Blai
Verlo sonreír hizo que mi corazón estallara en felicidad. Su tono de voz era claro y dulce. Me recordaba a una brisa de verano, era la primera persona que no me hablaba con desdén o con molestia, y eso me conmovía hasta el alma.
Los adultos decían que preguntaba cosas estúpidas y que debía abstenerme, pero Llorenç fue muy amable en explicarme que era un cuaderno, aunque seguía sin entender por qué se escribía y para qué servía eso.
La palabra poema era nueva y me pareció curiosa.
Tal vez estaba algo embobado, pero él en serio era demasiado lindo, más que esos ángeles pintados en la iglesia.
—Qué curioso, tu nombre es tan bonito como tú, pero sigo sin entender —dije un poco más tímido—. ¿Qué es escribir? ¿Los poemas son algo que se come? Suenan a comida –extendí la mano para tocar el cuaderno y me pareció interesante su textura —¿Por qué no mejor jugamos? ¿Quieres jugar conmigo?
Iba a tomarlo de la mano cuando me fijé en lo limpio que iba. Yo estaba todo lleno de tierra, así que bajé la mano. Muchas veces me regañaban por ensuciar, no quería que él me regañara. Lo miré emocionado.
—Creo que los sirvientes tienen niños, solo que normalmente están en las casas del pueblo, pero no juegan conmigo —exclamé—. Nunca te había visto a ti, eres nuevo también…
Un grito hizo que me separará rápidamente de la ventana, y observé cómo el señor Rubén corrió hacia mí. Mi primer instinto fue alejarme, pero me tomó del brazo. El jalón me dejó mareado y antes de darme cuenta, me hizo arrodillar.
—Mil disculpas, su excelencia. Es nuevo, apenas llegó hoy.
Esto no volverá a pasar, disculpe que se haya atrevido a hablarle —sentí mi cara caliente por la vergüenza, aunque no sabía si era porque me arrojaran al suelo frente al joven señorito, o porque fuese el amo de la casa y le hablé como a cualquier persona.
—Yo…
—Tú no hables, ya bastante daño has causado hoy —el tono de Rubén era hosco y me quedé con la cabeza gacha. Rayos, algo me decía que me regañarían en mi primer día.
—¿Qué está pasando aquí? —Dijo un hombre alto y con bigote—. ¿Por qué molestan a su excelencia cuando está estudiando? Largo, como osan hablarle.
—Mis disculpas, Bernando. El nuevo se me escapó, pero en seguida tomaré acciones —exclamó Rubén y luego tiró de mí, lejos de allí.
El regaño, el trabajo extra, y cada gota de energía que se drenó de mi cuerpo, valió esa hermosa sonrisa. Seguía sin entender muy bien qué había hecho mal.
Si realmente le ofendí, me disculparía, pero no me arrepentía de hablarle. Él era demasiado hermoso, tanto que recibí mi castigo feliz. Sentía mariposas en mi estómago, por alguna razón, al recordar el momento.