Lio
Todo se sentía pesado. Mi vista era borrosa, no obstante, solo podía divisar una cosa. Un intenso cabello rojo resaltaba, mientras estaba recostado en un lugar que no podía identificar. Además, saltaba en evidencia una suave sonrisa que se escurría, en un rostro que permanecía oculto.
Tarde en darme cuenta de que mi mano acariciaba esa cabellera suave y ondulada.
Sentí como crecía un extraño anhelo en mi interior, sin embargo, no podía moverme.
No podía hacer nada. Estaba ahí, acariciándolo con tranquilidad, mientras recibía esa sonrisa entre la incertidumbre.
Mi ceño se frunció al ver cómo esos suaves labios, se movían en un intento de generar alguna palabra, pero a mis oídos no llegó ninguna pronunciación. Todo se volvía cada vez más borroso.
—¿Señor? —Una voz familiar, llamando con preocupación, me hizo volver.
Había estado soñando, eso era todo. Solté un suspiro y llevé una mano entre mis cejas sin abrir los ojos ¿Por qué de nuevo esa cabellera rojiza?
Fruncí el ceño sintiendo el vaivén del vehículo en donde iba.
Me había quedado dormido en el asiento trasero del auto.
Dejé que mi mente se adaptara de nuevo a la realidad.
—Señor ¿Está despierto? Parece que no ha dormido bien últimamente —de nuevo esa voz y un escalofrío, molesto, se hizo presente en mi cuerpo.
—Fabián, ya te he dicho que no me llames así.
Masajeé un poco mi frente y luego abrí los ojos. El sol estaba en su punto más alto y el auto recorría tranquilamente las calles de Madrid.
—Lo sé, lo sé. Pero estamos en horas de trabajo, señor. Sabe que prefiero decirle de esa forma, por lo menos por ahora. De todos modos, debió hacerme caso.
Le dirigí una mirada fulminante al chico rubio que estaba sentado a mi lado, él pareció retroceder un poco contra su asiento.
—¿A qué te refieres? —Pregunté.
—Señor, apenas terminó de grabar el último episodio de Battles For Dancing II, e inmediatamente tomamos un avión desde China, para venir hasta acá.
Ni siquiera ha podido descansar correctamente.
No lo vi dormir casi nada en el viaje. Este evento no encajaba en su agenda y a pesar de eso, insistió en venir aquí.
Me parece absurdo, hay muchas otras oportunidades de este tipo a las que puede ir con tiempo, y calma, si es lo que desea. Pero usted...
—Fabián, ya basta —le interrumpí—. No me interesan tanto los otros eventos.
Quería venir a este y no me hagas hablar de la molestia que sentí, al enterarme que les habías dicho que no podría asistir.
Te dije que tenía ganas de viajar a España.
Si tanto quieres que descanse un poco, lo haré aquí.
Despeja mi agenda por un mes. Además, estoy muy seguro que a mi padre le encantará la idea cuando se enteré que estuve aquí.
Regresé la mirada hacia el frente. Seguro ya quedaba poco para llegar al lugar.
—Sí... Sí, seguro que sí, pero ¿Por un mes? ¿De verdad? No pensé que deseara pasar tanto tiempo aquí, señor —por alguna razón, el rubio parecía nervioso. Era como si no le gustara estar en España.
Recuerdo que la última vez que estuvimos aquí, juntos, fue hace alrededor de tres años. Él acaba de comenzar a trabajar con mi manager y yo recibí una oferta para una serie, que no pude rechazar. No estaba seguro de si pasó algo que le generase incomodidad. En tal caso, me lo habría dicho.
—Si le preguntas a mi madre, ella te diría que, en mi caso, un mes es muy poco tiempo para descansar. Así que sí, estará bien por ahora. Hablo enserio. Además, hay un asunto un poco más personal del que me gustaría encargarme.
—Está bien... No le insistiré más. Sin embargo, recuerde que mi deber es velar por su seguridad y bienestar —soltó por lo bajo, a lo que solo sonreí. Me sentía animado de estar aquí.
—Es tu deber, porque así has insistido siempre.
Bien puedes quedarte como un amigo que habla con otro amigo, Fabián.
De verdad, nunca entenderé por qué tanta formalidad.
Sabes que no me gusta. Prefiero que me llames Lio y solo Lio.
Es incluso más incómodo escucharte llamarme "Señor".
Se siente extraño —esas últimas palabras salieron de mis labios casi sin darme cuenta, pero no podía evitarlo.
Me quedé un poco enajenado en el silencio del auto, antes de que el chófer anunciara que habíamos llegado a nuestro destino.
Levanté la mirada mientras alguien abría la puerta del auto; los flashes de las cámaras no se hicieron esperar.
Una horda de personas aguardaba mi llegada y por suerte, la sensación de avalancha que se abalanzaba sobre mí, ya era costumbre.
Salí del vehículo con una sonrisa suave en el rostro mientras saludaba, y esperaba a que me hicieran espacio para poder adentrarme en el lugar. La Universidad Autónoma de Madrid. Sonreí al ver el gran edificio donde se presentaría la conferencia.
—Es un placer poder contar con su presencia, señor...
—Lio, solo Lio está bien —dije antes de que el hombre con traje, que había aparecido delante de mí, terminará la oración.
Me apresuré a sostener la mano que me ofrecía en saludo, y sonreí —El placer es mío.
Estoy enormemente agradecido por la invitación.
Saber que puedo formar parte de este tipo de encuentros, es realmente gratificante. No podía perdérmelo.
El hombre sostuvo por un momento mi mano mientras permanecía sorprendido. Luego solo correspondió a mi sonrisa.
—Vaya, debo admitir que escuché de su manejo del español, pero no puedo evitar verme sorprendido por su fluidez.
Casi dudaría más del hecho de que hace unas horas, usted se encontraba en Asia —los flashes continuaban a nuestro alrededor, ansiosos por ver quién conseguía una imagen digna de primera plana—.
Créame cuando le digo, que siempre será bienvenido a participar en lo que desee.
Cuando escuchamos que vendría, luego de que nos dijeran que su agenda estaba repleta, todavía no podíamos creerlo. Es un sueño para muchos.
—Pues entonces no los hagamos esperar.
Tras ese encuentro, con quién en realidad era el rector de la universidad, me vi envuelto en un pequeño recorrido por el edificio, y luego pasamos al lugar de la conferencia.
Un gran salón amplio con grandes columnas, el cual ya estaba repleto.
Vi a los otros dos invitados, me presenté y tomé asiento.
Al parecer sería el último en pasar. Estaba emocionado.
El evento empezó y vi a Fabián sentado entre la primera fila.
Él, a pesar de ser mi manager, también era mi amigo.
Uno que me conocía desde los once años y quién más había tenido que lidiar con mis momentos de mal humor.
Quizás sería buena idea convencerlo de tomar unas vacaciones a pesar de saber, de primera mano, que él lo consideraría como una idea absurda.
Solté un suspiro. Tomé mi teléfono y escribí un pequeño mensaje a mis padres.
Lio:
Adivinen quién está a punto de presentarse en una conferencia de integración cultural, en la universidad autónoma de Madrid.
Guarde mi teléfono, tras colocarlo en silencio. Tomé una gran bocanada de aire y comencé a notarme nervioso. Era curioso cómo podía sentirme tan ansioso en este momento, cuando me he estado presentando en escenarios desde los dieciocho años. Venga, a mis veintidós ya debería ser algo de rutina.
Cuando llegó mi turno, casi doy un salto al escuchar mi nombre.
—A continuación, y como último invitado para cerrar este evento, en donde nos hemos tomado la tarea de compartir experiencias, sobre cómo las culturas pueden converger entre sí, apreciando cada detalle de sí mismas.
Nos complace darle la bienvenida a la conocida celebridad, Lio Zhan Fitz–James Stuart Wang.
Quién realmente no necesita mucha presentación.
El duque en persona puede comentarnos un poco sobre su ritmo de vida.
Tras ese comentario, se esparcieron una gran cantidad de risas por el salón, al igual que aplausos y más disparos de flashes.
Avance hasta el estrado, tratando de tragar la incomodidad por escuchar mi nombre completo.
Me incliné un poco en agradecimiento y sonreí…
Llevaba un pantalón un poco ajustado al cuerpo de color negro, zapatos de vestir del mismo color.
Un saco que combinaba, junto a una camisa blanca impecable, de tela suave y botones, con un gran cuello en V, que dejaba en evidencia gran parte de mi clavícula, y un poco más abajo.
Además, aunque fuera algo sutil, llevaba un broche con una flor de Lis, colgado en mi saco abierto.
Aclaré un poco mi garganta y me acerqué al micrófono.
—No sé si algunos saben este pequeño detalle, pero la verdad es que esta es la primera vez que hago algo como esto —el sonido de las risas volvió a esparcirse por la sala, mientras llevaba una mano a mi cabello—.
Espero que hayan descansado bien. Les confesaré que lo último que hice, fue tomar un vuelo desde Shanghái hace un par de horas, para poder llegar aquí en la mañana.
Se podrán imaginar que ni siquiera yo, entiendo como sigo de pie en este momento —está vez fue mi turno de reír, mi voz recibió el acompañamiento de la multitud—.
La verdad es que esta oportunidad me pareció tan emocionante, que no pude dejar pasar el momento.
Mordí un poco mi labio y me apoyé sobre el podio.
—Nací en una ciudad cuyo centro histórico fue declarado patrimonio de la humanidad, gracias a los dos milenios de cultura e intercambió que guardan sus calles.
Puedo decir que, gracias a mis padres, crecí entendiendo que puedo ser parte de cualquier forma cultural, que pueda absorber y apreciar.
Recuerdo que, en casa, a una muy corta edad, tenía tres formas de pedir una manzana, pero si se la pedía a mi padre, en mandarín, lo único que pasaba por su cabeza, era que estaba llamando a mi madre —volví a reír entre los recuerdos.
—La primera vez que visité España, fue cuando tenía siete años.
En esa fecha, mis padres acordaron que ya tenía suficiente edad para conocer un poco más de sus dos mundos.
Para un niño, era como si estuviera explorando y desentrañando misterios que no podría imaginar.
Debo decir que las festividades eran interesantes.
Podía celebrar el año nuevo dos veces ¿A qué niño no le gusta eso?
—Tomé el micrófono para comenzar a caminar un poco por el auditorio.
—Por supuesto, a pesar de que había asumido muy bien las costumbres de mis padres por separado, me fue un poco más complicado adaptarme o interactuar con otros niños de mi edad, cuando vivía en Viena.
Recuerdo que uno de los profesores que iba a casa, para enseñarme matemáticas, siempre quería hablarme en alemán y yo le respondía en español, que no entendía nada.
Cuando se frustraba mucho porque no podía lidiar conmigo, le decía: No es mi culpa; en mandarín.
Me encogí de hombros con una sonrisa traviesa.
—Por supuesto, luego me tope con la cultura inglesa.
Estudié en un internado, y solo veía a mis padres cuando tenían conciertos, o daban clases en la orquesta de Londres.
Más tarde, pude viajar por mi cuenta a Corea del Sur, pero estoy seguro que esa es una historia que ya muchos conocen.
En resumen, me hice con una visión de mundo bastante particular y personal.
Para mí, es vivir en una enorme biblioteca, dónde puedes leer o ilustrarte con muchas formas de coexistir.
Algunas te pueden gustar, otras te pueden llamar la atención.
Puedes tener tus favoritas y siempre estarán las que te resulten difíciles.
Depende de ti comprender y apreciar cada método de residir o de intercambio colectivo.
Después de todo, el humano es un ser social.
Su desarrollo siempre depende del cómo se desenvuelva en su entorno; ya sea para rechazarlo o para ser parte de él.
En mi opinión, completamente individual, de nada sirve enemistarse con otras formas de ver el mundo.
Todos tenemos el derecho de creer en algo con lo que nos identificamos.
Eso nos hace únicos dentro de un conjunto, y no hay nada más hermoso que abrazar la individualidad, dentro de un grupo de personas que puede entenderte y al mismo tiempo, diferenciarse.
Si no fuese así, vivir sería realmente aburrido ¿Alguno tiene preguntas?
Después de mi discurso, demasiado improvisado para mi gusto, toda la sala se llenó de manos levantadas, esperando que se les otorgará un turno para ejercer la palabra. Una sonrisa apareció en mi rostro, mientras me enderezaba y veía a quien seleccionaban para hacer preguntas al azar.
¿Por qué no había hecho esto antes?