Amantes de Tinta Blai
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Blai

Escuchar que era querido por el joven amo, hizo que en mi pecho se alojara un sentimiento cálido, como una brisa de verano.

Quería arrojarme a sus brazos y demostrarle lo mucho que yo también lo quería.

Al saber lo que significaba la palabra, realmente no me importó.

Nunca supe cómo sentirme con mi padre o con mi madre, pero creo que podía entenderla un poco más ahora.

Toqué suavemente la flor que el joven amo me había dado y sonreí.

Bien, lo otro no importaba, no mientras lo tuviera a él. Rápidamente lo hice sentarse a mi lado.

—Quiero saber de todo, quiero que me cuente más historias de esos griegos de los que le hablan en su clase, o de los romanos de los que habla el señor con bigote que viene siempre —exclamé emocionado—. Quiero que me cuente cosas asombrosas.

Amaba oírlo contar cuentos, era un mundo hermoso donde todo estaba lleno de héroes y aventuras increíbles, como los sermones del padre Juan, pero más emocionantes. Dejé mi mano apoyada en la de mi señor. Él jamás me rechazaba y eso me hacía feliz, dichoso.

—Me basta con ser amado por usted, mi señor —le sonreí—. Aún no me llevo bien con los sirvientes, pero no importa porque lo tengo a usted.

Gracias a que no tenía trabajo, pude quedarme todo el tiempo que quise.

Me escondí varias veces ya que Ferrán entraba a revisar que el joven amo no necesitará nada, o le traía alguna merienda.

Ya entrada la noche, volví a los aposentos de los sirvientes.

Me fijé que mis cosas ya no estaban en el depósito donde dormía.

Al preguntar, Bernardo me explicó que un cuarto al fin se me había asignado.

Me parecía grandioso no tener que dormir en el suelo, así que solo le agradecí.

Al día siguiente tuve que ir al pueblo por unos encargos, y me llevé la sorpresa de encontrar al padre Juan en la plaza.

—Bendígame, padre.

—Dios te bendiga, mi niño —el padre era el único adulto al que de verdad quería—. Veo que te adaptas a la casa de Lis.

—Sí, aún no logro hacer que los sirvientes me acepten, pero el señor Rubén está muy feliz con mi trabajo, así como el joven Duque —respondí.

—Así que te hiciste amigo del Duque —me sonrió—. Muy bien, ¿y aun te sigue enseñando a leer?

Asentí y luego de contarle otros detalles, me despedí. Aún tenía que terminar mis recados. El trabajo era bastante agotador, pero podía con eso.

Los días pasaron muy rápido, cada vez hacía más calor y los rastros del invierno habían terminado por completo.

Al fin la primavera entraba bella y frondosa.

Las flores abrían sus capullos renovadas y llenas de vitalidad, pero algo se sentía distinto mientras trabajaba.

Me sentía demasiado mal, me fallaban las fuerzas y todo se tornó negro de pronto.

Cuando recobré el conocimiento, sentía frío. Parecía estar empapado en sudor. Estaba incómodo y pegajoso, un dolor se colaba por mis huesos, así como las ganas de vomitar. Realmente no entendía qué estaba pasando.

—No lo voy a cuidar —gruñó una mujer que estaba de espaldas a mí—. Ya bastante tengo con mis tareas.

—¿Intentaron hablar con su madre? —Exclamó Rubén.

—¿Por qué le diríamos a esa mujer? Todos sabemos que es un bastardo repudiado. Aunque le dijéramos que está agonizando, ella no movería ni un dedo —escuché a Bernardo.

—T…tengo frío —susurré, haciendo que los adultos me miraran.

—Aguántate, no hay más mantas —dijo la mujer y traté de levantarme, pero mi cuerpo no me respondía.

—Deberíamos llamar a un médico —volvió Rubén.

—¿Con qué dinero? —Señaló Bernardo—. Los señores no destinan dinero para estas cosas.

—Mi señor Bernardo, no lo entiende. Esto parece escarlatina, tuve un hijo que murió de eso.

La sala se quedó en silencio y tal vez era la fiebre, pero todo se sentía muy lejano. El dolor era insoportable, por favor, que alguien lo detuviera, quien fuera.

Mi señor yo… lo siento, no pude ir a verlo…

—Padre, ¿qué hacemos? —Dijo alguien, pero no lograba entender nada.

—¿Cómo no han avisado a los señores? Estos síntomas son claramente escarlatina. Necesitamos un médico urgente.

—Padre Juan, no lo entiende. No podemos avisar. A la casa principal no le importará un sirviente externo —exclamó alguien.

Traté de abrir los ojos, pero mis parpados estaban muy pesados

—¿No puede darle la extremaunción, en caso de…?

—¿Cómo pueden ser tan negativos, hace cuanto empezó la fiebre? —el padre se escuchaba furioso.

—Lleva dos días, padre. Apenas come y no… no creemos que sobreviva. Vea lo flaco que está, la fiebre no baja.

—Yo mismo daré la noticia en la casa —sentenció el padre.

Mi señor debía de estar preocupado… llevaba dos días sin ir a verlo… ¿Quién le llevaría flores?