Llorenç
Terminé de arreglar las flores, para luego mostrarle a Blai un libro de cuentos que había traído para él.
Quería ayudarlo a leer con más fluidez, y que escribiera las palabras o las frases que más le gustasen, o las que le costaban.
Sin embargo, mi mente se detuvo al escuchar que su familia no lo quería.
Me giré a verlo y al parecer, se había sumido en el asunto como si nunca hubiera hablado o pensado en eso últimamente.
La verdad no podía entender lo que acababa de escuchar.
Desde que lo conocí, Blai era una persona cálida y brillante.
Siempre resaltaba por su emoción. Fue inevitable recordar una de las primeras cosas de las que me habló, ese asunto de que otros niños no querían jugar con él. Mi ceño se frunció un poco.
Tomé a Blai de los hombros y con cuidado, hice que se sentará en una silla, que hace mucho tiempo tenía al lado de mi escritorio, solo para que él se instalará a practicar.
—Me alegra mucho que te gustara el sermón de hoy.
Las religiones siempre tienen historias muy interesantes —le sonreí—.
Pero Blai ¿Te molestaría si te pregunto por qué crees que tu familia no querría verte?
¿Sabes por qué dices que te odian? La verdad no puedo imaginarlo.
Si no te viera durante el día, sería muy aburrido.