Amantes de Tinta Lio
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Lio

Mientras le daba una mirada al techo de la habitación, desde la comodidad de la cama, pensando en qué le diría a Fabián, quise maldecir.

Había olvidado revisar mi teléfono. Me levanté rápidamente y comencé a buscar el aparato que debía estar en el escritorio.

Pensar en Fabián, en el libro e investigar más sobre Llorenç de Lis, me dejó absorto de cualquier cosa.

Ni siquiera le había escrito al rubio para hablar del asunto y no tenía mucho tiempo antes de que se cumpliera la hora del boleto. Escuché qué alguien llamaba a la puerta por lo que solo elevé mi voz para decir: Adelante.

Di con el teléfono y mis ojos brillaron al ver el nombre del contacto que me envió otro mensaje. Él de verdad respondió y de nuevo, tenía un rato sin haberlo visto.

Me apresuré a abrirlo y sentí que me revolvía un tumulto de emociones. Él también quería verme y con eso, sentí que las piernas me fallaban; cómo si hubiera algo especial en la forma en que lo dijo. Una risa divertida se escapó de mis labios, mientras llevaba una mano a mi rostro.

—¿Moralmente cuestionables? —Repetí en voz alta para mí mismo, todavía divertido y creyéndome solo.

Tal vez Li Wei tenía toda la razón.

—¿Lio? ¿Con quién estás hablando? —La voz que llegó, casi de la nada, me heló la sangre.

Me giré rápidamente y ahí estaba Fabián con las manos en los bolsillos, mirándome de una forma extraña. Guardé de inmediato mi teléfono y traté de superar el infarto interno.

—¿Qué haces aquí? —Le respondí con otra pregunta.

—Llamé a la puerta y ni siquiera fuiste a ver quién era —se encogió de hombros. No dejaba de pensar que se veía dolido y algo más que no lograba identificar—. Creo que tenemos que hablar.

—Lo siento. Estaba un poco ocupado —ahí me di cuenta que la laptop estaba encendida a la vista, en la página que utilicé para comprar el boleto. La cerré de inmediato—. Pero tienes razón, debemos hablar.

Luego de un extraño silencio que se formó entre los dos, tomamos asiento en la pequeña sala de la habitación. Fue probablemente uno de los momentos más incómodos que había tenido con el rubio y él lo sabía. Desde que llegamos aquí, las cosas parecían haberse torcido de una manera extraña.

—Creo que de lo que tú quieres hablar, no es lo mismo que vine a decirte —dijo, por fin cortando el silencio mientras soltaba un suspiro.

—¿De qué quieres hablar?

—Te llamaron para dos ofertas de trabajo —él se recostó en su asiento.

—¿Ofertas? —De repente mis ojos se iluminaron, esas eran buenas noticias—. ¿Cuándo? ¿Sobre qué tratan? ¿Las leíste? Dios, es genial.

Por un momento, todo pareció volver en el tiempo.

Cómo si los últimos días no hubieran ocurrido.

Sabía que había dicho que quería descansar, pero las propuestas no necesariamente iban de proyectos que se realizaban de un día para otro.

Quizás, en el mejor de los casos, todavía tendría unos meses para descansar, así que me vendría de maravilla.

Era una oportunidad de volver a donde todo parecía estar bien, y en los ojos azules, que me dedicaron una mirada comprensiva, vi lo mismo.

—Pues una de ellas trata sobre ser invitado a un programa español, para aprovechar tu visita —su voz le restó importancia a esa primera explicación—. La otra ni siquiera te la vas a creer.

—Venga Fabián, termina de decirlo.

—¿Recuerdas aquella producción en la que tanto querías participar si se llevaba a cabo? —No... no era posible—. Al parecer están tratando de firmar un contrato con ese otro director que te gusta ¿Cómo se llamaba?

Lo estaba haciendo a propósito, lo sabía.

—¡Dios, Dios, Dios! —Me coloqué de pie ya sin poder creer lo que me estaba diciendo—. No puede ser.

—Sí y tal parece que les gustaría contar con tu participación —se encogió de hombros y sonrió un poco, entre la extraña y decaída expresión que había en su rostro.

—No puedo creerlo ¡Esto es genial! ¡Es increíble, diablos! —Me movía por toda la habitación, mientras me sentía como un niño pequeño. Podía comenzar a saltar. Podía incluso lanzarme a los brazos de Fabián.

—Pero hay un problema —de inmediato me detuve.

—¿Problema? ¿Qué problema? —Fruncí el ceño desconcertado.

—Te quieren ver allá en tres días

¿Qué? ¿Tan pronto?

—También están un poco preocupados por los rumores de esta semana. Ya les aseguré que no había nada de lo que angustiarse respecto a eso. Sin embargo, quedan esos tres días y tu... ¿Qué vas a hacer?

Esto tenía que ser una broma.

—Tres días —murmuré por lo bajo—. ¿No hay forma de retrasar un poco la fecha? Quizás explicarles la situación y pedirles hablar por una video llamada o algo por el estilo. Puedes hacer eso, debe haber algo que podamos hacer. Fabián, por favor.

—Lio —su voz fue débil y simple, casi cortante.

Odiaba cuando me hablaba así. Cerré los ojos y me dejé caer en el asiento mientras enterraba la cara entre mis manos.

—¿Qué tan fácil es pedirle a la última producción, más importante del momento, que se retrasé más tiempo, porque tú no quieres ir cuando ellos te lo piden? —Ese tono condescendiente era lo peor.

—¿Podrías…? ¿Podrías solo hacer el intento? ¿Lo harías si te lo ruego? —No levanté la cara de mis manos. No sabía qué diablos hacer—. Puedo ir yo mismo a rogarles si quieres. Esto es importante.

—¿Esto? ¿Qué es esto?

—Tengo que viajar a una parte —enterré más mi cabeza—. Solo serán unos días, solo tengo que ir y volver.

—¿Viaje? —La voz de Fabián resonó por toda la habitación—. ¿Viaje a dónde? ¿Cuándo pensabas decirme que te ibas a largar de viaje? ¿Qué te pasa? ¿Eso era lo que querías hablar? —Me regaño.

—Sí —por fin volvía a mirarlo—. De eso quería hablarte. Ya tengo un boleto de tren. No es demasiado lejos. Necesito ir sin que nadie se entere y regresaré. Eso es todo.

—No. No lo harás ¿Acaso no ves lo que pasó porque decidiste irte por ahí y volver tú solo? —Me acusó, a lo que solo pude suspirar.

—¿Lo qué pasó? ¿Te refieres a lo que pasó porque tomaste cartas sobre el asunto, asumiendo cosas, sin esperar a que yo mismo te diera una explicación, o incluso preguntarle a Brais sobre lo qué pasó?

¿Te refieres a eso? Me tienes que estar jodiendo —me levanté mientras dejaba un golpe frustrado en la mesa que tenía enfrente—.

Además, ni siquiera tengo por qué pedirte permiso.

—Entonces, ¿qué vas a hacer? —Atacó—. ¿Dejarás de lado la oportunidad de tu vida? ¿La oportunidad de tu carrera?

El silencio volvió a caer entre ambos.

¿Por qué ahora?

Era como si todo se viniera abajo.

¿Por qué tenía que escoger? ¿Por qué?

—Esto es una mierda. Una maldita mierda— gruñí.

—Lio.

—No quiero escucharte. Esto es estúpido. Es como si me estuvieras sobornado, joder ¿Sabes lo importante que son ambas cosas para mí? Mierda, Fabián.

—Lio —volvió.

—Olvídalo, ya no quiero hablar sobre esto.

—¿Quieres escucharme por un momento?

—¿Para qué? —Me detuve.

—Tendrás dos días.

—¿De qué hablas? —Pregunté confundido.

—Lo que acabas de escuchar —parecía estar dudando sobre algo. Ni siquiera pudo mirarme a la cara—. Te dejaré ir por dos días y estarás aquí de regreso al tercero. Trataré de ganar tiempo con la producción, pero eso es todo. Nada más.

—¿Y si no puedo regresar en ese tiempo? — Cuestioné.

—¿Por qué eres así? —Ahora era él quien ocultaba el rostro entre las manos.

Su voz sonaba un poco quebrada y forzada—.

Estoy tratando de negociar contigo. Estoy tratando de darte lo que quieres.

Es un punto justo, pero te comportas como un niño pequeño.

Actuó como tú manager, preocupándome por lo que es mejor para ti.

Trato de darte la distancia que quieres.

Ni siquiera te estoy diciendo que iré contigo ¿Y eso lo que me dices? ¿Qué pasa si no regresas?

Sí, esa era la única pregunta que tenía en mi mente, porque ni siquiera sabía a dónde correr o qué hacer. Todo parecía extraño y absurdo. Mucho menos me espere que él soltará una oportunidad con tanta facilidad.

—¿Qué es lo que pasará, si al final decido no aceptar la propuesta que, según tú, he estado esperando toda mi vida? —Pregunté, mirando mis manos.

Tuve que esperar un poco entre el silencio, para escuchar una respuesta.

—Entonces te diré que enloqueciste. No puedo creer que renuncies a algo que has deseado por tanto tiempo ¿Por qué, por buscar qué exactamente? —Lo escuché suspirar —¿Te das cuenta de todo lo que ha sucedido solo por estar en este país?

Ante esa pregunta, lo miré desconcertado y él volvió a hablar.

—Hemos discutido, estás extraño. Nuestra relación parece quebrarse cuando en ningún momento dejé de ayudarte y acompañarte.

Incluso ahora te estás cuestionando la posibilidad de dejar ir esta oportunidad ¿Entiendes por qué no me gusta este lugar?

¿Y todo por qué? ¿Por un extraño? ¿Por algo qué crees, debes buscar aquí?

—No lo sé.

—Bien, no lo sabes. Entonces haremos lo que te dije —lo miré—.

Podrás irte por dos días y pensar por tu cuenta, lo que quieres hacer.

La verdad quiero que recapacites y regreses lo más pronto posible para irnos.

Quiero que confíes en mí, quiero disculparme por lo que ha pasado y por eso lo hago.

Pero tengo una condición —me señaló, a lo que suspiré internamente.

—Contestaras a todas mis llamadas y me mantendrás al tanto de lo que decidas hacer. Solo te pido que no arrojes todo tu esfuerzo por un precipicio ¿Sí?

Honestamente no supe si acepté o no, el trato que me ofreció Fabián.

Él solo se fue de la habitación como si no pudiera pasar más tiempo frente a mí.

Me sentía en una extraña línea de fuego, sin saber hacia qué lado saltar, mientras me empujaban de todos lados.

Por inercia, preparé un bolso. Por esa misma inercia, tal vez empaque ropa para más de tres días.

Mi mente estaba ida, justo como si me hubiera desconectado.

El chófer y dos guardaespaldas me acompañaron hasta la estación, no sin antes pasar por una panadería, cuya dirección ya estaba grabada en mi cabeza.

Llevaba una bolsa de Panellets conmigo cuando estaba sentado en una cabina, solo.

Sabía que los dos guardias también me acompañarían en el tren, a poca distancia, para asegurarse de mantener todo bajo control, aunque ya estuviera pasando desapercibido.