20 de agosto de 1701
Llorenç
—En unos días te irás a Roma para comenzar con tus estudios —soltó mi padre, mientras disfrutamos de la cena.
—¿Qué? ¿Roma? ¿Pero por qué Roma? —Traté de no alzar mi voz y dejé los cubiertos en la mesa.
—¿Cómo qué por qué Roma? Ya habíamos hablado sobre esto. Dijimos que irías a la universidad para continuar con tus estudios. Roma es un buen lugar. Vas a ir ahí, estudiarás y fin del asunto.
Sí, y también era el lugar más alejado que se le pudo ocurrir.
—Pero puedo ir a París o a Madrid. Cualquier otro lugar que esté más cerca, padre.
—Es por tu bien, hijo mío —soltó mi madre y todavía no podía creerlo. Tome una respiración profunda, y tras una reverencia, me retire.
Tenía diecisiete años y ya había escuchado muchas veces esas palabras.
Por mi bien, comenzaron a venir algunos hijos de los amigos de mis padres, a pasar tiempo conmigo.
Por mi bien, me hacían ir de vez en cuando a casa de otras personas como visita reglamentaría, para practicar mis habilidades sociales, y ahora...
ahora me mandarían lejos de aquí, porque parecía lo mejor para mí. Esto era ridículamente absurdo.
No importaba lo que hicieran. Seguía viendo a Blai siempre a la misma hora.
Nos encontrábamos en el claro de flores, le leía y le enseñaba todos los días cosas nuevas.
Nadie podría hacer que dejara de ir a su lado.
Por eso, esto era injusto. El pensamiento no abandonó mi cabeza, ni siquiera cuando llegó el día de mi partida.
—Blai.
Estábamos en mi habitación a solas, mientras terminaban de arreglar mi equipaje en el carruaje.
—¿Crees que puedas estar al pendiente del correo que llegué a la casa?
Me sentía consternado y no podía dejar de mirarlo. Mi mano dejaba leves caricias en su cabello y de vez en cuando, atrapaba alguno de sus rizos entre mis dedos. Por dentro sentía que comenzaba a morir por lo mucho que extrañaría esto.
—Quiero enviarte cartas para que puedas practicar tu lectura. También me gustaría que me escribieras. Yo... todavía no estoy seguro de cuándo podré volver. No sé qué haré sin ver tus flores cada día.
Tenía un nudo en la garganta. Estaba un poco más alto, más brillante y más alegre. Traté de grabar esa imagen en mi mente.