Amantes de Tinta Brais
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Brais

Oír hablar a ese hombre desestabilizó mi corazón.

Todo mi cuerpo tembló ante lo grave e hipnóticas que podían llegar a ser sus palabras.

Cuando al fin fue momento de irnos, prácticamente corrí fuera del auditorio.

No fue hasta que llegué a la fuente frente a la biblioteca, que Bruno me dio alcance.

Tenía que decidir si quería golpearlo o besarlo por llevarme a la conferencia.

Estuve huraño el resto de nuestro tiempo juntos, y no fue hasta que me prometió invitarme a beber después del trabajo, que acepté perdonarlo. Ambos estábamos llegando al Starbucks, cuando me fijé que Javier al fin había vuelto de su permiso.

—Bueno, te veré en un rato, cuando termines —dijo Bruno en la puerta y yo fruncí el ceño.

—¿No dijiste que querías un café? —Él evitó mi mirada.

—Puedo tomarlo después. Recordé que debo hacer unas cosas.

La ida de Bruno fue tan rápida, que más bien parecía que tuviera que ir al baño.

Al entrar, noté que Javier me observó con una sonrisa curiosa.

Él era lo que uno consideraba un jefe atractivo.

Su rostro era agradable, y sus facciones marcadas y masculinas.

No negaría que una de las razones por las que me gustaba hacer de barista, en este lugar, era por él.

Un gerente amigable, independientemente del aura de miedo que parecía infundir a Bruno y a mis compañeros de trabajo; en verdad lo encontraba interesante.

—Pensé que estarías de reposo un poco más —exclamé, pasando directo al vestidor para cambiarme.

—Sí, pero ya no podía aguantarlo más —Javier se apoyó en la puerta—. Pensé que tu amigo entraría, no me digas que se acobardó.

Me encogí de hombros y terminé de cambiarme. La tienda estaba bastante vacía, así que no era necesario que todos los empleados estuviéramos en el mostrador, por lo que me ofrecí a hacer el inventario correspondiente.

Una compañera me pidió cambiar de lugar con ella un rato. Solo llevaba la mitad de inventario, pero lo pospuse. Salí a preparar bebidas y sentía que no estaba siendo mi día. Tuve que repetir varias veces algunas, dado que las preparé mal.

—¿Oye, estás bien? —Preguntó Javier luego de calmar a una señora—. Si no te estás sintiendo bien, puedes tomarte el día.

—Estoy bien —exclamé molesto conmigo mismo.

La verdad no lo estaba. Nuevamente arruine un mocca Latte que estaba preparando.

No hablaba de esto por lo doloroso del tema.

Toda mi vida he sentido que debía buscar a alguien, que debía encontrarlo, y no era una persona cualquiera.

No había manera sencilla de decirlo, pero desde que tengo uso de razón, he tenido recuerdos en mi mente relacionados a mi vida pasada.

Claramente no podía ir diciéndole eso a todo el mundo, pero recordaba que en mi vida anterior fui un chico llamado Blai García y a los quince años leí la historia de un autor que me dio una pista.

Sus historias y su manera de narrar eran como escuchar el murmullo de esas palabras, dichas al viento y al sol, que una vez escuché en mi otra vida.

—Disculpe la tardanza —entregue el mocca latte.

—En serio, si necesitas un minuto…

Dejé de escuchar la voz de Javier en cuanto alcé el rostro y vi a Lio Zhan entrando por la puerta.

Mi primera reacción fue paralizarme. Mi mundo empezó a dar vueltas y tal vez eran los nervios o la emoción, pero en determinado momento, mis manos temblaron y se me cayó una taza de leche al suelo.

Gracias a Dios, el líquido no estaba muy caliente.

Entre disculpas, busque un trapo con el que limpiar el desastre.

—No, solo déjalo así —Javier no pudo terminar su frase. De algún modo resbale y me lleve conmigo tres litros de mocca blanco encima.

El estruendo fue suficiente para que varios clientes se asustarán.

No paré de pedir disculpas. Sentí mi cara arder de vergüenza.

Javier me ordenó salir y me sentí demasiado humillado para discutirle algo.

No podía mirarlo, solo rogaba que Lio Zhan no me reconociera, que no me viera.

Sin embargo, al alzar la mirada, me encontré con sus ojos y no tuve el valor para levantarme.

—¿Oye, te lastimaste? —Me preguntó Javier—. ¿Necesitas que llame a una ambulancia?

—N… no… e… —Tapé mi boca frustrado, al ver que no podía hablar con normalidad.

Me levanté lo más rápido que pude y sin atreverme a mirar, corrí. Sentía que lloraría de vergüenza en cualquier momento, así que me encerré en el baño por un buen rato.

¿Cómo este maldito hombre podía mover mi mundo solo con su presencia? ¿Por qué tenía la habilidad de hacerme perder el aliento?

—¿Cómo rayos puede ser más hermoso de cerca? —Nada más enterré la cara en mis rodillas.