Amantes de Tinta Llorenç
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Llorenç

No supe cuánto tiempo esperé a qué el doctor apareciera, pero cuando lo hizo, fui escoltado hasta mi habitación. Bernardo me garantizo que él me informaría sobre las palabras del médico, así que no me quedó otra opción más que retirarme con aquella imagen en la mente.

Ni siquiera pude estudiar, leer o practicar algo; lo único que pensaba era en el pelirrojo y el aspecto de dolor que tenía en todo su cuerpo.

Cuando por fin recibí noticias, ni siquiera era algo bueno.

Blai tendría que superar por lo menos cuatro días de fiebre.

No sabía si él podría soportar eso. No sabía si yo podría soportar esta agonía de la incertidumbre.

Ese no fue el único anuncio. Al parecer, por órdenes de mi padre, no podría salir de mi habitación. Incluso dos guardias estaban postrados fuera de la puerta, para impedir que volviera a los aposentos de los sirvientes. Semejante escarnio, era ridículo.

Esa noche no pude dormir.

Al día siguiente, Bernardo solo vino a informarme cómo iban las cosas.

Dos sirvientes se estaban encargando de cuidar al pelirrojo, incluso procuraban tratar de alimentarlo y administrarle los medicamentos que dejó el doctor.

Por mi parte comuniqué que tampoco seguiría con ninguna clase o actividad; no hasta que supiera que Blai estaba bien.

El mayordomo suspiró y obedeció. Luego me enteré que habían sacado a Ferrán de la casa, ya que corría riesgo de contagiarse al permanecer entre los dormitorios de los sirvientes.

Al tercer día de todo este asunto, era la viva imagen de un león enjaulado.

Iba de un lado para otro en la habitación y me consumía por la desesperación, y la ansiedad de verlo.

Además, como si deseará torturarme a mí mismo, pedí un libro sobre enfermedades; leí las características y fenomenología de la escarlatina.

Cuando terminé de leer, arrojé el libro a alguna parte, lejos de mi vista.

Nada estaba ayudando, nada. Nada iba bien.

Debí pensar lo mismo cuando vi a mis padres entrar.

—Creo que es buen momento para hablar —soltó mi padre mientras le daba una mirada al lugar—. Aunque parece que no —señaló el libro, en un rincón de la habitación.

Ni siquiera sabía qué decir. Todo lo que pasó, todo lo que dije e incluso mi propio comportamiento, era impropio de mí mismo. Este no era yo y aunque era consciente de eso, no podía controlarme.

—Cariño, por favor —mi madre se acercó a papá y acarició su brazo, buscando calmarlo—. Prometiste escuchar con calma lo que tuviera que decir.

—Lo dije, pero mirarlo —me señaló—. Ese no parece nuestro hijo. Me alzó la voz, se atrevió a alzarme la voz frente a todo el mundo. Corrió hasta los aposentos de los sirvientes y ahora está encaprichado con un mocoso bastardo, que todo el mundo odia.

—Cállate —debí morder mi labio antes de decirlo.

—¿Qué acabas de decir, Llorenç? —Gruño.

—No le llames así. Él no es un mocoso. Tiene un nombre, es solo un muchacho que está solo, y ahora es mi amigo. Es el único amigo que tengo.

—Hijo, no puedes…

—No, no quiero escuchar. Realmente no me interesa si lo único que quieren es hacerme cambiar de opinión. Nunca les he pedido nada, nunca les he exigido nada o me he quejado —apreté las manos con fuerza—. Solo quiero que siga a mi lado.

—¿A qué te refieres con que siga a tu lado? —Exigió mi padre.

—Me refiero a que soy responsable de él.

Me hace compañía, alegra mis días, y no quiero otra cosa ¿Qué tiene de malo que quiera cuidar de él?

¿Qué tiene de malo que quiera darle algo que nunca tuvo, y que nadie quiso darle?

Yo le enseño a leer y a escribir. Le enseño sobre el mundo.

Un mundo diferente a este que solo parece despreciarlo.

—Llorenç ¿Desde cuándo? ¿Cómo? —Mi madre se acercó a mí.

—¿Eso importa? ¿En este momento, eso es importante? —Cuestioné, mientras ella sostenía mi rostro entre sus manos.

—Eres un buen niño —dijo—. Siempre lo has sido. Quieres darles a otros todo lo que puedas. Pero hijo, este mundo tiene un orden.

—Lo siento madre, no voy a retractarme. No quiero hacerlo, por favor no me pidas que lo haga.

—¿De verdad? —La voz de mi padre llegó a lo lejos. Fue tan sorpresiva que no me esperé ver qué se masajeó la frente—. ¿Por qué quieres hacerlo? ¿Por qué deseas tanto tener aquí a ese niño? ¿Por qué has hecho todo eso por él?

—¿Cómo es posible justificar quién es merecedor y quién no?

—Pregunté—. Él me enseñó algo que no había visto antes.

Él vive con una sonrisa cuando tiene todo en su contra.

Cuando todo el mundo lo ha odiado y lo ha dejado solo.

Él vino conmigo y me regaló una flor ¿Por qué no puedo yo darle algo que no sea odio y dolor?

—Dios me ha regalado un santo como hijo —suspiró y miró a mi madre que todavía seguía enajenada; cómo si de repente comprendiera el origen de las flores que aparecían por arte de magia, incluyendo mis intereses más recientes.

—Mi hijo —ella dejó un beso en mi frente y luego acaricio mi cabello.

Mi corazón se estrujó. Nada de eso era lo que quería. Solo deseaba una cosa.

—Está bien. Te dejaré jugar a ser un dios, si es lo que quieres —dijo mi padre con voz serena y resignada—. Pero me aseguraré de velar por tu salud, aunque a ti no parezca importante. No vas a salir de aquí. Si ese muchacho vive, creeré que Dios está de tu lado.

Tras esas últimas palabras, me quedé solo en la habitación. Sentí mis ojos arder y caí en el suelo sin que las lágrimas salieran. Tenía que ser fuerte, debía ser fuerte por él. Sin embargo, cuando llegó el cuarto día, fue como si alguien quisiera venir a derrumbar mi voluntad.

—Su excelencia, me temo que el muchacho no sobrevivirá —palidecí ante las palabras de Bernardo.

—¿De qué hablas? Eso no es cierto.

—Su excelencia, él ya no está luchando. No puede moverse o abrir los ojos, mucho menos probar bocado —el hombre frente a mí, suspiró—. Lo lamento.

—No, tienes que volver ahí y revisar. Él tiene que resistir. No puede solo morir —tuve que apoyarme de mi escritorio para no caerme.

—Ya el padre Juan ha venido para entregarle la extrema unción. Probablemente no pase de esta noche, su excelencia.

—No —gruñí—. ¡No!

El grito quebrado que salió de mi garganta, se ahogó con el sonido de las cosas que se rompían al caer del escritorio.

Cuando vi el jarrón vacío quebrarse, algunas lágrimas comenzaron a resbalar de mi rostro.

No podía aceptarlo. Blai no podía irse. Era injusto, frustrante y desgarrador que una vida como la suya, se perdiera de esta manera.

La culpa me estrujaba el corazón. Quería verlo.

Ni siquiera supe en qué momento Bernando se retiró para darme privacidad.

Un poco después, alguien entró a limpiar. Yo me quedé ahí, inmóvil, viendo cómo la noche caía y todo se apagaba. Ya no podía más con esta situación y simplemente hice lo que me parecía más lógico. Salí por la ventana de mi cuarto.

La luna parecía iluminar mi camino, por lo que me escurrí en silencio.

Fue un poco difícil llegar. Algunos sirvientes hacían guardia.

Cuando visualicé la habitación que identifiqué de la última vez, el alma casi se me escapa.

Estaba solo, no había nadie, así que corrí.

Corrí y me dejé caer al lado de la cama llena de sábanas, en donde estaba su cuerpo tiritando.

Sentí que las lágrimas volverían. Al fin pude verlo.

Era él, a pesar de que su rostro estaba mucho más delgado que antes.

Su cuerpo ardía y al mismo tiempo, parecía estar congelándose.

Tomé su rostro entre mis manos y junté mi frente con la suya.

Él no estaba muerto. No todavía. Podía sentir una respiración leve salir de él.

Era tan tenue que parecía estar quedándose sin aire.

—Blai, Blai soy yo. Por favor despierta.

Por favor. Perdóname por tardar tanto en venir a verte —susurré mientras sentía como las lágrimas resbalaban de mi rostro—.

Tienes que despertar. Tú... Tú me dijiste que sembrarías muchas flores para mí.

Me pediste que te contara las historias más asombrosas del mundo.

Dijiste que lo único que necesitabas, era saber que te quería a mi lado.

Esto era tan injusto. Él no podía irse.

—Blai, despierta. No puedes dejar de luchar.

Si lo haces ¿Qué haré? —Mi corazón se estrujaba—.

Soy tu señor ¿Lo recuerdas? Blai, si no tienes nada a lo que aferrarte para vivir, aférrate a mí.

Aférrate con todas tus fuerzas y vive para mí.

Por favor —mientras decía aquellas palabras, dejaba una caricia en su rostro.

Incluso busqué su mano para tomarla con toda la fuerza que tenía.

Por favor, por favor.