Capítulo 13
Blue Valley Ranch
Un mes después…
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mira lo que puedo hacer!
—la voz emocionada resonó por el patio mientras Leah y un pequeño grupo de mujeres salían del edificio de actividades.
Un niño pequeño, ataviado de vaquero de pies a cabeza, corrió torpemente hacia ellas con una cuerda grande en las manos.
Se detuvo a unos metros de Leah y comenzó a hacer girar el lazo, sacando la lengua en un gesto de intensa concentración.
El grupo observó la demostración mientras le gritaban palabras de ánimo. Leah sonrió y sacó el móvil para hacer unas fotos.
¡Perfecto para la página web!
El niño soltó el lazo en el aire y este salió volando más allá del grupo hacia una roca grande, donde aterrizó perfectamente.
—¿Ves? ¿Ves? ¡Puedo lazar como un vaquero de verdad! —gritó mientras daba saltos a su alrededor, emocionado—. El señor Hunter dice que casi estoy listo para ir a una recogida de ganado de verdad.
El grupo lo vitoreó y aplaudió su hazaña mientras el niño recogía la cuerda y echaba a correr hacia el establo para unirse a los otros niños que practicaban con los lazos.
Leah continuó hacia la casa principal, despidiéndose de las mujeres mientras estas caminaban hacia sus cabañas para asearse.
Como había esperado, sus clases de yoga eran un éxito entre las actividades del rancho.
Los maridos podían irse de pesca o de caza sin preocupaciones, y las esposas disfrutaban de un tiempo para sí mismas durante las vacaciones.
Todos estaban contentos, especialmente Leah, que por fin podía dedicarse de lleno a sus pasiones y volcarlas en este trabajo.
Al entrar, Leah se dejó guiar por el olor hasta la cocina, donde Martha andaba atareada preparando la cena. Algo con cerdo, si no se equivocaba. Martha le sonrió por encima del hombro cuando entró.
—¿Buena clase?
Leah sonrió y asintió.
—Sí, este grupo quería la rutina más intensa, así que hoy me he dado una buena paliza.
Se acercó al horno, levantó la tapa de la olla y olió.
—Mmmmm, ¿qué es esto?
—Esta noche hay estofado de cerdo, y de postre tus tartas de cereza y arándanos —añadió Martha con una sonrisa burlona mientras se secaba las manos en un paño de cocina—. No sé cuándo hemos comido mejor.
Leah se ruborizó ante el cumplido y se encogió de hombros.
—Me encanta hornear. Me alegro de que a todos les guste, porque si no tendría que comérmelo todo yo sola y acabaría hecha una foca.
Martha soltó un resoplido.
—No te preocupes por eso, cariño. Lo único que nunca ha faltado aquí es apetito —señaló hacia la ventana con la cabeza—. Cuando vuelva el grupo de pesca esta tarde, veremos si hay suficiente para montar un puesto de pescado frito en el baile del granero.
—Hmmm, los cobblers de manzana o melocotón irían muy bien con el pescado —Leah tomó nota mentalmente para pensar en algunas ideas de postres—. Podría preparar algunos platos, si quieres.
Mientras miraba por la ventana, añadió por encima del hombro:
—¿Has sabido algo de Lucas?
Martha negó con la cabeza.
—No, pero eso no es raro. Llegarán todos apestando como si hubieran estado revolcándose con los peces en vez de pescarlos.
Lucas especialmente, porque a la mayoría de la gente le gusta pescar pero no limpiar el pescado —le sonrió a Leah y la señaló con el dedo—.
No dejes que te abrace hasta que se haya duchado.
Leah se rio al recordar la primera vez que vio a Lucas.
—¿Como aquella primera noche que estuve aquí?
—Ajá... —Martha asintió entre risas, negando con la cabeza al recordarlo—. Madre mía, el chico olía que apestaba esa noche, y estaba completamente agotado. El grupo que llevó era difícil y perezoso. No querían dar ni golpe.
—Supongo que eso no es raro.
Martha gruñó en respuesta, negando con la cabeza.
—No, te sorprenderías. Mucha gente quiere vivirlo todo aquí.
Pero de vez en cuando nos llega algún grupo de ejecutivos de la ciudad.
A esos no les suele gustar ensuciarse las manos tan bien cuidadas que tienen —movió los dedos en el aire y luego sonrió con orgullo—.
Pero Lucas los lleva a todos de maravilla.
Nunca se inmuta ante ninguna petición disparatada.
Leah sonrió. Lucas lo llevaba todo muy bien. Lo había echado de menos esos últimos días, pero Max le había hecho compañía todas las noches, ocupando incluso el sitio de Lucas en la cama.
Eso sí que va a ser divertido de ver.
Leah se rio para sus adentros, imaginándose a Lucas y Max peleándose por el sitio en la cama.
—¿De qué te ríes, cariño? —las palabras de Martha la sacaron de su ensoñación.
Leah levantó la vista con una sonrisa.
—Estaba pensando en Max. Se ha adueñado prácticamente de mi cabaña desde que Lucas no está.
—Ese perro es algo especial —Martha negó con la cabeza—. No sé qué haríamos por aquí sin él.
—Sí, lo entiendo. A los niños también les encanta. Está ahí fuera pavoneándose por el corral con ellos mientras les dan clase de lazo.
Martha resopló.
—Eso le encanta, y me juego lo que quieras a que los niños lo están usando de diana.
Leah asintió con una sonrisa.
—Eso estaban haciendo, y él se lo estaba pasando en grande. Quedó una foto estupenda para la página web —al mirar el reloj, recordó a qué había venido—. Voy a asearme, pero quería ver si necesitabas ayuda con algo esta tarde.
—No por el momento —respondió, y luego pensó en otra cosa—. ¿Tenemos un recuento final para el grupo de veteranos?
Leah asintió.
—Serán treinta y cinco. Creo que irán un poco apretados en las cabañas, pero parece que será un buen grupo.
El retiro de veteranos estaba programado para la semana siguiente y prometía ser de lo más ajetreado, con un apretado calendario de actividades.
—¿Seguro que no podemos alojar a ninguno en la casa principal?
—No, cariño. Hemos encontrado un problema de fontanería en esa parte de la casa y tenemos que arreglarlo antes de meter a nadie ahí —Martha le sonrió para tranquilizarla—. Pero no te preocupes, esos chicos no van a quejarse por ir un poco apretados. No son de los que protestan.
—¿Lucas conoce a la mayoría de ellos?
—Oh, sí, creo que sí. Ya llevamos cuatro años haciendo esto, así que conocemos muy bien a estos chicos. Puede que vengan un par de novatos, pero por lo demás es el mismo grupo.
Martha se secó las manos con un paño y se volvió hacia Leah.
—Algunos de los chicos lo han pasado muy mal, no consiguen librarse de la ira ni de los ataques de pánico, y les cuesta reintegrarse a la sociedad —añadió—. Pero parece que se olvidan de todo eso cuando llegan aquí. Es como si estuvieran en su elemento, en paz.
—Me imagino que ayuda que Lucas esté aquí y entienda exactamente lo que sienten.
Martha gruñó.
—Sí, desde luego que lo entiende. Tuvimos suerte con él, pero algunos de esos chicos —sacudió la cabeza—, algunos simplemente no han conseguido readaptarse a la vida normal. Me alegro de que al menos podamos ayudar un poco.
Leah sonrió con timidez.
—He hecho una apuesta con Lucas.
Martha abrió los ojos de par en par.
—¿Otra? ¿Es prudente?
La expresión de Leah se endureció con resolución.
—Voy a ganar esta —su rostro se transformó en una sonrisa maliciosa—. Le aposté a que conseguiría que algunos de sus chicos vinieran a mis clases de yoga. He creado unas rutinas diseñadas específicamente para la relajación, la meditación y el alivio de la ansiedad.
Se frotó las manos con ganas.
—Si consigo que participe una sola persona, ganaré la apuesta, y de verdad quiero ganar esta.
—En realidad, es una gran idea.
Martha sonrió, con el rostro iluminado por el deleite.
—Antes de que Lucas volviera a casa, investigué mucho sobre el trastorno de estrés postraumático. Después de cuatro misiones en Afganistán, nos preocupaba que no se adaptara bien.
Se encogió de hombros.
—Pero no tuvo ningún problema, al menos ninguno que hayamos visto. Volvió a la vida de aquí sin dificultad.
Señaló hacia el corral, donde Max seguía retozando con los niños.
—Así fue como conseguimos a Max, y ese bobalicón acabó siendo un perro de terapia para todos nosotros.
Se rio al ver sus payasadas y luego se volvió hacia Leah.
—Pero leí que el yoga era excelente para las personas que sufren trastorno de estrés postraumático. Incluso se lo recomendé a Lucas, pero no quiso ni oír hablar del tema —sacudió la cabeza con exasperación—. Ese chico siempre ha sido terco hasta la médula.
—Bueno, solo necesito que participe un chico y gano —repitió Leah con gesto decidido—. ¿Lucas te contó que le hice practicar un poco de yoga en la montaña?
Martha se echó hacia atrás, sorprendida.
—¿Qué? Te lo estás inventando.
—No.
La sonrisa de Leah era maliciosa.
—Se quejó todo el rato, dijo que intentaba convertirlo en un pretzel —se rio al recordarlo—. Pero él me pidió que se lo enseñara, no lo coaccioné en absoluto.
—Vaya.
Martha la miró sorprendida, como si la viera de verdad por primera vez.
—Cualquiera que consiga que ese chico salga de su zona de confort por voluntad propia sabe muy bien lo que hace. Sigue así, cariño.
Leah sonrió, reconfortada por la aprobación de la mujer, y se dirigió hacia la puerta.
—Voy a asearme, y luego estaré en la oficina trabajando en la publicidad.
Mientras subía por el sendero, Leah saludó con la mano y se rio con los niños, que gritaban y saltaban por el patio con sus lazos, mientras sus pensamientos volaban hacia aquel hombre grande y guapo en la montaña…
* * *
Lucas recorrió la casa en silencio con la misión de encontrar a Leah. Su grupo de pesca por fin había regresado de la montaña y, antes de ponerse a limpiar —tanto a sí mismo como el equipo—, no pudo resistir el impulso de buscarla.
Avanzó en silencio, en calcetines, siguiendo el sonido de Leah cantando con la radio, y se detuvo en la puerta de la oficina.
Ella siempre conseguía dejarlo sin aliento, con la luz reflejándose en su cabello y sus movimientos elegantes mientras bailaba por la habitación exigiendo R-E-S-P-E-T-O.
Sonrió ante sus movimientos de disco y se apoyó en la pared para disfrutar del espectáculo.