Capítulo 11 #2
—Es solo una idea que llevo tiempo dándole vueltas, pero espero que lo consideréis. El rancho tiene muchísimo potencial como lugar para eventos, sobre todo ahora que el nuevo centro de actividades está terminado.
Ante la cara de espanto de Zach, se apresuró a añadir:
—No digo que se convierta en un sitio exclusivo para eventos. Es solo algo que tener en cuenta si queréis otra fuente de ingresos.
Lucas observó a su madre mientras escuchaba a Leah.
Era evidente que su familia estaba encantada con los avances que había logrado.
Tenía una capacidad increíble para ver más allá de lo convencional y traer nuevas oportunidades.
Sabía que, a estas alturas, considerarían cualquier cosa que ella propusiera.
También sabía que su madre estaba tramando algo: las señales eran tan sutiles como una estampida de búfalos.
Si la conocía —y vaya si la conocía—, seguramente estaba maquinando para que Leah se quedara allí para siempre...
con él. Lucas sonrió para sus adentros. Por una vez, esperaba que su madre mantuviera su racha de éxitos como casamentera.
Martha le dedicó una cálida sonrisa a Leah.
—Ay, cariño, sabía que nos vendrías de maravilla.
Lucas sonrió al ver que Leah se sonrojaba con el halago.
No está acostumbrada a los cumplidos... Eso va a cambiar.
Si alguien merecía que la halagaran, era Leah.
—Podemos seguir hablando mañana —añadió su madre—. Seguro que estáis agotados a estas alturas.
Ambos asintieron.
—No sé por qué estoy tan cansada, tampoco es que hayamos hecho gran cosa hoy —comentó Leah.
Lucas le puso la mano sobre la suya.
—Han pasado muchas cosas estos días, cariño.
Le lanzó una mirada intensa.
—Después de dormir bien esta noche, los dos nos sentiremos mucho mejor. Confía en mí.
—¿Cariño? —preguntó Zach con una sonrisa.
Lucas se rio al ver que Leah se ponía colorada hasta las orejas. No había anunciado oficialmente que entre él y Leah había surgido algo mucho más que amistad o compañerismo; diablos, acababan de volver al rancho. Pero sabía que su familia sabría leer entre líneas.
Leah se mordió el labio con nerviosismo mientras paseaba la mirada por la mesa, seguramente esperando una reacción negativa.
Pero bastaba con mirar a su madre, que tenía un brillo de absoluta satisfacción en los ojos, para que Leah se diera cuenta de que una relación entre ellos sería recibida con los brazos abiertos.
—Venga, iros ya —dijo su madre, echándolos con un gesto—. Descansad y, Leah, empezaremos a primera hora de la mañana.
Mientras todos se levantaban y recogían los platos, su padre lo llamó:
—Hijo, ¿tienes un momento? ¿En el despacho?
Alan se levantó de la mesa y se dirigió al pasillo.
Lucas siguió a su padre y se volvió hacia Leah. Ella se había quedado paralizada junto a la mesa, como si la hubieran pillado en falta, observándolo con inquietud. Él le dedicó una sonrisa tranquilizadora y le guiñó un ojo, sabiendo que pronto se lo compensaría.
* * *
Leah se disculpó después de ayudar con los platos y subió despacio la colina hacia su cabaña. La realidad había dejado caer por fin su pesado telón, y una sensación de melancolía y temor se apoderó de ella. Necesitaba estar sola.
Creyó que el corazón se le pararía en ese mismo instante cuando Alan pidió hablar con Lucas a solas.
¿Lo saben? ¿Me pedirán que me vaya?
Su ánimo mejoró brevemente al entrar en la cabaña. Se detuvo, sonrió y respiró hondo.
El tiempo con Lucas había sido precioso, y ya lo echaba de menos. Sabía que se verían todos los días, pero era poco probable que tuvieran ocasión de retomar lo que habían dejado a medias en la cabaña. Pero con Lucas se sentía como una adicta, y de pronto se encontraba sola sin él.
¿Querría él siquiera continuar? ¿O solo fui una aventura?
Ese pensamiento oscuro la hundió en lo más profundo. Leah sintió un impulso repentino de hornear... algo pecaminoso y con mucho chocolate.
Después de una ducha caliente y una buena copa de vino, Leah se puso con una receta del libro de cocina de su abuela —tarta de crema de chocolate y coco— que llevaba tiempo queriendo probar. Sonrió mientras trabajaba, recordando una de las teorías de Rachel.
Según la teoría de Rachel, Leah no solo horneaba como una posesa cuando la ansiedad se apoderaba de ella, sino también como forma de evitar sentimientos dolorosos. Leah resopló y negó con la cabeza: los sermones de su mejor amiga seguían surtiendo efecto a 2400 kilómetros de distancia.
Una vez que la tarta estuvo en el horno, Leah encendió fuego en la chimenea usando la misma técnica que había visto emplear a Lucas varias veces. Por fin consiguió que prendiera una pequeña llama y se apartó satisfecha, copa de vino en mano, cuando un golpe seco en la puerta la sobresaltó.
Mirando la puerta desconcertada, no podía imaginar quién llamaría a esas horas. Volvieron a llamar, esta vez acompañado de una voz:
—Soy yo, Leah. Abre —seguido de un ladrido agudo.
Lucas y Max... habían venido a darle las buenas noches.
Una enorme sonrisa de alivio le iluminó el rostro mientras se acercaba a la puerta y la abría para encontrarlos en el porche, con una gran bolsa de lona a sus pies.
Lucas se quedó quieto esperando que lo invitara a pasar, mientras que Max no tuvo tantos miramientos y se abalanzó sobre ella para saludarla, feliz como siempre de verla.
Leah hundió las manos en su pelaje y le masajeó las orejas distraídamente. Pero no podía apartar la vista de Lucas, que la miraba con calidez.
—¿Va todo bien? ¿Tu padre estaba enfadado?
—Todo bien, cariño. Quería hablar de unos caballos que van a traer pronto.
Señaló hacia el salón.
—¿Podemos pasar?
Miró a Max con fastidio; el perro ya se estaba acomodando como si estuviera en su casa.
—Bueno, ¿puedo pasar yo?
—Claro.
Leah se apartó para dejarlo pasar y señaló la bolsa mientras él la cogía.
—¿Qué es eso?
Él no contestó, dejó la bolsa junto a la entrada y siguió a Max hasta la cocina.
—¿Qué es ese olor?
Miró alrededor y entornó los ojos con suspicacia.
—¿Estás horneando?
Ella asintió.
—Es una de las recetas favoritas de mi abuela, tarta de crema de chocolate y coco. Siempre he querido probarla y me pareció buen momento —dijo, encogiéndose de hombros con incomodidad.
No quería que él supiera lo sola que se había sentido.
Él se acercó y le pasó los dedos por el pelo.
—Solo horneas cuando estás disgustada —dijo con suavidad.
Se le cortó la respiración y se humedeció los labios con la lengua.
—No solo cuando estoy disgustada —negó, encogiéndose de hombros con torpeza—. Es que me gusta hornear.
Los ojos de él se oscurecieron al seguir el movimiento de su lengua.
—Simplemente me apetecía esta noche.
La miró con ternura mientras interpretaba sus gestos.
—¿Pasa algo, cariño? ¿Estás disgustada porque tuvimos que volver antes?
Frustrada porque él la calaba tan fácilmente, resopló.
—No, es solo que yo...
Se interrumpió y suspiró, sin saber si debía sincerarse del todo con él.
—Solo me sentía un poco sola. Nada más.
Él sonrió al oírla y se inclinó para darle un beso suave.
—Tengo que confesarte algo.
Le dio otro beso.
—Yo también me sentía solo. Por eso he traído la bolsa.
Señaló con la cabeza hacia la puerta donde la había dejado.
Lucas le tomó las manos y la atrajo hacia su pecho, con el rostro tenso.
—Sé que es mucho pedir, cariño, pero esperaba que aceptaras tener un compañero de piso durante la temporada. Quiero pasar contigo todo el tiempo posible.
Miró al perro acurrucado en el sofá y sonrió con sorna.
—No conseguí que Max se quedara en casa. Estaba empeñado en venir también.
Un escalofrío de emoción recorrió a Leah al oír sus palabras, y la esperanza floreció en su interior... él quería quedarse con ella.
¿Estoy soñando?
Se apartó de su abrazo y empezó a sonreír, pero entonces la realidad la golpeó de lleno.
—Pero tu madre... ¿y tu familia?
Se cubrió el rostro con las manos.
—¡Dios mío, Lucas! ¿Qué van a pensar?
Se le revolvió el estómago solo de pensar en disgustar a los Hunter.
—No sé si es buena idea. No les va a gustar nada.
Lucas resopló y le apartó las manos, obligándola a mirarlo.
—¿Estás de broma? Mamá está encantada.
Se inclinó y le dio otro beso tierno.
—Lleva maquinando formas de juntarnos desde que te bajaste del coche hace un mes.
¿Cómo? ¿Desde que llegué?
Él sonrió.
—Prácticamente me echó de casa. En cuanto al resto de la familia, se enteraron de lo nuestro a los cinco minutos de volver.
Se encogió de hombros y le dio otro beso.
—Además, cariño, somos adultos. No necesitamos su permiso.
Leah sintió que se le subían los colores. —Oh, Dios —gimió—. ¿Lo saben?
—Sí, lo saben, y lo aprueban. Así que deja de preocuparte y bésame. Y después me cuentas más de ese pastel que estás haciendo.
Leah se rio y le echó los brazos al cuello. Lucas le pasó los dedos por el pelo mientras la besaba con ardor, sus lenguas bailando y enredándose.
Cuando se separó, los dos jadeaban.
—Eso sí que es un beso —dijo él en voz baja—. Voy a dejar mi bolsa en el dormitorio. ¿Tienes café, por casualidad?
—¿Que si tengo café? —Leah resopló incrédula—. ¿Nos conocemos?
Él sonrió y le dio una palmada en el trasero mientras se alejaba por el pasillo.
—Me encanta cuando te pones borde.
Leah no podía dejar de sonreír. Lucas la deseaba tanto como ella a él. Aquello era real... no era un sueño. Seguía esperando que alguien la pellizcara para despertarla.
Harto ya de que los humanos lo ignoraran, Max trotó hacia ella en busca de atención.
—Qué guapo eres —le dijo Leah con voz mimosa mientras le sujetaba la cabeza entre las manos y le acariciaba las orejas. La expresión del perro era de pura felicidad mientras le lamía las manos.
—¿Nos echaste de menos? —Era evidente que sí por cómo había salido disparado cuando la camioneta se detuvo frente al rancho. A Leah le sorprendió lo mucho que había echado de menos al perro. De hecho, le sorprendió lo mucho que aquel lugar, el rancho y la familia, habían llegado a ser su hogar.