Blai
Escuche atentamente al joven amo, su sonrisa me embelesó por un momento, pero el toque en mi cabeza, me petrificó. Un ligero rubor cubrió las mejillas de Llorenç y sentí que mi cara se ponía roja por la vergüenza.
Él me tocó, su tacto no fue con asco, ni desdén, ni siquiera disgusto.
Estaba impresionado. Cuando tendió una hoja hacia mí y me dijo que los trazos eran mi nombre, mi corazón se hinchó con un sentimiento que casi me hace llorar.
Él me estaba regalando algo e incluso se disculpó conmigo…
Era la primera vez que alguien hacía eso por mí.
Iba a llorar, pero contuve mis emociones y admiré el trozo de papel con mi nombre.
—No sé qué decir, gracias mi señor. Es el mejor regalo —lo miré y creí que veía a Dios en sus ojos. Toda mi vida me dijeron que los lores eran enviados de Dios a la tierra, y tenían razón, porque él lo era—. Yo…
No me contuve y le di un abrazó, el joven amo era al menos una cabeza más grande que yo, pero no importaba, una calidez me llenaba con ese gesto. Me separé algo avergonzado y guardé la hoja con mucho cuidado entre mis ropas.
—Lo atesoraré mucho, mi señor —exclamé feliz—. Por favor enséñeme a escribir, yo también quiero poder escribir su nombre. No importa si no sabe juegos, podemos jugar a la gallina ciega, todos saben jugar ese juego.
Estuvimos juntos toda la tarde. No era justo que el joven amo fuera tan bueno atrapándome, ni siquiera conocía los juegos.
Luego de varios intentos, me fijé que llevábamos mucho tiempo afuera.
Cuando regresamos, me tuve que despedir y soportar el regaño del señor Rubén por haberme fugado del trabajo.