Amantes de Tinta Brais
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Brais

Oí la puerta del baño abrirse, pero no me importó.

Seguí con el rostro enterrado en mis rodillas.

Una suave voz habló y fue como si un montón de mariposas revolotearán en mi estómago.

Una extraña calidez se apoderó de mi corazón, al sentir que verdaderamente estaba preocupado.

Vi cómo extendía el pañuelo por encima de la puerta y una sonrisa se coló en mi rostro.

Me levanté. Acaricié el dorso de esa mano con mucho cuidado y la apreté ligeramente, mientras tomaba el trozo de tela.

—Estoy bien… gracias —me ayudé con el pañuelo para limpiarme un poco la cara.

Tuve un recuerdo, fugaz y rápido, de esa misma calidez.

Una caricia suave, y una voz clara y tierna que cantaba una canción muy vieja.

Podía sentir el olor del heno, el sonido de las cigarras y el frío, a pesar del calor que hacía en la temporada.

Unos ojos grises me miraban con preocupación.

Sentí ganas de llorar y mis ojos se aguaron. En serio no estaba siendo un buen día.

—Por favor… no se preocupe —nunca me gustó ser motivo de preocupación—. Estoy bien.