Blai
Tal vez fue culpa de la fiebre, pero un hermoso sueño me hizo pensar en flores.
Fue agradable y se sentía una calidez, que empezaba a cubrirme.
Soñé que tenía un padre, una madre y hermanos que me amaban.
Soñé que mi señor estaba a mi lado, que todos me sonreían y me guiaban a un lugar hermoso en donde ya no había dolor.
Cada paso era más sencillo, cada paso era una sensación de dicha.
«Blai, despierta. No puedes dejar de luchar. Si lo haces…».
Me detuve en seco, esa voz hizo que mi pecho doliera.
«Soy tu señor ¿Lo recuerdas? Blai, si no tienes nada a lo que aferrarte para vivir, aférrate a mí. Aférrate con todas tus fuerzas y vive para mí. Por favor».
Una caricia en mi rostro me hizo retroceder. A pesar del dolor, del cansancio, de todo.
No podía rendirme. Sentía las lágrimas brotar. Quería verlo. Un sentimiento cálido se apoderó de mí. Nunca nadie me pidió vivir, nunca a nadie le importé, pero las palabras de mi señor llenaban cualquier vacío que hubiera en mi pecho.
Abrí los ojos. Me sentía mareado, y allí estaba él, su cabello dorado, sus ojos empañados en lágrimas. Era la primera vez que alguien lloraba por mí. Quería hablar, decirle algo, consolarlo o lo que fuera. Sin embargo, la oscuridad me arrastraba a la inconsciencia.
Un fuego abrasador nació en mi pecho. Luché con uñas y dientes por alejar la oscuridad. Por levantarme, por moverme, gritar, lo que fuera. No podía rendirme. No cuando mi señor era mi fuerza. No, al saber que había una persona en este mundo que consideraba mi vida valiosa.
De repente, sentí que podía respirar. Sentía mi cuerpo empapado en sudor.
Al bajar la vista, me fije que alguien tomaba mi mano.
Un aleteo en mi corazón, hizo que se me escapara una débil sonrisa, mientras veía ese agarre.
Era real, él estaba aquí, él estaba a mi lado… él sería siempre mi razón para vivir.
—Su excelencia —gritó una mujer y alcé la mirada.
—No lo despierte —exclamé, y la mujer se percató de mí. Parecía asombrada—. Lo… lograste.
Ella salió corriendo de la habitación y unos hombres no tardaron en entrar para sacar al joven amo.
Fue un breve momento en el que nuestras miradas se encontraron, y le di un apretón a su mano.
Quería decir tanto, pero él fue sacado y nuevamente me quedé solo.
El sentimiento cálido y revitalizante no me abandonó.
Poco después, un médico entró a mi habitación a hacerme un chequeo.
El señor Bernardo estaba con él y por la ansiedad que reflejaba, realmente parecía interesado en saber de mi estado.
—Estás mucho mejor, ya pasaste la zona de peligro —exclamó el médico—. No sé si esto es un milagro, pero que bueno jovencito… parece que aún estás débil. Deberás hacer reposo por unas dos semanas como mínimo, tres para estar seguros.
—¿Yo… yo ya estoy curado?
—Sí, lo estás —afirmó el hombre—. Las manchas en tu piel no desaparecerán hasta después de un tiempo. Aun así, estás curado. Ahora deberás recuperar tu peso.
Una sonrisa se escurrió por mis labios... Lo había logrado, viví para él, para mi señor. El médico se fue y Bernardo lo siguió muy contento. Entonces lo entendí, ese sentimiento que crecía en mi pecho era la felicidad de tener un propósito, un objetivo… Un amor. Algo por lo que vale la pena vivir.
—Mi señor, quiero verlo —declaré en voz alta.
Una mujer entró y al dejar la comida en mis manos, sentí hambre. Mi estómago rugió; comí todo lo que pude. No podía esperar más para ir a ver a mi señor.