3 de septiembre de 1702
Blai
El té de rosa de china tenía un olor fabuloso.
Fui al salón de estar y la señora de la casa estaba allí, leyendo un libro.
Coloqué la bandeja en silencio y serví una taza discretamente.
Ella ni siquiera levantó la mirada y me retiré.
El trabajo en la casa era bastante más agradable y suave que el requerido para los largos campos.
Ferrán pasó a mi lado, chocando con mi hombro y ni siquiera se molestó en disculparse.
Para ser mayor que yo, era bastante más huraño.
Su rostro siempre estaba fruncido. El señor Bernardo buscaba hacer que alguna especie de camaradería naciera entre ambos, pero Ferrán siempre me había dejado muy claro que no toleraba mi presencia.
Me consideraba vulgar y atrevido, aunque no entendía en qué aspecto, ya que incluso podía ser más educado que él.
A pesar de la larga ausencia de mi señor, mi corazón se agitaba cada vez que escuchaba las carretas de caballos que subían a la propiedad.
Esperaba que en cualquier momento él apareciera.
No fue hasta mi tercer suspiro, mientras regaba el huerto, cuando me fijé que era observado por la señora.
Me tensé y dejé una reverencia ante ella.
—¿En qué le puedo servir, su excelencia?
—Hoy pareces más suspicaz —dijo ella—. ¿Se puede saber por qué?
—Lamento si la he preocupado, su excelencia —mis ojos estaban fijos en el suelo. Curiosamente, a los padres de mi señor no les gustaba que les mantuviera la mirada.
—¿Él vendrá pronto? Sus mensajes son muy cortos, así que nunca sé si vendrá… Soy su madre y solo me ha escrito una vez en un año —exclamó la señora mientras me miraba.
Sí, él volvería, no sabía cuándo, pero sería pronto.
Prometió estar aquí para su cumpleaños y la ansiedad me ganaba.
No podía esperar a verlo, a tocarlo, a volver a sentir la calidez de sus manos o la tibieza de su sonrisa.
Ver si aún pensaba en mí, si había crecido, si sabía más…
Me mordí el labio y le sonreí a la señora de manera cálida.
—No lo sé ¿Su excelencia desea que la complazca en algo más?
—Limpia el cuarto de mi hijo. Déjalo impecable —y con esas palabras solo se retiró.
Fui de inmediato a cumplir su petición. Arreglé todo, le quité el polvo a los libros e incluso acomodé los muebles.
Sonreí al ver la silla en la que me sentaba cuando él estaba acá y deseé traer una flor.
Sin importar que mi señor no estuviera, siempre traía una nueva flor a su habitación y eso me hacía feliz.
Fui hasta el lugar donde sembraba flores para él.
Era un pequeño pedazo de tierra que no estaba muy lejos de la propiedad principal, me gustaba llamarlo el jardín secreto ya que no era fácil de encontrar si no conoces el lugar.
Desde los doce empecé a sembrar cada planta de lirios que Bernardo me pudo conseguir, y ahora un hermoso campo floreado, en muchos colores, era el resultado. Busqué entre los lirios, hasta que vi las hermosas flores de Aster, en tonos violetas y blancos.
A raíz del interés en plantas de mi señor, podía encontrar libros de botánica en su biblioteca y si nadie me veía, los tomaba para leerlos.
Las flores eran hermosas y elegantes, con sus pétalos suaves y brillantes.
Parecían lindas y esponjosas estrellas. Corté varias hasta hacer un hermoso ramo, y me las llevé para dejarlas en el florero de siempre.
El suave aroma y la elegancia de las plantas eran exquisitos.
Según recordaba, el significado era: Un corazón que confía, perfecto para un aniversario.
—Siempre me pregunto de donde sacas tantas flores —comentó Ferrán, molesto—. Casi no hay ninguna cerca, a excepción del invernadero, pero tú tienes una habilidad increíble para pasear con ellas por la casa, que me fastidia —su tono era huraño y yo resople.
—¿No tienes nada mejor que hacer? Mi vida no es tan interesante como para que te metas.
—Sé que le pides a mi padre semillas ¿Dónde las siembras? —Exclamó.
—Cómo si te lo fuera a decir —repuse con una sonrisa—. Ese es un secreto entre el joven amo y yo.
Ferrán dio varios pasos hacia mí y me tomó del cuello, bastante molesto.
Era una cabeza más alto que yo, pero él estaría en más problemas si me golpeaba.
Después de todo, un hombre de bien nunca usaba la fuerza, o eso decía su padre.
El sonido de un carruaje hizo que mi corazón se acelerara.
Los amos estaban en casa y tampoco esperaban la visita de nadie…
Eso significaba que solo podía ser una persona.
—Mi señor —dije con un brillo que iluminó mi rostro.
Me solté del agarré de Ferrán y fui el primero en salir a la puerta cuando el carruaje se detuvo. Mi pecho se agitó como loco. Tenía que ser él.