Lio
Sentí la necesidad de estrellar mi cabeza contra la puerta del cubículo, solo por el toque suave en mi mano.
Contuve el aliento. Era un toque ligero, cálido y delicado.
Me vi preso de la caricia sobre mi piel, junto con ese leve apretón.
Quedé estático y mi mano no se movió luego de verse sola en la nada.
Era como quedarse flotando a mitad de un precipicio.
Entonces, vino una voz dulce y baja. Mi cuerpo no podía reaccionar.
Mi mente se dedicó a repetir sus palabras.
Luego de un quinto intento, conseguí separarme un poco del cubículo y observar mi mano.
Era imposible no permanecer absorto. De repente recordé un sueño.
Una sonrisa, y la calidez de un cabello que me dedicaba a acariciar como si fuera un devoto. Trague saliva.
—No tiene nada de malo que alguien se preocupe por ti. No tiene nada de malo que yo lo haga —solté de repente mientras apretaba mi mano izquierda. La misma que había sido tocada por él. Por ese chico al que ni siquiera había conseguido verle el rostro. Esto era demasiado extraño.
—Eso... solo significa qué eres alguien importante —pero qué diablos estoy diciendo.
¿Por qué? ¿Por qué sentía tanta tristeza por solo haber recibido un toque de su parte? ¿Por qué me sentía tan mal?
—Yo… —suspiré—. Puedes conservar el pañuelo. Es un regalo.
Iba a decirle que ya debía irme, pero no pude. Las palabras se negaron a salir de mi boca, justo como si me negara a decirle adiós. Esto comenzaba a ser demasiado frustrante.
—Lo lamento —fue lo único que atiné a decirle, casi como si le pidiera perdón por no poder despedirme. Al final solo me apresuré a salir del baño, antes de que mi corazón se dispusiera a salir de mi pecho, o la frustración me llevará a cometer alguna locura.
Caminé casi como si quisiera correr de ahí, pero una mano en mi hombro me detuvo. Giré con rapidez, en un intento de alejarme del contacto y de proteger mi mano izquierda. Era como si la simple idea de que alguien más pudiera tocarme, después del chico del baño, pareciera insólita.
—Lio, pero qué diablos te pasa. Luces pálido ¿Estás bien? —Fabián estaba ahí frente a mí. Lucía preocupado y llevaba en la mano una bebida para llevar. Trató de adelantarse para tocar mi frente y volví a alejarme.
–Yo... Estoy bien, solo... Solo necesito algo de azúcar. Debe ser por el cansancio. Estaré bien, de verdad —diablos, ni siquiera sabía qué hacer con mi mano izquierda. No quería dejar de mirarla, no quería guardarla en mi bolsillo y tampoco podía evitar lucir ansioso.
—Dios, Lio. Eres como un niño. Ten —Fabián me pasó la bebida de fresa—. Toma un poco, anda. Te sentirás mejor ¿Ahora me harás caso y dejarás que te lleve al hotel? Tienes que descansar. Tus padres me matarán si algo te pasa.
Eso era una mentira, mis padres nunca le harían nada. Ellos sabían muy bien que, si pasaba algo, era solo por mi propia inconsciencia. Así solían llamarles a mis acciones precipitadas. Justo como si fuera una tormenta incontrolable.
—¿Lio? —No quería irme. Sentí la necesidad de gritar que quería quedarme aquí. Solo aquí y no moverme hasta encontrar... ¿Encontrar qué? Todo era tan confuso.
Al final asentí. Nada de esto tenía sentido. Nada.
—Lo haré, iré contigo —termine siguiendo a Fabián hacia el auto que se quedó cerca del establecimiento.
Tal vez, si no hubiera estado tan enajenado, me habría dado cuenta del tinte de angustia que cubría su rostro, tal vez debí preguntarle si algo le preocupaba, pero no lo hice. Ya en el auto solo tomaba mi bebida mientras veía, de vez en cuando, mi mano como si escondiera el secreto de la vida.
…
—Creo que sería mejor regresar a Viena. Podemos ir a ver a tus padres, si eso quieres; pero pienso que no es una buena idea permanecer aquí —esta era la tercera vez, en el día, que escuchaba esas palabras—.
Has estado ansioso, no duermes bien y te quedas con la mirada perdida. Estar en este país no te hace bien.
La noche había caído y me encontraba en la habitación de hotel que Fabián reservó para mí. El rubio caminaba de un lado a otro por la gran habitación estilo pent-house, mientras yo observaba la ciudad de Madrid, sentado en un mueble.
—Fabian, ya tuvimos esta conversación. Acabamos de llegar y si mal no recuerdo, te pedí muchas veces apartar algo de tiempo para hacer un viaje a España.
Tengo cosas importantes que hacer aquí, así que no.
La respuesta no va a cambiar, no importa lo mucho que insistas —ya estaba cansado de la misma conversación.
¿Por qué tenía que insistir en irnos? ¿No le había dicho ya, que deseaba estar aquí? Podía admitir que tenía incluso semanas o menos sintiéndome un poco extraño. Pero todo estaría bien, tenía que estarlo, solo necesitaba descansar.
—¿Qué tanto tienes que hacer? ¿Por qué es tan importante? ¿Por qué no puedes decirme? ¿Por qué, Lio? ¿Por qué insistes? ¿Por qué... Por qué solo no lo dejas estar por una vez? —La voz del rubio se alzó por toda la habitación.
—Fabián —sus palabras me dejaron un tanto sorprendido. No entendía del todo porque estaba tan empeñado con el mismo tema.
—Lo siento, lo siento mucho. Se qué no debí decir eso.
Sé que no te gusta que me meta en tus cosas.
Pero es que… No lo sé. Solo estoy preocupado.
Tienes demasiado tiempo sin tomarte un buen descanso.
La última vez que viste a un doctor, te dijo que estabas sometido a demasiado estrés y eso le hacía mal a tu cuerpo.
El ritmo de vida que llevas es absurdo y por lo que parece, lo último que harás aquí, será descansar.
Masajeé un poco mi entrecejo, y luego lo miré, aunque entendía su preocupación, en este punto, el que más necesitaba un descanso era él. También existía la posibilidad de que odiase España y no me lo quisiese decir.
—Sé lo importante que soy para ti, Fabián.
Eres mi amigo, has estado a mi lado por muchos años, entiendo, pero no es como si alguien o algo vaya a matarme por estar aquí.
—solté otro suspiro—. Ahora, si de verdad no quieres permanecer en España, por algo que no me quieres decir, está bien.
Puedes irte, pero yo no voy a ir a ninguna parte.
Puedo darte vacaciones, si es lo que necesitas.
—No, no por favor —un tono de angustia cubrió su voz—. No quiero vacaciones, no las necesito. No quiero irme si tú no te vas. Yo... Yo solo quiero ayudarte.
—Entonces trata de calmarte, no voy a obligarte a nada Fabián, pero tampoco quiero discutir contigo algo sobre lo que no voy a cambiar de opinión. Ya has hecho mucho por mí. Mañana descansarás.
—¿Qué?
—Ya lo escuchaste. Mañana descansarás, yo descansaré, y eso es todo. No harás nada por mí en todo el día, así que no tienes que preocuparte. Si necesito algo, lo pediré al hotel o iré yo mismo.
—Pero, Lio... tú.
—No quería decirlo de esta forma, pero no me queda otra opción.
Hay cosas en mi vida que debo hacer solo, y no puedo darte respuestas que ni siquiera yo mismo conozco.
Quiero estar solo. No es un buen momento y...
De verdad tengo cosas de las que no quiero hablar.
No puedes esperar a saber todo de mí, eres mi amigo y te agradezco todo lo que has hecho.
Pero en este punto, soy inflexible. No puedes ayudarme, no en este momento.
—¿Por qué? ¿Cómo estás tan seguro de que no puedo ayudarte? ¿Por qué no me dejas intentarlo? Tal vez... Tal vez yo —intentó avanzar hacia mí y me coloqué de pie, para poner un poco de distancia entre los dos.
—¿Por qué tienes que ser siempre tan insistente?
—Solté molestó—. ¿Sabes lo difícil que es decirte esto?
Voy a estar bien, ya lo solucionaré yo mismo.
Así que, antes de que te pida tomar unas vacaciones más largas, déjame solo por esta noche, y por el día de mañana ¿De acuerdo?
Si tengo que decirte algo, si hay algo que considero que debas saber, como mi amigo, te lo diré.
Fabián se levantó. Tomó una gran bocanada de aire, soltó todo, y luego asintió con los hombros caídos.
—De acuerdo —caminó fuera de la habitación, hasta que se detuvo en la puerta. —¿Todavía quieres que organice esa firma de autógrafos?
Me giré a verlo con incredulidad. Era lo que menos me esperaba luego de la extraña tensión que acabamos de vivir. Dejé caer mis hombros y asentí con una media sonrisa.
—Si es posible, me gustaría mucho. Gracias.
—Bien, veré si puedo organizar algo.
—Perfecto.
Me giré de nuevo hacia la gran ventana y solté un suspiro. Inconscientemente había vuelto a levantar mi mano izquierda. Todavía sentía el cosquilleo suave en mi piel, y una ansiedad que parecía crecer en mi interior. Como si quisiera correr a alguna parte, sin saber exactamente a dónde.
Cuando escuché que la puerta de la habitación se cerraba, caminé hasta mis maletas para sacar una libreta con una funda de cuero marrón oscuro, y un broche con una flor de lis. Me senté frente al escritorio de la habitación y la abrí.
Contuve el aliento y luego lo solté con premura.
Repasé las últimas páginas que había escrito y volví a sentirme frustrado.
Desde que tenía alrededor de unos siete años comencé a tener sueños extraños.
Podía ver sensaciones y escuchar susurros en mi mente de relatos increíbles.
Eran confusos y variaban entre la claridad, y destellos tenues.
No tenía forma de explicar qué eran o de dónde venían, pero asaltaban mi mente como un golpe fuerte que no cesaba, hasta que parecía satisfecho de enseñarme algo.
En algún punto, llevé un registro de todos los sueños que podía recordar al despertarme.
Los apreciaba y resguardaba como si se trataran de un regalo que quería conservar para mí, de manera egoísta.
Solté un suspiro tras recordar que, mi primera discusión con Fabián se dio cuando encontré al rubio intentado husmear entre mis bitácoras.
Fue hace mucho tiempo, pero no olvidaba lo mucho que me enojé al descubrirlo con mi cuaderno entre sus manos.
Él se disculpó y prometió nunca volver a hacerlo.
Aun así, una parte de mí no pudo evitar sentirse un tanto aprensivo sobre el asunto.
Llevé una mano a mi cabello, mientras leía un nombre en mi libreta.
Uno que había sido recurrente. Un sueño que a veces parecía repetirse, no todo el tiempo, pero cuando volvía a parecer, entre los destellos de la bruma de mis sueños, siempre era el mismo y siempre se agregaba algo nuevo.
Me asustaba el hecho de que cuando busqué el nombre, a eso de los quince años, encontré que era una persona real.
Pero la cosa no se detenía ahí, después de todo, hace unos meses no dejaba de sentir que tenía que ir a un lugar en específico y buscar algo.
Biblioteca nacional de España, 1712
Seguí leyendo. Mordí mi labio. No entendía porque esa fecha y ese lugar aparecieron en mi último sueño más recurrente.
Tampoco el por qué tenía en mente el nombre de un documento que parecía importante.
Solo había una forma de averiguar de qué se trataba todo esto.
Después de todo, una parte de mis sueños ya era real.
No había otra opción más que ir a investigar.
Me recosté y suspiré. Cerré los ojos y sentí de nuevo como una pequeña sensación de calidez me invadía.
Sin embargo, la ansiedad seguía ahí. Se asemejaba demasiado a la desesperación por encontrar algo importante.
Llevé una mano a mi cabello. No podía entender lo que había pasado con ese chico del Starbucks, y si seguía pensando en eso. Probablemente me daría dolor de cabeza.
Necesitaba ir a esa biblioteca nacional. Tenía que investigar si lo que escribí sobre un documento, era real. Ya lo había decidido, en la mañana iría por mi cuenta a terminar con esto, aunque algo me decía que solo sería el comienzo de algo más grande.