Amantes de Tinta Lio
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Lio

Mi cabeza dolía. Me removí un poco y caí en cuenta que estaba sobre una superficie blanda. Trate de abrir los ojos ante el palpitante dolor y tarde un poco en enfocar la mirada ¿En dónde diablos estaba? ¿Qué había pasado? Llevé una mano a mi cabeza e intenté recordar algo, pero todo era tan difuso.

Recordaba estar en la biblioteca y haber encontrado el libro.

Luego, tenía la imagen muy borrosa de un chico.

Un chico pelinegro, ¿o era pelirrojo? Mi cabeza volvió a doler y sentí como una humedad cubría mi rostro.

¿Estaba llorando? ¿Por qué estaba llorando?

Quería pararme y salir de ahí, pero en el primer intento de moverme rápido, todo dio vueltas.

Vale, esa fue una muy mala idea. Me quedé sentado y traté de respirar con calma.

Las lágrimas aún fluían por mi rostro y me sentía extraño.

Era como si mi pecho se dividiera entre una sensación de profunda tristeza y, al mismo tiempo, alivio.

Decidí que debía calmarme. Tardé un rato en relajar mi respiración, pero cuando lo logré, me fijé bien en el lugar donde estaba.

Se trataba de la parte de abajo de una litera, y la habitación consistía de un pequeño espacio con dos escritorios.

De un lado había una pared llena de lo que indudablemente era una gran cantidad de posters de anime y de la otra, descansaban algunos cuadros de bodegones y paisajes, junto a una repisa con una colección de libros.

Pude identificar perfectamente tres de ellos.

Bendito Dios ¿A dónde me trajiste?

Solté un suspiro, las lágrimas al fin se habían detenido. Limpié mi rostro y vi una pequeña nota en la mesa de noche, que se encontraba junto a la cama. Al tomarla y leerla, un escalofrío invadió mi cuerpo por la delicadeza de la letra. Fruncí él ceño y me percaté de lo que decía.

Te desmayaste en la biblioteca y te traje a mi casa. Tranquilo, duerme y come lo que quieras, fui a comprar provisiones.

Eso tenía sentido, pero ¿cuánto tiempo estuve inconsciente?

Vi una botella de agua y algunos aperitivos.

También estaba mi bolso y me fijé que llevaba la misma ropa.

Tal vez no había pasado tanto tiempo y no tendría nada de qué preocuparme.

Era un milagro que no me hubiese llevado a un hospital.

Si lo hubiera hecho, Fabián me habría matado y esta sería la noticia del siglo.

No podía aparecer en un hospital desmayado, no sería bueno.

Por otro lado, alcancé a ver un reloj digital colgado cerca de una ventana.

Fue ahí cuando palidecí. Si la fecha marcada era la correcta, habían pasado dos días desde que fui a la biblioteca.

Me enderecé para buscar mi teléfono. Debería estar en mi bolso.

Cuando di con él, estaba muerto. Maldije para mis adentros.

Dios días, dos días inconsciente. Seguro Fabián debía estar a punto de cerrar todas las fronteras de España.

Mi cabeza todavía palpitaba. Mi pecho se sentía pesado y me dejé caer de nuevo en la cama mientras abrazaba mi bolso.

Necesitaba que la persona que me había traído aquí, regresará pronto.

Entonces lo recordé, recordé como unos brillantes ojos grises me miraron con sorpresa, antes de que todo se volviera negro.

Cerré los ojos y la sensación de alivio que estaba peleando con la pesadez en mi interior, se hizo más fuerte.

Tanto, que me deje llevar de nuevo por el sueño.

Yo... Yo solo quería sumirme en la extraña paz que me arropaba.

Sin embargo, ¿por qué de repente me sentía tan cansado?

…

Cuando volví a abrir los ojos, lo hice porque sentí algo frío y húmedo en mi frente.

En un movimiento firme y rápido, mi mano tomó la muñeca de la persona que me atendía.

Parpadeé varías veces hasta que me encontré con un par de ojos azules, que miraban con preocupación.

Me levanté de golpe y vi que estaba en otro lugar.

Era mi habitación de hotel y llevaba otra ropa puesta.

—Lio, Lio cálmate.

—¿Qué pasó? —Pregunté con voz seca.

—Lio.

—¿Cómo demonios llegué aquí? —Me levanté estrepitosamente de la cama. Vi una intravenosa conectada a mi brazo, así que la arranque.

—Lio, por Dios santo. Tienes que calmarte. Regresa a la cama, por favor. Te explicaré lo que pasó —el rubio se puso de pie y estaba sopesando cómo acercarse a mí.

—Explícate, ahora —estaba furioso. Era como si una especie de rabia comenzará a crecer en mi interior por descubrir que no me encontraba en el pequeño apartamento.

—Teníamos que sacarte de ahí. Tu cuerpo no está bien, tú no estás bien. No me escuchaste y ya ves lo que pasó. Te desmayaste. Ahora estás en un lugar seguro, pero debes descansar. No vas a salir de aquí —habló de forma paciente, como si lo hiciera con una verdad absoluta. Mi ceño se frunció.

—¿Teníamos que sacarte de ahí? —Las palabras salieron de mi boca como si quisiera arrojar y romper cualquier cosa en la habitación—. ¿Qué no voy a salir de aquí? —Me reí y llevé una mano a mi cabello.

—¿Qué hiciste Fabián? Necesito que me digas cómo diablos llegué aquí.

El silencio se hizo en la habitación. Ninguno de los dos dijo nada y sentí que algo estaba mal, algo iba mal, muy mal. Comencé a sentirme asustado y eso solo hacía que la molestia aumentara. A mi mente volvió el recuerdo del chico de ojos grises.

—¡Habla! —Grité.

—¡Hice lo que tenía que hacer! —Me regresó el grito, a lo que abrí los ojos de par en par por la sorpresa—.

¿Sabes lo preocupado que estaba? Desapareciste.

En la noche nadie te vio llegar, nadie sabía de ti —continúo con prisa, mientras caminaba por la habitación—.

Intenté llamarte, pero tu teléfono estaba muerto.

Me desesperé pensando en que podía haberte pasado.

Sabía que algo iba mal. Tú no eres así, no haces esas cosas.

De repente se detuvo y yo solo pude mirarlo atónito.

—Fui con la policía. No podíamos hacer de esto algo demasiado público.

Entonces apareciste en una CCTV, y comenzaron a rastrearte.

La policía dio con el edificio. Estabas ahí ¡Estabas ahí, inconsciente, siendo llevado por un extraño arrastras!

¡¿Qué querías qué hiciera?! Cuando te encontramos, seguías inconsciente.

Un médico vino, te revisó y colocó un pequeño sedante, en caso de que despertarás alterado.

Luego se te pasó un poco más de suero, debes descansar. Tienes que calmarte.

—Fabián…

—Te salvé y ahora te cuido —tomó una profunda respiración, pero su mirada me causó escalofrío. Algo dentro de mí gritaba que me estaba ocultando algo. Fue una sensación tan extraña que me hizo retroceder.

—Fabian, qué es lo que no me estás diciendo.

—Yo solo quería protegerte —me miró como si lo hubiera abofeteado.

—¿Protegerme? ¿Protegerme de qué? ¿De alguien qué me ayudó cuando me desmayé en la biblioteca? ¿De eso me quieres proteger? ¿De un chico al que probablemente le diste un susto, llevando a un montón de policías a su...

Me detuve. La mirada del rubio se tornó oscura. De inmediato pensé lo peor.

—Fabián, ¿qué pasó con él? —No me respondió—. Fabián qué le hiciste —bajó la mirada y me acerque para tomarlo del cuello de la camisa.

—¡Dímelo!

—Nada —murmuró.

—¿Qué dijiste? —Lo sacudí y presioné más mi agarré.

—Nada, no le hice nada —espetó e hizo un mohín como si estuviera a punto de llorar—. La policía se lo llevó. Tendrá lo que se merece.

Maldita mierda.

—¿Qué demonios se merece? ¿Qué es lo que debe pagar solo por ayudarme desinteresadamente? Dime, Fabián. —Del rostro del rubio comenzaron a salir lágrimas, y sentí un nudo en la garganta.

—¿Ayudarte desinteresadamente? —Pude jurar que lo escuché reír entre las lágrimas—.

¿Acaso sabes quién eres, Lio? ¿Acaso sabes por qué todas las personas quieren estar a tu lado y tenerte?

—El rubio llevó sus manos al agarré que mantenía sobre el cuello de su camisa—.

¿Eres consciente de eso? Ese idiota te intentó secuestrar.

Eso fue lo que hizo. Él no es diferente al resto del mundo, y mi deber...

Mi único deber, siempre será el protegerte de cualquiera.

Mi mandíbula se tensó. Sabía que Fabian tenía razón.

La lógica en sus palabras me llegó como un balde de agua fría; era su trabajo y yo, una figura pública.

Sin embargo, algo muy dentro de mí gritaba que todo estaba mal.

Que debía hacer algo. No podía explicarlo, pero era muy similar a aquella emoción que me embargó cuando perseguí, hasta el baño, al desconocido del Starbucks.

Me abrumaba la desesperación de que algo le pasara por mi culpa.

—No sabes de lo que estás hablando —gruñí—. Vas a quitar los cargos que pusiste sobre él ¿Me entendiste?

—No —Fabián apretó el agarré sobre mis manos—. No lo haré.

—¿Qué?

—No lo haré. Ese tonto se va a quedar en prisión y… —antes de que pudiera terminar con esa frase, lo arrojé al suelo.

Me di media vuelta, comencé a buscar un par de zapatos, alcancé a tomar mi cartera y mi identificación.

—Lio —escuché a Fabián ponerse de pie—. Lio ¿Qué haces? ¿A dónde crees que vas?

El rubio alcanzó a detenerme del brazo, antes de que alcanzara la puerta. Me giré y mi mirada lo dejó helado en su lugar.

—Iré a arreglar el desastre que hiciste —me solté de su agarré y abrí la puerta.

—¡Ni siquiera sabes dónde está! —Alzó la voz en un intento de que volviera a mirarlo.

—Pues buscaré en todas las prefecturas hasta encontrarlo y cuando regrese, no quiero verte aquí —escuché un tambaleó y miré por encima del hombro.

Aunque llevábamos conociéndonos tanto tiempo, esta vez sentí que no sabía quién era esa persona detrás de mí, y no lo quería cerca, no ahora. Cerré la puerta con fuerza y me largué.

En el recibidor del hotel se encontraba el chófer, de la última vez, y uno de los guardaespaldas que se encargaba de mi seguridad. El primero sabía a qué estación de policía escoltaron al chico que me cuido, y el segundo insistió en acompañarme.

No estaba de ánimos para negarme. Ya en el auto sentí que el mundo comenzaba a dar vueltas.

Mi estómago rugió, estaba haciendo demanda por la falta de comida en dos días.

Llevé una mano a mi cabeza, esperando que el dolor no volviera.

Pedí a los dos hombres que antes se detuvieran a comprar algo de comer, o de verdad terminaría en un hospital.

Solo esperaba que el joven estuviera bien.