Amantes de Tinta Llorenç
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Llorenç

Entonces lo vi; de sus ojos comenzaron a salir lágrimas y luego se abrieron por un pequeño momento. Grandes, castaños y brillantes. Estaba seguro de que me había escuchado, y estaba seguro de que viviría.

No me moví en toda la noche. Blai consiguió verme por unos segundos antes de volver a caer, pero no me movería de su lado, no está vez.

Cuando me di cuenta, yo también había caído en el sueño aferrándome a su mano.

Lastimosamente el cansancio acumulado de varios días me golpeó, y aunque sabía que era una muy mala idea, terminé quedándome dormido.

Volví a ser consciente de mi cuerpo en cuanto comencé a sentir que me arrastraban fuera de la habitación. Lo último que vi fue una suave mirada de Blai, mientras en mi mano aún percibía la sensación de un apretón.

De regreso a la casa, a pesar del adormecimiento que me hacía sentir un poco mareado, no pude ignorar el gran impacto que llegó a mi rostro, y me hizo girar la cara hasta quedar inmóvil.

Mi mejilla ardió por el dolor y empezó a escocer.

Dejé que el tiempo y el silencio adornarán el lugar, hasta que poco a poco volví a mirar al frente.

Mi padre estaba ahí, de pie frente a mí, considerando si era necesario volver a golpearme.

—Te ordené que te quedaras aquí ¡Fue lo único que te pedí! —Estaba muy enojado—. Se te está haciendo costumbre este asunto de desobedecer; todo gracias a ese... A ese...

Mi padre fue interrumpido por un toque en la puerta, que vino acompañado de la entrada de Bernardo, quien no esperó por una autorización. Claramente se sorprendió al comprender la escena que se desarrollaba, pero al final solo bajó la cabeza.

—Sus excelencias. He venido a informarles que el médico está aquí. —Su voz no podía disimular el nerviosismo—. El muchacho está curado, es un milagro.

—¿Cómo dices? —Ahora era mi padre el que estaba sorprendido.

—Así es su excelencia. El muchacho al parecer está curado. El doctor dijo que necesita reposo de al menos unas cuantas semanas, pero ya pasó lo peor.

Mi padre intentó recuperar la compostura y pasó una mano por su rostro, como si se arrepintiera de algo.

—De acuerdo —dijo al final—. Solo hagan lo que tengan que hacer. Es un milagro, pero no sé exactamente sobre quién está la gracia del señor.

Con esas palabras, mi padre se retiró de la habitación y yo corrí a sostener a Bernardo de los brazos.

—Estoy tan feliz de que me hayas dado esta noticia, que ya no me importa nada más —sonreí mientras sentía una profunda dicha.

—Su excelencia debe ser más cuidadoso. Cómo duque, debe hacerse cargo de sí mismo. No de simples sirvientes —me regaño.

—Bernardo ¿Cómo no voy a cuidar de los que velan por mí, me acompañan y me atienden como su primera necesidad?

Creo que un duque debe saber apreciar la lealtad hacía él, y retribuirla.

Tú mismo eres importante para mí familia, al igual que Ferrán, tu hijo.

No podría con la idea de que algo les pasará, y Blai...

es igual. No puedo dejar que algo le suceda.

El mayordomo soltó un suspiro y dejó estar el tema, dispuesto a irse. Sin embargo, lo sostuve del brazo para impedir que se fuera.

—Bernardo ¿Crees que podrías conseguir algo para mí?

—Por supuesto, su excelencia ¿Qué es lo que desea?

—Azucenas. De ser posible, me gustaría que buscaras azucenas blancas, por favor.

—Cómo lo desee, su excelencia. No será un problema —con una leve reverencia, se retiró. Esperaba que el pedido no fuese una tarea difícil.

Al día siguiente, Bernando cumplió con éxito la tarea que le encomendé y ya sin guardias en mi puerta, me dirigí a los aposentos de los sirvientes con una pequeña cantidad de flores.

Esta vez nadie me detuvo, lo único que conseguí fueron miradas incrédulas y llenas de curiosidad.

Al llegar a la puerta de Blai, solo entré.

Él estaba ahí, de verdad lo estaba. Despierto y descansando. Me senté en el borde de la cama y le enseñé las flores para luego entregárselas.

—He traído flores para ti. Ya que estuviste en cama todo este tiempo, creí que sería mejor si esta vez yo era él que venía contigo, y traía flores para ti —sonreí y llevé una mano a su cabello rojizo. Lo había extrañado tanto.