Llorenç
Por primera vez, llegué a sentir una emoción estrepitosamente avasallante. No podía explicarlo. Me sentí pleno; como si tocara las nubes con la punta de mis dedos. Todo por un abrazo. El abrazo del niño delgado y pequeño.
Entonces, no pude evitar preguntarme: ¿Qué era está nueva emoción? Mi corazón estaba lleno de un calor inexplicable que solo provocó en mí, el deseo de seguir experimentándolo. Cuando se separó, comprendí que tal vez debía conformarme con la calidez de su sonrisa, pero quería más. Deseaba más.
Blai me enseñó un juego que parecía bastante común y temo decir que, en más de una ocasión, me aproveché del deseo de atraparlo y volver a tocarlo. Además, la expresión de su rostro cuando recibió mí regalo, fue brillante. Al final del día, lo único en lo que podía pensar era en repetirlo.
Los días pasaron y entre Blai y yo acordamos vernos a la misma hora, todos los días.
Él se asomaba por mi ventana con una gran sonrisa y yo le correspondía.
Le prometí que le enseñaría a escribir así que algunas veces, antes de salir a jugar, le enseñaba a tomar la pluma y cómo hacer algunos pequeños trazos con ella.
Luego de eso, caí en cuenta que tendría que enseñarle a leer, para que comprendiera lo que escribía. Iríamos poco a poco.
Estaba fascinado con la curiosidad del pelirrojo.
Era como si todo fuese un tesoro recién descubierto para él.
Siempre iba con esa sonrisa tan grande y brillante que jamás lo abandonaba.
Solo podía seguir deseando que él nunca dejase de venir a jugar conmigo, o de sonreír.
Ya no tenía que detenerme a contar todos los rastros de soledad en mi hogar. Ahora solo tenía que verlo a él.
Así llegó la mañana del siete de septiembre, mi cumpleaños.
Mis padres insistieron en comer conmigo el desayuno, ya que al parecer querían pasar más tiempo conmigo.
La mesa estaba repleta de dulces y algunos pasteles.
No me quedó más que sonreír y sentarme con ellos.
Era mucha comida, y algo me decía que solo era el inicio. Para mí no había necesidad de tanto.
—¿Sabes porque todo esto está aquí, hijo? —Me sonrió mi madre.
—La verdad no tengo idea, madre. Yo... no esperaba que sirvieran tantos dulces en la mañana —bajé la cabeza ante la mirada de mi padre.
—Pues es el cumpleaños de mi pequeño. Claramente solo quiero consentirte. Además, te he visto bastante feliz estos días, eso alegra enormemente el corazón de esta madre angustiada.
—Madre, no tenías qué hacerlo.
—Claro que tenía. Dime ¿Acaso es por esas flores que he visto en tu cuarto? ¿Por eso has estado tan contento? —Me sorprendí, sin saber que decirle.
—¿Has estado saliendo de casa a escondidas? —Soltó mi padre y sentí que el corazón se me salía del pecho.
No... No podían saberlo. Si lo sabían, le harían algo malo a Blai por mi culpa.
—Yo... Yo no...
—Cariño, qué cosas dices. Nuestro hijo es el joven más bueno del mundo ¿Cómo podría fugarse de casa? Solo lo estás molestando —río mi madre y se aproximó para dejar una caricia en mi mano.
—Solo lo decía porque anda con la sonrisa de un niño enamorado en el rostro —mi padre tomó de su copa y se encogió de hombros—.
Ya está en edad para eso ¿Qué tiene de malo?
Solo tengo curiosidad. Pero está bien, no preguntaré nada más.
Aunque a esa edad yo solía escaparme para ver a tu madre desde las afueras de su casa, entre los jardines, retozando —mi madre parecía avergonzada.
El tiempo de la comida transcurrió con calma y no pude evitar quedarme enajenado en lo que acababa de escuchar.
¿Acaso dijo enamorado? ¿En edad?
Sacudí la cabeza, confundido. La verdad no había pensado en eso, y no estaba seguro de que decir.
En mi mente solo estaba ese niño sonriente, que siempre acudía a mí, y por el que comencé a leer más libros de botánica.
Después de todo, a él le gustan mucho las plantas, así que en los últimos días me había planteado ponerme al día en ese aspecto.
Cuando me levanté de la mesa, ignoré el hecho de que quedaba demasiada comida y solo quería ir a mi habitación. Al entrar, me llevé una sorpresa. Él estaba ahí, esperando por mí con un ramo de flores entre sus manos.
—Mi señor, feliz cumpleaños —exclamó.
Siempre tenía la costumbre de llamarme "mi señor", y nunca me importó.
No importaba como me llamara, solo quería ver la sonrisa que me regalaba y en esta ocasión, por alguna razón, casi me dejo caer contra la puerta.
Detallé el ramo que colocó en mis manos y mi corazón latió con fuerza, al identificar las flores.
Un tulipán rojo, el amor pasional; rodeado de muchas caléndulas, para calmar mis penas y, por último, margaritas blancas, el amor sincero.
¿Por qué esto me hacía tan feliz? ¿Por qué sentía que podía temblar solo con recibir esto?
Por el impulso de un cosquilleo en mi estómago, mi mano se aventuró a tocar su rostro y la punta de mis dedos, su cabello.
Lo detalle más, lucía ropa diferente. No estaba lleno de tierra y llevaba los colores de mi casa, pero las prendas le quedaban grandes y holgadas.
Incluso se veía más pequeño y delgado de lo que era, por lo que reí.
—Blai... Gracias. Creo que este es el mejor regalo de cumpleaños que me han hecho en la vida —sostuve el ramo con fuerza, y en contraste con una suave caricia en su rostro, tuve una idea.
Lo tomé de la muñeca, lo arrastré hasta una pequeña mesa de cristal en la habitación, lo hice sentar y dejé el ramo.
—Espera aquí ¿De acuerdo? No te muevas. Iré a traer algo ¿Sí? No te vayas —dije y salí rápidamente de la habitación.
Corrí por los pasillos, bajo la mirada de algunos sirvientes, hasta llegar al comedor en donde estaban retirando los platos, con los dulces que no se habían tocado.
–Puedo... ¿Puedo tomar algunos dulces? —Pregunté con la respiración agitada por correr.
La mujer que estaba en esa tarea, me miró incrédula, como si no pudiera creer lo que le preguntaba.
—Sí —dijo débilmente—. Claro que sí, su excelencia. Usted puede tomar lo que quiera, es suyo —hizo una reverencia y sonreí mientras tomaba dos platos de porcelana, y los colocaba en una bandeja. Uno tenía un gran trozo de pastel con crema y el otro, varios dulces apilados.
—Muchas gracias, usted también puede probarlos. Es mucha comida, y está muy rica. Se lo agradezco —tras esas palabras me retiré de nuevo y de prisa, temiendo que Blai ya no estuviera ahí.
Respiré aliviado cuando lo encontré donde lo había dejado. Me apresuré a colocar los platos y le sonreí al pelirrojo.
—Por favor, come conmigo. Come lo que quieras, es mi cumpleaños y haré lo mismo en el tuyo —tomé de nuevo el ramo de flores entre mis brazos y lo sostuve con cariño—. No sé de qué otra forma agradecerte por estar conmigo, gracias Blai.
Este era el mejor cumpleaños.