Llorenç
Todavía resonaban sus palabras en mi cabeza:
«Quiero que me cuente cosas asombrosas».
Ese día, me prometí una cosa a mí mismo. Le contaría a Blai las historias más asombrosas del mundo, aunque tuviera que inventarlas.
Todavía reía por su emoción. Era reconfortante oír que solo me necesitaba a mí, para estar bien, porque sentía lo mismo. Solo necesitaba que estuviera a mi lado, y podría ser feliz sin que nada me importase.
Mientras los días pasaban me dediqué a coleccionar más historias para Blai, intenté escribir en mis cuadernos los rastros de una que otra línea para él.
Sin embargo, todas parecían borradores incompletos de una obra extensa.
Mis estudios continuaron, así como los días que pasaba con el delgado pelirrojo.
Siempre a la misma hora, y con una nueva flor para mí colección.
Pero algo pasó, hubo un día en el que Blai no llegó.
Traté de no preocuparme. Tal vez tuvo mucho trabajo y no pudo venir. Quizás deberíamos practicar un poco más su escritura la próxima vez, para que deje notas cuando no pueda presentarse. Intenté no lucir ansioso, necesitaba verlo.
Pasó un segundo día y Blai tampoco apareció.
Salí por un momento al jardín, fui por mi cuenta a nuestro escondite secreto, sin embargo, no encontré nada.
Bernardo parecía ocupado con la mercancía que acababa de llegar, así que tampoco le alcancé a preguntar si había visto a Blai por alguna parte.
Esa noche casi no pude dormir. Las últimas flores que me regaló el pelirrojo ya se estaban marchitando.
Cuando amaneció, tuve que dejar el jarrón vacío.
Desayuné y fui un rato a una lección. Volví a la hora de siempre, pero no había nadie.
Esperé, no sucedió nada. Tragué con dificultad, mis hombros cayeron y Ferrán me avisó que el maestro de filosofía ya estaba listo para mí lección de hoy.
Solo asentí y caminé con la mirada baja, mientras me preguntaba qué habría pasado.
Al llegar a la biblioteca encontré a mis padres hablando animadamente con mi maestro.
Saludé y tomé asiento frente a una de las grandes mesas de madera, con varios libros, mientras esperaba.
Estaba tan absorto que tuve un sobresalto al ver cómo alguien entraba con voces alzadas detrás de él.
El padre Juan estaba de pie y llevaba una mirada de preocupación.
Se inclinó ante el desconcierto de mis padres y trató de aclararse la garganta.
—Sus excelencias, pido disculpas por esta intromisión, pero he tomado la responsabilidad de informarles sobre un asunto de urgencia.
—¿Asunto de urgencia? Padre Juan, no me esperaba verlo por aquí ¿Qué es lo que sucede? —Mi padre caminó un poco hacia él.
—Temo que hay un joven sirviente en su casa que presenta síntomas severos de escarlatina —el padre me miró e hizo una inclinación hacia mí—. Es necesario llamar a un médico de manera urgente.
—¿Escarlatina? —La voz de mi madre expresaba temor y se tornó pálida. Todos en la sala sabíamos lo que eso implicaba.
—Entonces hay que sacar a ese niño de aquí —el tono de mi padre era severo —. ¿Por qué no lo han llevado con su madre? Bernardo, por favor encárgate de que ese niño salga de mis tierras.
De inmediato me fijé en que nuestro mayordomo principal estaba ahí y Ferrán se mantenía al lado de su padre.
—Su excelencia, el niño tiene dos días enfermo —mis rodillas se debilitaron—. La madre no moverá ni un dedo por él. Por favor, se lo suplico. Si no se hace nada por él, morirá.
—Ese niño está condenado.
No me quedé a escuchar. Mis pies se movieron solos y corrí lejos de la habitación.
Atrás de mí podía escuchar los gritos de mis padres preguntando a dónde diablos me dirigía.
Aceleré el paso hacia las afueras de la casa.
Escuché como alguien parecía gritar una orden para detenerme.
Tal vez fue la voz de Bernardo suplicando que me detuviera.
Creí sentir como Ferrán tiraba de mi muñeca para no dejarme salir, pero yo solo lo aparté.
Lo único que quería era encontrarlo. Quería verlo, Blai no podía morir.
No podía, no podía dejarme. Tenía que protegerlo, le había dicho que siempre estaría a mi lado.
Corrí todo lo que pude. Llegué al lugar de los sirvientes y casi atravieso a dos personas que custodian la entrada a una habitación.
Dije casi porque me sostuvieron de los brazos para detenerme.
Ahí estaba. Pálido, muy pálido y lleno de sudor sin nadie a su lado.
—¡Déjenme ir, ahora! —Grité.
—Su excelencia no puede entrar ahí. Por favor. Es peligroso, usted no debería estar aquí.
—¡Déjenme ir! ¡Quiero verlo! ¡Necesito verlo! —No podía controlar mi voz, casi quebrada, mientras forcejeaba.
—Llorenç —escuché la voz seca de mi padre a mis espaldas—. Ya basta ¿Qué crees que estás haciendo mostrando ese comportamiento? Es suficiente, regresa a la casa, ahora.
No me detuve en el intento de zafarme, tampoco respondí.
—¡Llorenç!
—¡No! ¡No quiero! —Le grité por primera vez en mi vida y sentí un fuerte tirón de mi ropa. Encaré su mirada hostil—. ¡No! No me voy a mover de aquí.
—Llorenç, por favor —mi madre apareció a espaldas de mi padre. Sus ojos lucían llorosos por la angustia, temiendo que recibiera un golpe frente a toda la servidumbre y el padre Juan.
—No me voy a mover. No hasta que venga, por lo menos, el médico de la familia —gruñí y todo el mundo me miró incrédulo.
Mi padre me soltó. Arreglé mi ropa y miré a mi madre, mi rostro adquirió una expresión firme y desafiante.
—Me dijiste que podrían darme todo lo que quisiera. Lo que quiero es que venga el mejor médico a verlo, ahora mismo. Lo que quiero, es a él —señalé dentro de la sala a la que me bloqueaban el paso—. No voy a dejar que muera.
El ambiente se quedó en silencio por un rato, vi como mi padre parecía tensarse y apretar las manos. Cerró los ojos y cuando volvió a verme, me dedicó una extraña mirada que no identifique.
—Llorenç —mi madre parecía querer suplicar porque detuviera lo que ellos veían como una locura.
—Bien, si eso es lo que quieres, de acuerdo.
Te concederé este capricho tuyo, solo porque es el único que has tenido en esta vida — la voz de mi padre era áspera.
Se giró hacia Bernardo que estaba ahí, de pie, tratando de alejar a Ferrán de la escena—.
Anda, llama al mejor médico y que venga lo más rápido posible.
Nadie deje entrar a mi hijo a esa habitación —con eso se retiró, dejándome ahí frente a la mirada de todos.
Yo solo me volví y traté de ver a Blai, aunque fuera desde la distancia. Él no moriría, no mientras yo pudiera hacer algo para evitarlo.