Amantes de Tinta Lio
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Lio

Tuvimos que esperar un poco dentro de un edificio antes de salir.

—El auto ya está cerca —dijo Fabián mientras colgaba el teléfono—. ¿Qué te gustaría comer?

—Un helado estaría bien —me encogí de hombros y miré por el cristal de la puerta, con ganas de salir a caminar.

—¿Sólo eso? Pensé que querrías otra cosa. No desayunaste nada. Sería bueno que almuerces de una vez.

Me quedé en silencio por un momento. La verdad no tenía ganas de comer algo pesado y por ahora, solo quería salir un rato. Fabián soltó un suspiro al ver que no recibía respuesta.

—Estuviste excelente, por cierto. No imaginé que fueras a hablar de cosas tan… personales.

—Gracias —lo miré—. Solo me sentí a gusto. Son cosas que ya pasaron hace mucho tiempo; no podía responder sin hablar de eso.

—Entiendo... ¿Y pasó algo o pensaste en otra cosa cuando te hicieron esa pregunta? —Fabián tenía la mirada en el piso.

—¿De qué estás hablando?

—Es que... por un momento te quedaste callado y frunciste el ceño, como si algo te hubiera molestado.

Él lo había notado. Sin embargo, no tenía mucho que decir.

—No, no pasó nada. Solo me distraje con las luces. Quería ver quién me hizo la pregunta —Fabián parecía nervioso.

El auto llegó y pudimos irnos de ahí. Revisé mi teléfono y me encontré con dos mensajes de mis padres.

Dejé que una sonrisa se escurriera por mis labios.

Al parecer vieron la conferencia por televisión.

Papá parecía estar orgulloso por la presentación y por mi sinceridad.

Mi madre me halagaba por lo guapo que siempre se veía su hijo en televisión.

Además, estaba apenada por el hecho de que mencioné su historia de amor. Ya los llamaría más tarde.

—¿Tus padres están bien? —Escuché la pregunta del rubio, mientras sentía su mirada sobre mí.

—Justo acabo de ver sus mensajes. Pudieron ver la transmisión. Sabía que a mi padre le gustaría este tipo de cosas —me concentré en el camino.

—Será mejor que lleguemos al hotel. Ahí preguntaré si puedo usar la cocina para prepararte algo —comentó y yo fruncí el ceño, la broma sobre que me podría preparar algo, solo era eso; una broma.

—Para el auto, por favor —me dirigí al chófer. Este me miró por el espejo, y luego le regaló una mirada a Fabián, confundido.

—Lio ¿Qué quieres hacer? —Soltó en rubio.

—Quiero bajar aquí. Te dije que quería un helado, y eso es lo quiero comer ahora —me acerque al asiento delantero—. Por favor, deténgase por aquí.

El chófer al final obedeció y yo le sonreí. Solté un "gracias" y bajé del auto como si nada. Atrás de mí, podía escuchar la voz de Fabián gritar mi nombre e incluso, a lo último, un "señor".

No entendía qué era lo difícil de ir por un helado.

Solo quería eso o algo parecido, y vi un Starbucks mientras andábamos.

Caminé directamente al local y entré como si nada.

El lugar era perfecto. Estaba lleno de luz y sin muchos clientes.

Comencé a caminar, dejando que la puerta detrás de mí se cerrase por su cuenta, cuando un gran estruendo llenó todo el lugar.

Me apresuré al mostrador, que era el punto de origen del ruido.

Mis ojos se abrieron de sorpresa al ver a alguien en el piso, con uniforme del lugar.

Cuando levantó un poco la cara, un extraño destello pasó por sus ojos.

Sin embargo, no alcance a verlo bien porque bajó la mirada en un segundo.

Luego caí en cuenta que había otro chico a su lado, preguntándole si se había lastimado.

El muchacho en el suelo ni siquiera consiguió responder. Se levantó y corrió lejos de ahí. Por mi parte me quedé de pie, desconcertado. Lo último que pude ver fue como entró al baño del establecimiento y mis pies comenzaron a moverse por su cuenta, pero algo me detuvo.

—Lio ¿por qué siempre haces este tipo de cosas? —La voz de Fabián se escuchó detrás de mí y parecía agitado.

Me quedé frío en mi lugar.

—Lio, Lio ¿qué te pasa? ¿Estás bien? —El rubio terminó de colocarse a mi lado.

Por alguna razón, di un paso lejos de él. Luego miré al chico que quedaba en el mostrador, y que parecía hablar por teléfono.

—¿Lio?

—Sí... Sí. Estoy bien. No pasa nada —tragué saliva—. Necesito ir un momento al baño ¿Puedes pedir por mí un frappuccino de fresa? No tardaré. —Me llevé una mano al cuello, nervioso—. Deberías pedir algo para ti también.

Fabián quedó confundido y yo caminé al baño. Sostuve el pomo de la puerta y miré a todas partes, como si quisiera asegurarme que nadie venía detrás.

¿Por qué estaba actuando así? ¿Por qué me sentía nervioso y ansioso?

Traté de calmar mi respiración y luego entré, cerrando la puerta detrás de mí.

El lugar estaba en silencio y de cuatro cubículos, había uno que parecía cerrado.

Mordí mi labio y saqué un pañuelo que llevaba en el bolsillo.

Me dirigí al lavamanos y abrí una de las llaves.

En silencio, comencé a mojar el pañuelo, luego cerré la llave y escurrí el exceso de agua.

—Se qué tal vez no debería preguntar, pero ¿estás bien?

—Caminé hacia el cubículo cerrado—. Tampoco tienes que responderme.

Te vi correr hacia aquí y me preocupé. Solo quería asegurarme de que estuvieras bien y aunque no sea mucho, tal vez esto te ayude un poco, para limpiarte —llegué a la puerta del cubículo y levanté mi brazo por encima de la puerta, para tenderle el pañuelo mojado.

—Prometo que te dejaré tranquilo para que puedas limpiarte, pero de verdad me gustaría saber si estás bien.