Amantes de Tinta Brais
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Brais

Quería llorar. Me llevaron a un cuarto pequeño con una silla y un escritorio, ambos de metal.

No supe cuánto tiempo me tuvieron en esa sala haciendo preguntas que ni entendí ¿Conocía a Lio Zhan?

¿Alguna vez tuve pensamientos suicidas o de agredir a otros?

Realmente no sabía qué responder. Traté de explicarle mi versión de la historia, pero no me creían.

Me hicieron decirla una y otra vez, de reversa y salteada ¿Qué pasó primero?

Luego, empezaron a leerme un montón de cargos de los que era acusado, entre ellos, intento de secuestro y resistirse al arresto.

Me sentía muy impotente mientras el hombre intentaba persuadirme de declararme culpable. De hacerlo, la sentencia sería menor.

—¿No quieres pasar diez años aquí verdad? —Dijo un policía y me frustré más ¿Por qué rayos me molestaba si ni siquiera me consideraban inocente?

—Realmente no sé en qué pensabas, pero este hombre es importante. Nadie iba a dejar que te salieras con la tuya.

—Yo no hice nada —empecé a llorar. Maldita sea, era injusto, no estaba bien—. ¿No entiende que esto puede arruinar mi carrera, mi futuro? Soy un becado, puedo perder la beca solo por ser considerado sospechoso de un crimen, maldita sea ¡Jamás haría algo así!

Mi llanto pareció incomodar a los hombres y de momento, dejaron de acribillarme a preguntas. Me negué a firmar nada así que me llevaron a una celda. Pasaría una noche allí al parecer.

¿No se supone que tenía derecho a una llamada?

Me sentía tan frustrado que seguí llorando en silencio, en la celda.

Un hombre vestido con ropa de mujer se me acercó, tratando de consolarme y la verdad no se veía mala persona, pero otro en la esquina, no dejaba de vernos fijamente.

Su mirada se parecía a la de un loco y realmente temí por mi vida.

—¿Quieres un rapidín para alegrarte? —Me tensé de inmediato—. No seas tímido, primor. Tienes una carita para mojar el churro.

—No —dije cuando trató de tocarme. Sin embargo, si algo he aprendido de las películas es que, si no tienes un compañero de celda, eres carne de cañón—. No estoy de humor.

No pude pegar el ojo en toda la noche. Cada vez que me distraía un poco, el hombre inquietante de la esquina se acercaba más.

Estaba tenso y demasiado expuesto. Me pegué a una de las esquinas y solo abracé mis rodillas.

A lo largo de la noche, varios hombres fueron metidos con nosotros.

Un borracho que se tumbó y un chico que estaba muy sucio.

Gracias a Dios, el travesti era el objetivo del loco y en algún momento de la madrugada, los sonidos de succión me asquearon.

Solo miré a otro lado como los demás. En serio, ya no tenía fuerzas mentales para nada, quería salir de aquí.

Miré el pasillo atontado por el sueño, cuando el sonido de pisadas de los oficiales me despertó.

—Monserrat Brais —dijo un oficial—. Venga conmigo.

Me levanté algo entumecido por el frío y caminé. Esta vez no estaba en una sala de interrogatorios, me sentaron frente al escritorio de un oficial regordete distinto. Me sentía derrotado, así que él me tendió una hoja con lo que parecía una declaración.

—Firma y podrás salir —exclamó.

—¿Qué se supone quiere que firme? —Traté de leer, pero la mano del hombre me interrumpió.

—Siendo sincero, los cargos y la evidencia ya están, ir a juicio hará que tus padres pierdan dinero. Firma y todo será más rápido.

—Pensé que su trabajo era investigar —espeté entre dientes. El hombre me mostró mi celular con la pantalla rota y después de lograr encenderlo, lo primero que se vio era el video de Lio Zhan. Maldije internamente a todos los dioses que conocía.

—¿En serio esperas que creamos, que no eres su fan?

—No, en serio espero que crean que hasta hace unos días no lo conocía, y cuando lo ayudé, lo hice desinteresadamente —sentía como la rabia me llenaba de nuevo.

—¿Y entonces por qué no lo llevaste a un hospital? —repuso el hombre tecleando algo en su computadora.

—Si le soy sincero señor, yo también me lo pregunto. Estoy seguro de que este problema sería de otro y no mío —dije cítrico—. Y quiero hacer una maldita llamada, no me pueden incomunicar del mundo por más tiempo.

Ya no sabía si insultar a mi suerte, a ese hombre o a la policía en general. Quería llamar a alguien y comer algo caliente, porque en serio tenía hambre y ni un café me habían ofrecido los hijos de puta. Que sea un supuesto criminal, no me quita el derecho a comer.