Llorenç
El sol brillaba a las afueras de la casa. Era mucho más hermoso que las pinturas que colgaban por toda la casa. Solté un suspiro mientras seguí mi caminó a la biblioteca de la mansión.
Algunos sirvientes caminaban por la casa y al ver que me dirigía al pasillo principal, me evitaban de forma poco disimulada. Todo se sentía tan frío, sin importar el buen clima que hacía afuera. Parecía tan solo, a pesar de todas las personas que se encargaban de la casa.
—Su excelencia —una voz a unos pasos de mí, me hizo detenerme—. He venido a escoltarlo con su maestro. Disculpe que se haya visto en la tarea de venir por su cuenta.
El castaño que se encontraba delante, no me miraba. Su cabeza estaba baja e inclinada en señal de respeto, como siempre.
—No debes preocuparte por eso, solo salí antes de la habitación. Quise adelantarme un poco, no me molesta ir por mi cuenta al encuentro con el maestro.
—Entiendo su excelencia, intentaré estar un poco antes al pendiente de lo que usted necesite —negué con suavidad y él se mantuvo sin levantar la mirada—.
Casi lo olvido. Mi padre me ha pedido que le informe a su excelencia, que los amos han salido a la capital por unos días, y que desean que usted disfrute de sus clases con entusiasmo.
En ese momento me contuve de soltar otro suspiró. La verdad no era algo que debería sorprenderme, pero eso no evito que mis hombros se hundieran un poco. No obstante, me mantuve firme y con una expresión serena en el semblante.
—Gracias, te agradezco mucho por el mensaje Ferrán. Ahora debo ir a clases, no hay que hacer esperar al maestro —comenté con tranquilidad, a lo que el castaño asintió con entusiasmo y me acompañó hasta la biblioteca.
Las horas pasaron hasta que llegó el mediodía.
Un primer maestro vino a instruirme sobre matemáticas, luego otro me habló sobre arte, y por último, uno me hizo practicar las últimas conjugaciones del latín, que me había enseñado.
Mañana tocarían otros temas y materias diferentes, pero por ahora, eso era todo.
Al verme libre de clases volví a caminar un poco por la casa. Iba a paso lento, explorando la soledad. Ni siquiera podía recordar la última vez que había jugado con alguien, o corrido por los pasillos del lugar. Tampoco recordaba cuándo fue la última vez que me había llenado de tierra.
Luego del nada entretenido paseo, regresé a mi habitación. Ferrán era el único chico que conocía y era el hijo del mayordomo principal de la casa. Era un año menor que yo, pero su trabajo no consistía en jugar o hablar conmigo, tenía que encargarse de que nada me faltase o molestará.
Me senté en el escritorio frente a una gran ventana, que dejaba ver parte del jardín. El sol entraba como un reflejo cálido y eso era agradable. Tomé una pluma, junto a un frasco de tinta que estaba por la mitad, y un cuaderno sencillo de pergamino en donde escribía para distraerme.
Inevitablemente me pregunté qué debía hacer un joven de quince años. ¿De verdad todos los de mi edad se la pasaban en casa, entre libros y deberes, en soledad? Si era así, era muy aburrido. No podía esperar a crecer para viajar y estudiar en otra parte que no fuese mí casa.
Comencé a escribir un poema en latín que había leído durante alguna lección. Era muy lindo y hablaba sobre flores, calidez y naturaleza. Pensar en eso y ver cómo podía plasmar las palabras que conocía, se sentía agradable.
De repente, se cubrió el reflejo del sol que entraba por la ventana.
Al alzar la mirada para ver qué pasaba, me topé con algo inesperado.
Frente a mí, un niño con una gran sonrisa entre sus labios, me saludó.
Comenzó a soltar un montón de preguntas.
No podía dejar de detallar su rostro. Su piel era blanquecina, su contextura era la de alguien muy delgado y tenía la cara cubierta de pecas.
Sus ojos marrones resaltaban, junto con su sonrisa y el cabello alborotado, y rojizo.
Un escalofrío invadió mi cuerpo y comencé a sentir calor, mucho calor.
Él estaba cubierto de tierra y sudor, pero lucía tan alegre, curioso y cálido, que trague saliva. Sentí mi rostro acalorarse y arder.
¿Qué era esto?
Pestañeé un par de veces y luego traté de recordar todo lo que me había preguntado. Al parecer se llamaba Blai. Además, ¿Me había dicho lindo? ¿Yo era lindo? ¿No sabía para qué servía un cuaderno?
—Hola —me aclaré un poco la garganta, todavía estupefacto—.
Es un placer, Blai —ladeé un poco la cabeza y no pude evitar detallar, aún más, su sonrisa—.
Yo soy Llorenç, y la verdad no sé cómo responder a tu pregunta de porque soy lindo —no pude evitar sonreír un poco—, pero me alegra escucharlo.
También es la primera vez que veo a otro muchacho aquí, aparte de Ferrán. —Vi mi cuaderno y el poema.
—Adivinaste lo que es esto —dejé mi pluma y tomé el cuaderno para mostrárselo—. Esto sirve para escribir en él. Lo utilizo para distraerme. Justo ahora escribía un poema que me gusta mucho, sobre flores ¿Lo ves o te gustaría venir aquí para que te lo enseñe mejor? ¿Sabes lo que es un poema?
Por alguna razón sentí un hormigueo en todo mi cuerpo. ¿De dónde había salido? ¿Estaba trabajando aquí? ¿Cuándo llegó? ¿Por qué no lo había visto antes?
Él era tan cálido.