Llorenç
Sobre mi regazo llevaba un pequeño paquete con cartas y otros papeles que acaricié con cariño.
En ningún momento dejé de cumplir mi promesa de escribirle a cierto joven todos los días.
Cada vez que podía, escribía algo para él y cuando pasaban unas dos semanas, le enviaba una carta de muchas páginas.
Además, también guardaba con recelo una pequeña caja de madera, con un regalo, que conservaba entre mis cosas.
Estaba ansioso por volver. Un año y todavía recordaba como casi enloquecí los primeros meses que traté de adaptarme a Roma. Fue desesperante, sin contar todas las noches que pasé en vela con el recuerdo de Blai, cómo un anhelo cruel.
Estar lejos por tanto tiempo, me hizo darme cuenta de un asunto muy importante.
Por primera vez en mi vida, tuve miedo de que, gracias a la distancia, Blai encontrase a otra persona con quien encariñarse.
Otro con quien jugar, otro que le enseñará todo lo que él quería saber.
Otro al que llevarle flores todos los días.
Pensar en la idea de que alguien más ocupará mi lugar, en su vida, me produjo pánico.
Casi sucumbí a la locura, o por lo menos así fue, hasta que las cartas de Blai se volvieron algo casi regular.
Mi único consuelo se convirtió en leer y releer sus cartas. Sus dibujos incluso se volvieron la decoración de mi habitación. Lo malo era que, gracias a mi padre, no podría volver hasta que pasara por lo menos un año, y el momento había llegado. Volvería a verlo.
¿Habría crecido? ¿Su sonrisa seguiría siendo la misma? ¿Sus ojos me verían con esa absoluta felicidad, como siempre?
Un suspiro se escapó de mis labios. Masajeé mi sien y recordé que, en Roma, más de un compañero sintió curiosidad sobre por qué siempre parecía ansioso por recibir cartas de alguien.
Casi todos llegaron a la conclusión, de que tenía un romance con alguna joven doncella, que se quedó esperando en mi hogar y además, ella debía ser preciosa para tenerme tan alterado y a la expectativa de sus misivas.
Nunca aclaré nada y solo me iba con mis cartas, pero realmente había una cosa en la que ellos no se equivocaban.
Blai era hermoso, siempre lo pensé y todavía me dolía verme tan lejos sin poder tocarlo.
Sin verlo tan radiante. Sin recibir aquella sonrisa.
Jadee un poco al pensar en cómo podría estar.
Incluso escribí una historia para él. Una que deseaba contarle en persona.
Era de un joven pelirrojo que sobrevivió a la muerte y se convirtió en el héroe de los dioses del olimpo, por la pureza de su corazón.
Una historia donde él era el héroe. Un héroe para mí.
Solo quería terminar de llegar a casa y verlo.
Ni siquiera me detuve a pensar que el único al que le comuniqué que regresaba, era a él y solo a él.
—Hemos llegado al fin, su excelencia —el carruaje se detuvo frente a la gran casa de piedra. Guardé las cartas en un maletín de cuero que llevaba y abrí la puerta para bajarme.
Al alzar la mirada, el aliento estuvo a punto de fugarse de mis labios, y ni siquiera supe cómo conseguí mantenerme en pie.
Ante mí, se alzaba un muchacho con un poco más de contextura, pero sin dejar de lucir delgado.
Sus piernas se habían vuelto un poco más largas y la ropa que llevaba lo hacía lucir aún más estilizado, limpio y elegante.
El negro de su ropa acentuaba la piel blanca y pecosa que quedaba a la luz, así como también su cabello rojo profundo.
Mi corazón comenzó a golpear contra mi pecho. Nadie más había salido todavía, y antes de que lo hicieran, mis pies comenzaron a moverse por su cuenta, al ritmo de mis latidos. Todavía no podía creerlo. Él estaba ahí, de pie con esa mirada anhelante en un traje de mayordomo, y casi parecía irreal.
Deje caer el maletín que llevaba cuando termine de acercarme. Estaba un poco más alto, solo un poco más. Una de mis manos fue directo a su rostro, acunándolo y tocando un poco de su cabello. Como si mi mente todavía estuviera procesando que esto no se trataba de un sueño.
—Blai —la palabra salió de mi boca casi como un susurró.
Todo en mi tembló por dentro, queriendo derrumbarse.
Verlo de nuevo me hizo pensar que moriría si tenía que volver a irme.
Moriría, porque quería que él fuera mío por toda mi vida, y esta vez, fui más consciente de lo que significaban esas palabras.
Él era como una de las flores que siempre dibujaba o me traía hace ya tanto tiempo.
Verlo, era como ver a la flor más hermosa comenzar a florecer del retoño que fue antes.
—Mi pequeño Lirio. Mi Lirio Rojo.
No necesitaba otra flor en este momento. Solo a él.
—He vuelto a ti.