Amantes de Tinta Blai
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Blai

El tiempo pasó y no podía con la dicha de trabajar para mi señor.

Él siempre me permitía estar a su lado, quería darle todo, cada cosa que sembraba era para él.

Añoraba sus caricias en mi cabello y aunque el trabajo fuera pesado y Ferran molesto, siempre dándome tareas para mantenerme ocupado, no me importó.

Mi señor empezó a juntarse con gente distinta, más elegantes y estirados.

Algunos de ellos no eran de mi agrado, principalmente porque me quitaban su atención, pero no era quién para opinar al respecto.

Entonces llegó una terrible noticia. Se iría a estudiar a otro lado.

No sabía qué tan lejos estaba Roma. Un agobio me invadió al pensar que no podría verlo.

Me sentía como un perro que no podía evitar la partida de su amo.

Vi cómo se llevaron su equipaje y esa última caricia en mi cabello, me hizo hacer un mohín molesto.

No podía evitarlo, pero tampoco podía contener el disgusto.

—Sí, mi señor.

Hace poco, el señor Bernardo decidió hacerme parte del servicio interno de la casa, así que no tendría problema en complacer la misión que me encomendó.

—Entonces le escribiré todos los días, aunque no sé qué tan lejos está Roma ¿Tomará mucho que le lleguen?

Ante la inminente ida de mi señor, me sentía intranquilo.

Desde que lo conocí siempre fue hermoso, con rasgos definidos y refinados, pero en este último año pude notar un cambio físico considerable.

Su rostro ya no parecía el de un joven. Se veía más como un hombre, y esa brecha hizo que el miedo se apoderara de mí.

No podía ser un niño, tenía que crecer, ser más como él.

Alcanzarlo. Mi vocabulario era mejor que antes, esa fue la razón principal por la que Bernardo me ascendió.

Sabía tratar con la debida cortesía verbal a cualquiera, y con tantas historias maravillosas de mi señor, incluso era más versado que Ferrán en mi lenguaje.

Claro que Llorenç siempre era mejor, más exquisito y ahora que se iría a la universidad… no sabía qué hacer.

—Prometa que me escribirá más historias. Que me contará sus aventuras y me hablará de la gente que conozca —dije acercándome más y abrazándolo.

Esta era una de las cosas por las que aún no quería crecer. Podía tocarlo sin que la gente lo viera mal, pero ya el padre Juan me había advertido que dejara de hacerlo y eso… Hacía doler mi pecho.

—Le dibujaré flores en todas mis cartas para que no las olvide. Para que no me olvide.