Lio
Me tomó solo unos minutos darme cuenta que no le había ido nada bien. Creí soltar un suspiro cuando me habló como si no estuviera molesto conmigo por todo lo que pasó.
Por alguna razón no podía dejar de mirarlo.
Sus facciones continuaban con un sutil toque de elegancia y delicadeza, que no se desvanecía incluso entre las magulladuras que llevaba.
Era delgado y parecía un poco incómodo. Recordé como intercambio unas palabras con el oficial, y me pareció un poco divertido.
Era como si fuera a gritar en cualquier momento, pero se mantuvo quieto.
Ya cuando nos informaron que todo estaba listo y podíamos retirarnos, solo di un leve asentimiento de cabeza en agradecimiento, y continúe mirando al pelinegro, sintiendo que una sonrisa tiraba de mis labios.
Su mirada volvió a toparse con la mía. Los segundos se detuvieron por un momento.
Mi mente todavía trataba de grabar cada detalle de su rostro.
Su presencia era agradable, al igual que su voz.
Tanto que por un momento me quedé pensando en lo que dijo ¿Qué era?
A... Sí. Un empate. Solo comencé a reírme.
¿Por qué parecía un chico tan curioso?
—De acuerdo, será un empate. Aunque no veo el problema de verte así —volví a reír y mi mano se apretó por un momento.
¿Por qué sentía la necesidad de llevar mi mano a su cabello y alborotarlo más de lo que ya estaba? Me quedé tenso en mi lugar. Esto seguía sintiéndose demasiado similar a lo del chico del Starbucks.
—Te llevaré a tu casa. Es lo mínimo que puedo hacer luego de todo este desastre —llevé una mano a mi cuello, tal vez por algún deje de nerviosismo, o para reprimir la curiosidad de tocarlo—. Seguimos en empate, por supuesto. Pero no aceptaré un no como respuesta.
Intenté no morder mi labio y comencé a caminar fuera del lugar.
No me di cuenta en qué momento los hombres que me habían acompañado, entraron a la sala y escucharon lo que dije.
El que era más alto, corpulento y fungía de guardaespaldas, se encargó de llevar al pelinegro hasta el auto con nosotros.
Si me ponía a pensarlo, esto sí podría contar cómo secuestro.
Yo no había esperado por su respuesta y uno de mis hombres solo lo metió en el auto.
No pude evitar sonreír. Definitivamente está era una de las situaciones más extrañas que había tenido que vivir. El chófer declaró que recordaba el lugar de vivienda del joven, pero en caso de equivocarse, aceptaría sin problemas la corrección del rumbo.
El auto arrancó y sentí que estaba conteniendo la respiración. No pude evitar volver a mirarlo fijamente. Era como si no pudiera apartar los ojos de él. Sentí un cosquilleo en mi cuello. Llevé una mano ahí y luego a mi cabello.
—¿Crees que sería extraño si pregunto tu nombre? Digo, me ayudaste. Por mi terminaste en la policía, te saqué, y ahora estás en mi auto. Pero no tengo la menor idea de cómo te llamas —no podía quitarme de la cabeza que había algo importante que debía recordar.