Blai
A pesar de que ya estaba mejor, los sirvientes me impedían levantarme, querían evitar una recaída. Sin embargo, la espera para retomar mis funciones era más agobiante. Al menos me dejaron tomar un baño. En un espejo pude ver que mi cara estaba brotada por un sarpullido rojizo.
Algo de vergüenza me embargó, al ver a mi señor entrar en el cuarto.
Mi apariencia era de lo más horrible y él, a pesar de ello, permaneció a mi lado.
No solo eso, me visitó y me entregó un hermoso ramo de flores.
Eran preciosas, y la fragancia que despedían hizo que mi corazón saltara emocionado.
Sentía ganas de llorar ante un gesto tan hermoso.
Él era tan radiante como un sol y eso me conmovía profundamente.
Siendo yo, alguien con tan baja categoría, no era digno de tantos cuidados por su parte.
Abracé el ramo feliz. Todo lo que tenía, era gracias a él.
Cada cosa que había recibido era esperanzadora, y ahora también le debía mi vida.
Realmente amaba a mi señor, porque incluso sin familia, sin amor y sin sabiduría, él me escogió y me dio una razón para vivir.
—Gracias, mi señor —exclamé cubriéndome la cara—. No tengo palabras para decirle lo mucho que me ha conmovido.
Los días pasaron y mi señor seguía viniendo a verme, era agradable volver a sentirme con fuerzas y ánimos para hablar, jugar o cualquier cosa que pudiéramos hacer en la habitación.
Él traía libros y me contaba historias grandiosas, llenas de magia.
También los sirvientes empezaron a tratarme distinto.
Ya no eran tan desagradables conmigo. Incluso Ferrán había controlado su lengua ante mi presencia.
El día en que al fin me dieron permiso de reincorporarme, Rubén se encargó de las labores más pesadas, cosa que me hizo sentir extraño.
—¿Por qué me trata así? —Pregunté sin entender—. Es mi deber hacer esas tareas.
—No seas tonto, niño. Eres el capricho del joven duque y te estás incorporando hoy —el hombre frunció el ceño—. Obviamente te favorece y nadie quiere presionarte.
—El amo no me favorece —dije repentinamente avergonzado.
—¿Crees que el amo le pagaría un médico a un sirviente cualquiera? —Repuso él, y me sentí conmovido.
Nunca me quejaba del trabajo, y en realidad agradecía que no pidieran mi rendimiento habitual; me sentía algo oxidado, pero no esperaba saber que era por eso.
Un sentimiento cálido me llenó todo el día hasta que fue hora de nuestro descanso, incluso mi comida era distinta.
Tenía trozos de carne y verduras nuevas.
Comí lo más rápido que pude y fui directo al claro en donde se encontraba mi lugar secreto, ese que compartía con mi señor.
Tomé mucho cantueso, hasta hacer un gran ramo y una sonrisa se me escapó ante mi obra. Corrí al invernadero y recogí las fresas más maduras y hermosas. Las lavé muy bien y fui a verlo como tanto había deseado desde que estuve en cama.
—¡Mi señor! —Grité desde la lejanía, y al llegar a la ventana, me apresuré a saltar dentro—. Las primeras fresas de la cosecha ya están —mi voz estaba demasiado entusiasmada. Le mostré las frutas y las dejé en su escritorio—. También le traigo cantueso.
Una emoción nueva me embargó, era dulce como las fresas y refrescante como la brisa en primavera.
Me arrodillé ante él y bajé mi cabeza mientras le extendía el ramo.
A nadie más amaría con tanta devoción como él, pero si bien no era un caballero, igual quería entregar mi devoción a mi rey, a mi sol, a mi señor.
—Yo quiero jurarle aquí, mi señor, que siempre le serviré. Seré su vasallo y mientras usted lo permita, me quedaré a su lado. Le ofrezco este cantueso porque al igual que esta flor, usted es para mí la fuente de toda felicidad.
No me sentía avergonzado, ni siquiera cohibido. Por primera vez en mi vida, podía entender lo que era pertenecer a alguien y la dicha que me lleno, era grande. Alcé mi rostro para dedicarle una sonrisa a mi sol.
—¿Puedo servirle, mí señor?