Capítulo 13 #2
El olor debió de llegarle por fin, porque empezó a olfatear el aire. Se volvió hacia él, gritó asustada y dio un salto hacia atrás.
—¡Maldita sea, Lucas! ¡Casi me matas del susto!
Molesta, se puso las manos en las caderas y resopló.
—¿Cómo lo haces siempre?
Hizo una pausa y volvió a olfatear.
—¿Y qué demonios es ese olor?
Él sonrió con picardía y empezó a perseguirla lentamente alrededor del escritorio, con fingida ofensa en la voz.
—¿Qué? ¿Estás diciendo que apesto?
Ella asintió y rodeó la habitación mientras él la seguía, con mirada cautelosa. Lucas sabía que tenía un aspecto descuidado y desaliñado, y que no se había duchado en días. Pero no había dejado de pensar en ella y necesitaba tocarla.
—Ven aquí, cariño. Necesito un beso.
Extendió la mano hacia ella, pero Leah chilló, se escabulló de su agarre y salió corriendo por la habitación.
—¿Puedo besarte después de que te duches?
Él asintió y la persiguió por la habitación, intentando atraparla sin éxito; era sorprendentemente ágil.
—Claro, puedes besarme después de una ducha, puedes besarme antes de una ducha, puedes besarme durante una ducha…
Ella gritó cuando él se lanzó de nuevo, le pasó un brazo por la cintura y la atrajo hacia sí.
—Oh, Dios, Lucas, yo también voy a necesitar una ducha después de esto.
Se volvió en sus brazos, con las manos apoyadas en su pecho, y alzó la vista hacia su rostro sonriente.
—Dios, ¿te pasaste todo el viaje abrazando a los peces?
—Esa es una gran idea.
Sus manos recorrieron su trasero y la atrajeron contra su cuerpo acalorado.
—Duchémonos juntos —dijo con una sonrisa lasciva.
Leah soltó una risita y le empujó el pecho.
—Para… estoy trabajando —dijo entre risas.
Lucas suspiró y puso cara de afligido ante sus protestas, pero no la soltó.
—Está bien… tú ganas.
Se inclinó para darle otro beso ardiente.
—Pero me debes una ducha más tarde —añadió.
Imaginárselos juntos en la ducha le hizo dar vueltas la cabeza, y se prometió a sí mismo que lo haría realidad.
Leah sonrió, con el rostro enternecido. —Parece que me has echado de menos.
Él resopló y la estrechó con más fuerza. —Se podría decir que sí.
Volvió a rozarle los labios con los suyos y la soltó a regañadientes.
—¿Qué tal el viaje?
Él sonrió al ver que intentaba cambiar de tema. —Apestoso.
—Ya lo noto —dijo ella con sorna—. Sé de sobra que tienes varias duchas en la cabaña. ¿Estaban rotas?
Lucas hizo una mueca. —Pues sí, estaban rotas. Hay un problema con las tuberías y espero que no sea el pozo.
Hizo ademán de atraerla hacia él de nuevo, pero ella lo esquivó. —Tengo a un equipo allí revisándolo. Para la hora de cenar ya debería saber algo.
Ella se rio de sus intentos, con los ojos brillantes de picardía. —Me alegro de que decidiera estropearse ahora y no cuando yo estaba allí arriba.
Él resopló. —Me pregunto si la tormenta habrá causado algún daño. Aunque también podría ser cosa de los animales.
Se encogió de hombros. —Pronto lo sabré. Por suerte, al grupo que llevé no le importó quedarse sin duchas, y teníamos agua de sobra almacenada para beber y cocinar. Eso sí, me dejaron la bodega temblando —añadió frunciendo el ceño.
—Ya te recuperarás —dijo ella con una risita—. Por el olor que traes, supongo que la pesca fue buena.
—Ya lo creo, las truchas picaban que daba gusto.
Sonrió triunfante. —He traído un montón para el baile del granero.
—¡Oh, eso es genial! —A Leah se le iluminó la cara de emoción—. Tu madre y yo estábamos hablando precisamente de montar un puesto de fritura de pescado.
Se inclinó y le dio un beso ligero. —Tendrías que ver lo que hemos preparado. ¡Va a ser genial!
—Seguro que sí. A todos por aquí les encanta cualquier excusa para montar una fiesta, y hasta mis amigos estarán encantados de echar una mano.
Este año, el gran evento coincidía con el retiro de veteranos, lo que hacía que la semana fuera aún más caótica de lo habitual.
Pero con la ayuda de Leah, su madre había sacado adelante toda la planificación sin problemas e incluso se había planteado hacer el evento más grande que nunca. Parecía que lo estaban consiguiendo, lo que haría que la sorpresa que él le tenía preparada fuera aún más especial.
—Bueno, me voy a asear.
Se inclinó para darle otro beso y se dio la vuelta. Ya en la puerta, miró por encima del hombro. —¿Segura que no quieres acompañarme? —preguntó, arqueando las cejas con picardía.
Leah resopló. —¡Segurísima!
Se abanicó la cara con la mano de forma juguetona. —Ahora, por el amor de Dios, ve a ducharte... me están llorando los ojos.
Lucas dio media vuelta y fue a por ella, riéndose mientras ella volvía a chillar y se escabullía detrás del escritorio. Él esbozó una sonrisa de suficiencia y le lanzó un beso. —Hasta luego, cariño —dijo al salir del despacho.
* * *
Lucas observaba a Leah disimuladamente desde el otro lado de la hoguera. Ella estaba ayudando a un niño pequeño a ensartar malvaviscos en un pincho. Los dos tenían el rostro contraído por la concentración mientras ella colocaba cada uno con cuidado.
No había podido quitarle los ojos de encima en toda la noche y esperaba con paciencia —bueno, con impaciencia— el momento de poder escabullirse con ella a la cabaña.
La ducha de antes había sido rápida y eficaz, pero no podía dejar de imaginarla allí con él. Sus pensamientos habían sido tan ardientes que había tenido que aliviarse antes de salir. Ir por el rancho con una erección permanente no era una opción.
Lucas dejó vagar la mente hacia el plan que su madre y él llevaban semanas tramando, algo que esperaba que a Leah le encantara. Si todo salía según lo previsto, Rachel y Hannah llegarían al rancho en unos días, justo antes del grupo de veteranos, y se quedarían casi dos semanas.
Habían ideado el plan para que su amiga y su hija pudieran ayudar a Leah con los eventos y actividades durante la semana más ajetreada del rancho. Una breve charla con Rachel y Hannah confirmó que les encantaría participar. Tras hacerles jurar que guardarían el secreto, el plan se puso en marcha.
Lucas sonrió al imaginarse la cara que pondría Leah cuando aparecieran; la idea de hacerla feliz le llenaba el pecho de calidez.
—¿De qué te ríes?
Lucas levantó la vista de golpe, sorprendido de no haberla oído acercarse. Le pasó el brazo por los hombros y tiró de ella hasta sentarla en su regazo. —Estoy pensando en lo guapa que eres.
Se le desencajó la mandíbula y se le humedecieron los ojos. —Lucas.