerme olvidar del resto de las cosas.
Lio:
Que curiosa resulta esa afirmación de tu parte.
¿Puedo decirte que me parece muy divertido que me preguntes sobre esas cosas? Aunque honestamente, no sé muy bien como decirte que tan famoso soy. He trabajado en algunas series, dramas, películas y lo último que hice fue ser capitán en un programa de baile, que fue bastante exitoso.
¿Eso ayuda un poco? Ni siquiera puedo recordar del todo cada cosa. También he ganado algunos premios por mi trabajo.
¿Eres muy fan de Yan de Lis?
No hables con extraños.
Brais:
Eso es genial. Supongo que debo ver que tal actúas para opinar al respecto.
¡Sí! No… bueno algo. En realidad, lo amo con locura, pero me controlo.
jajajaja no hablo con extraños, ellos hablan conmigo... Igual tú también eras un extraño y hable contigo ¿No?
Por un momento, reí para mí mismo. La vida a veces era cínica solo porque sí. No podía creer que en serio comenzaría a sentir celos de Yan.
Lio:
Vaya, voy a ponerme celoso ¿A quién amas más, a él o a mí?
No puedes volver a decir que soy un extraño porque te di toda mi confianza, deberías cuidar de mí.
Tal vez solo quería molestarlo un poco, pero sentí un poco de nostalgia. Lo que no espere fue su respuesta.
Brais:
Te daré esa respuesta cara a cara.
No puedo cuidar de ti si estamos lejos. Supongo que esa es una razón para volver pronto de mi viaje.
Mi corazón se aceleró. Él tenía razón. Si yo estaba lejos ¿De qué serviría que le pidiera eso? Era absurdo ¿Cuándo volvería? Además ¿Dónde estaría yo en tres días?
Lio:
Si ya no estuviera cuando regreses de tu viaje ¿Cómo te sentirías?
De verdad parecía que me estaba torturando a mí mismo.
Brais:
¿No vas a estar? Yo... aun quiero verte. No puedes irte sin despedirte.
Inmediatamente me arrepentí del mensaje anterior. No quería que estuviera triste ¿Qué iba hacer ahora? ¿Cómo podría despedirme? Pero... Yo también deseaba verlo y no sabía cuántas veces me había repetido lo mismo. De verdad lo quería, aunque probablemente, no sería posible.
Traté de aliviar el ambiente respondiendo que solo era una pregunta. Al final terminé prometiendo que cuando volviera a verlo, no ocurriría ningún suceso extraño. Al parecer su amigo, el chico peculiar, entraba en la categoría de extraño.
Pasé el resto del viaje hablando con Brais de cualquier cosa.
Incluso le comenté que al fin había probado los Panellets que me recomendó.
Casi unas tres horas después, el tren llegó a la estación.
Al bajarme, me despedí de los dos guardaespaldas y tomé un taxi en dirección a una estación de autobuses.
Tenía el tiempo tan justo que, por un momento, me sentí ansioso.
No estaba seguro de si podría llegar antes de que el último bus partiera de la estación.
Por fortuna, no había mucho tráfico en la ciudad.
Cuando el taxi se detuvo, casi corrí para comprar un boleto directo a Besalú en el último autobús que ya estaba cargando.
Mi respiración era un poco agitada, más con el tapabocas que llevaba para cubrir parte de mi rostro, junto a una gorra negra.
Subí de inmediato y me fijé que no había mucha gente.
Algo realmente bueno, porque tal vez podría quedarme con un asiento vacío a mí lado.
Lo que no esperé, fue el grito de alguien pidiendo que no dejarán escapar a una gallina.
En ese mismo momento, un ave voló hacia mí agitando enloquecidamente sus alas. Era la gallina ¿Quién diablos traía una gallina aquí? La sujeté con fuerza y cuando me fijé, vi un par de ojos grises demasiado familiares para mí gusto.
—¿Brais?
—¡Joven! —Soltó alguien detrás de mí—. Por favor siéntese y dé permiso.
Aunque me lo pidieron, me vi empujado hacia el asiento al lado del pelinegro mientras sostenía la gallina, todavía confundido.
—¿Qué haces aquí?