Amantes de Tinta Blai
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Blai

En serio tenía mucho frío, sentía náuseas a todo momento y la comida ya no me duraba mucho en el estómago.

Todo el cuerpo me dolía como si estuvieran tirando de mis músculos.

Quería llorar. Escuché la voz de mi señor y mis ojos se abrieron de golpe.

No lo entendía, seguía estando en mi cuarto ¿Por qué oía su voz, era una alucinación?

Traté de fijarme en mi habitación, pero era difícil mantener la mirada.

«Me dijiste que podrían darme todo lo que quisiera».

Habló mi señor. Sabía que era él, pero no podía encontrarlo.

«Lo que quiero es que venga el mejor médico a verlo, ahora mismo. Lo que quiero, es a él. No voy a dejar que muera».

Estaba preocupado… ¿Qué significaba todo esto?

La oscuridad volvió a envolverme; no supe por cuanto tiempo, pero al despertar tenía otra manta cubriéndome y alguien secaba el sudor de mi frente.

Un hombre extraño me sujetaba del brazo.

Al verme a los ojos, me pidió que siguiera su dedo. Le obedecí y él suspiró.

—¿Cómo te sientes, te duelen las articulaciones?

—Me duele todo —exclamé sintiendo que mi cuerpo no paraba de tiritar.

—Abre la boca y saca la lengua —volví a obedecer.

—¿Cómo está? —Preguntó Bernardo. Trate de no pensar en la agobiante sensación de náuseas que me invadía El hombre me hizo beber algo asqueroso y muy dulce, eso me ayudó a relajarme un poco.

—En este momento la enfermedad es muy impredecible. Está muy grave y avanza de una manera muy preocupante —explicó el señor—. Está muy delgado, si no lo mata la enfermedad, tal vez no se recupere.

—Doctor, no puede morir.

—Denle la extrema unción y esperemos a que logre soportar la fiebre. Les dejaré unos medicamentos que ayudarán con el dolor —un miedo me invadió.

—¿Cuántos días durará la fiebre? —Preguntó alguien.

—Máximo… seis días. Si logra sobrevivir cuatro sin que aumente la fiebre…

—Lo entiendo.

Escuché pasos y me quedé solo en esta habitación.

Mi corazón se sentía muy agobiado, y lo único que podía pensar era que no pude ver a mi señor.

¿Él había estado aquí? Quería verlo, esto dolía mucho, estaba harto.

Toda mi vida estuve acostumbrado al rechazo.

No quería estar solo. Quería a alguien a mi lado.

Las lágrimas empañaban mi visión y dejé que la agonía me sumiera en la oscuridad de nuevo.

No sé cuántos días pasaron. No tenía fuerzas para nada. Levantarme, comer, incluso abrir los ojos era pesado y difícil. ¿Por qué debía esforzarme en hacerlas? Alguien me levantó y trató de darme algo de alimento, ya ni siquiera tenía la fuerza para tragar.

—Llamen al padre —dijo una voz temblorosa—. Y… avísenle a su excelencia.

El dolor seguía siendo asfixiante. Todo era frío y temblores, quería que pararan, por favor.

No quería más ¿Por qué tenía que pasar por esto?

¿Por qué tenía que estar solo? Quería que alguien sostuviera mi mano…

las lágrimas volvieron a escaparse y una mano cálida se posó en mi frente.

Abrí los ojos, pero mi vista estaba borrosa.

—En el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo, amén —musitó el padre Juan.

No entendía por qué lo decía, él vio que lo observaba y dejó una caricia en mi cabeza.

Extrañaba que mi señor me acariciara así.

Cada flor me permitía sentir esa caricia tan preciada—.

Todo estará bien… puedes dejarte ir. Tu alma está libre de pecado, mi niño…

si no puedes más. Al menos lo intentaste.

Sus palabras me daban ganas de llorar y al mismo tiempo me aliviaban, es decir ¿Qué podía irme? Entonces ¿Por qué era tan difícil?

Quería un abrazo. Traté de alzar la mano, pedirle al padre que me abrazara, pero ya no pude hacerlo.

Mi señor… Si le pido un abrazo…

La oscuridad volvió a llevarme.