Amantes de Tinta Llorenç
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Llorenç

Sentí ganas de reír por las palabras del niño de cabellos rojizos ¿Cómo era posible que no supiera que era escribir? Aunque si me ponía a pensar, no sabría de qué forma explicárselo. Para mí era tan natural que ni lo cuestionaba. También era divertido oírlo preguntar si los poemas eran comida.

Mis ojos se iluminaron ante la palabra "jugar" que soltó como si nada ¿Él quería jugar conmigo? ¿Cuándo fue la última vez que hice algo así? Ni siquiera podía entender como alguien no quería jugar con él. Parecía un joven tan alegré que yo quería hacerlo, quería ir con él afuera y...

Todo pasó demasiado rápido. Un hombre mayor llegó tras alzar la voz y de un momento a otro, se disculpó mientras mantenía al niño de rodillas afuera.

Quería pedirle que se detuviera, que no hiciera eso.

No había pasado nada malo, y tampoco me había molestado.

Me coloque de pie, con el corazón en la garganta, cuando Bernardo apareció obviamente enojado.

Dos segundos después, ya se habían llevado al pelirrojo y solo pude alcanzar a ver cómo lo arrastraban lejos ¿Le iban a hacer algo por hablar conmigo? ¿Lo iban a sacar de la casa? Eso... Eso no era nada justo, él no había hecho nada malo.

—Su excelencia —Bernardo soltó un suspiro, mientras su ceño se acentuaba.

Conocía al hombre desde que tenía uso de razón, y algo me decía que estaba dispuesto a sacar al pelirrojo de la casa.

Pensarlo, me hizo temer—. Esto no se volverá a repetir.

Me aseguraré personalmente de eso. Su tiempo de estudio es muy importante.

Pensar que alguien se atrevió a venir a molestarle, es una...

—Espera, espera —me apresuré, con palabras atropelladas.

Un sonrojo cubrió mi cara. El mayordomo se detuvo.

Me miró sorprendido y en silencio por un momento, esperando a que yo continuara—.

Por favor, no lo saques de la casa —tragué saliva y bajé la mirada—.

No quiero que le eches porque vino a hablar conmigo.

No ha hecho nada malo, él simplemente no lo sabía.

Mis padres tampoco tienen que saberlo, solo... solo déjalo pasar.

Iba a decir algo más, pero Bernardo aún incrédulo, me detuvo.

—Su excelencia —al parecer se debatía entre contradecirme o regañarme a mí también—.

Siempre es tan bueno, pero sabe muy bien que hay reglas que se deben acatar.

Usted tiene un título que llevar con orgullo y ese niño solo es…

—al final dejó caer sus hombros—. Está bien, está bien.

Cómo desee su excelencia, pero eso no evitará que él joven sea castigado por lo que hizo.

Necesita aprender lo que es correcto y lo que no.

Ahora debe seguir con sus estudios sin interrupciones, sabe muy bien que sus padres esperan muchas cosas de usted. Me retiraré, su excelencia.

Tras una inclinación, Bernardo me dejó solo de nuevo.

Pero no pude estudiar, o intentar distraerme.

Mi mente estaba repleta de las palabras del pelirrojo y de su sonrisa.

Él fue tan cálido conmigo, que una sensación de cosquilleo se quedó impregnada en mí.

Tomé una hoja suelta de pergamino y escribí su nombre en letras largas y elegantes, cuando lo volviese a ver, probablemente podría mostrárselo.

Blai

Tres días pasaron. Tres días en dónde no tuve señal del niño de cabellos rojos y esa sonrisa que me daba calor.

Mis padres regresaron de su viaje con regalos para mí y aun así, nada provocó emoción más allá del agradecimiento puro.

Estaba acostumbrado a pasar días sin verlos, o a estar solo.

Sin embargo, ahora me sentía ansioso. Me la pasaba asomándome por las ventanas a ver si conseguía al joven delgado por alguna parte, pero nada, ni un vistazo.

Empecé a pensar que Bernardo de verdad, lo había sacado de la casa y eso me hizo sentir cabizbajo.

Tampoco tenía muchas ganas de hablar con Ferrán, cuando me preguntaba si quería algo en específico para comer, o si quería que hiciera algo por mí.

Incluso mis padres me ofrecieron salir con ellos un rato a pasear, pero rechacé la idea con amabilidad.

Volví a mi cuarto y caminé hasta el escritorio, en donde dejé la hoja que deseaba enseñarle al joven sirviente. Me senté, tras un suspiro, justo cuando algo llamó mi atención. Había una hermosa flor en mi ventana. Abrí los ojos con sorpresa y me apresuré a tomarla.

Conseguí identificarla de un libro de botánica, que a veces estudiaba.

Era una hermosa Gazania amarilla, con tonos anaranjados en el interior de los pétalos.

Una gran sonrisa se extendió por mi rostro, y volví a sentir aquel cosquilleo.

Era preciosa. Tenía que ser él. Quería verlo, verlo y saber cómo estaba, o si de verdad le habían hecho daño. De inmediato, me asomé por la ventana.

¿En dónde estaba?