Amanecer en Montana (Amor bajo el cielo del oeste nº 1) Capítulo 5
16%

Capítulo 5

Blue Valley Ranch/Seeley Lake

El viento le alborotaba el cabello por la ventanilla abierta mientras se dirigían al pueblo; el aire fresco de aquella mañana de principios de primavera resultaba completamente vigorizante.

Leah se rio al ver a Max ladrando para saludar a la gente desde el asiento trasero.

Por lo visto, era muy conocido en el pueblo, porque todos le devolvían el saludo con alegría.

Sonriendo, miró de reojo a Lucas mientras este maniobraba con soltura la gran camioneta por el aparcamiento de la ferretería local.

Leah siempre se había fijado en las manos y los brazos de los hombres —una señal evidente de fuerza—, y los de Lucas resultaban hipnotizantes.

Tenía las manos fuertes y capaces. Los antebrazos, fibrosos y cubiertos de vello oscuro, y los bíceps le tensaban las mangas de la camisa.

Prácticamente irradiaba fuerza y masculinidad; era irresistiblemente atractivo. No podía dejar de pensar en él, y la intensidad de su propia reacción la sorprendía.

Dios... no me había dado cuenta de lo desesperada que estaba...

A pesar de algunas miradas intensas que le lanzó, Lucas estuvo inusualmente callado durante el trayecto.

Desesperada por detener los pensamientos que le daban vueltas en la cabeza, preguntó:

—¿Crees que tendrán todo lo que necesitamos?

Habían elaborado las listas de suministros durante el desayuno, y Martha había añadido algunos artículos del supermercado.

Lucas asintió.

—Sí, Mabel suele tener materiales de construcción en existencias. Si no los tiene, hará un pedido y los tendrá en unos días.

Aparcó la camioneta y, después de pedirle que esperara, bajó de un salto para abrirles las puertas a ella y a Max, y le ofreció la mano para ayudarla a bajar.

Aquel gesto caballeroso y considerado la reconfortó.

Era algo que le resultaba extraño después de tantos años con Justin, que apenas había reconocido su existencia, y mucho menos se había comportado como un caballero.

—Gracias —susurró tímidamente, tratando de concentrarse en poner un pie delante del otro.

¿Qué tiene este tipo? Apenas puedo pensar cuando está cerca... ¡Contrólate, chica!

Con esa charla de ánimo mental, ella y Max lo siguieron al interior de la tienda.

—¡Ya era hora de que vinieras a verme, muchacho!

La voz autoritaria retumbó desde lo alto, como si viniera del cielo.

Lucas sonrió hacia la pared del fondo, hacia alguien que Leah no podía ver.

—No puedo ponértelo tan fácil, Mabel.

—Ven aquí y dame un abrazo, bribón —dijo la voz con tono gruñón.

Riendo entre dientes, Lucas se dirigió hacia el fondo de la tienda; Leah lo siguió en silencio. Se inclinó hacia delante y envolvió a una anciana en un enorme abrazo, la levantó de una escalera y la dejó con cuidado en el suelo.

—Aghhhh, cuidado —gruñó la mujer mientras le crujían los huesos—, ya no soy tan ágil como antes, bribón.

Max, que no quería quedarse sin su ración de mimos, se acercó para que lo acariciaran.

—Y tú, ¿cómo estás, bonito? —arrulló mientras le acariciaba el pelaje.

Al alzar la vista, Mabel se sobresaltó al ver una cara nueva en el grupo.

—Vaya, ¿y quién es esta joven tan guapa?

Lucas hizo que Leah se acercara.

—Mabel, te presento a Leah Roman, de Chicago. Nos está echando una mano en el rancho este verano.

Con apenas metro y medio de estatura, la imponente anciana asintió.

—¿Ah, sí?

Frunció los labios e inclinó la cabeza hacia un lado mientras seguía evaluándola.

—Apuesto a que tu madre está encantada con la ayuda. Hmmmmm...

Mabel tomó la mano de Leah entre las suyas y la miró fijamente, como si pudiera leerle la vida entera a través de ese contacto.

—Encantada de conocerte, Leah. ¿Y qué haces en Blue Valley?

A pesar de los nervios iniciales que le provocó el escrutinio de Mabel, Leah respondió con alegría:

—Bueno, al principio me contrataron para trabajo de oficina: marketing, página web, reservas, ese tipo de cosas.

Hizo una pausa y miró a Lucas.

—Pero tenemos un nuevo proyecto que completar, y si conseguimos terminarlo a tiempo, también daré clases de yoga para los huéspedes del rancho.

Mabel la miró con curiosidad.

—Hmmm... ¿yoga? ¿Te refieres a esas clases locas en las que te retuerces como un churro?

Leah se rio.

—Sí, a veces puedes acabar sintiéndote como un churro. Pero mis clases serán de nivel principiante, pensadas para relajarse. Deberías probar una cuando empecemos.

—Si consigues convencer a Mabel de que se apunte a una de tus clases, me aseguraré de que terminemos el centro de actividades —Lucas sonrió con malicia—. Pagaría por ver eso.

—Deja de burlarte de mí, muchacho —refunfuñó Mabel—. Y ya me las pagarás, eso tenlo por seguro. Bueno, vayamos al grano... ¿qué necesitáis?

Se acercaron al mostrador y Leah entregó la lista. Observó cómo Mabel la revisaba y empezaba a teclear en el ordenador.

—Parece que tengo todo en existencias excepto algunas piezas de moldura para la barra. Pero puedo pedirlas y tenerlas para la semana que viene.

Levantó la vista expectante.

—¿Os sirve?

Lucas sonrió y asintió.

—Perfecto, como siempre, Mabel.

—Bueno, pues vamos a cargar.

Llamó pidiendo ayuda a la trastienda y dio instrucciones a los trabajadores sobre el pedido.

—¿Lo cargamos en tu camioneta?

—Sí, señora —respondió Lucas—. La llevo a la parte de atrás.

Con una breve mirada a Leah y una orden a Max para que se quedara quieto, salió al aparcamiento.

Mabel miró a Leah con astucia.

—Y dime, Leah, ¿cuánto tiempo piensas quedarte?

—Bueno, tengo contrato en el rancho hasta septiembre, para ayudarles a cerrar la temporada. Después, tengo pensado viajar un poco.

Se encogió de hombros.

Mabel asintió.

—¿Qué te parece la zona?

—Sinceramente, me he enamorado de esto. Es tan bonito y tranquilo, y la familia Hunter ha sido increíble. Sé que odiaré irme, pero estoy segura de que no podría aguantar los inviernos de aquí.

Al darse cuenta de que estaba divagando, Leah se calló, incómoda.

—Bueno, aquí hay mucho de lo que enamorarse, así que no te preocupes por eso —respondió Mabel con una sonrisa.

Se inclinó hacia delante y arqueó las cejas con picardía, con expresión traviesa.

—Puede que descubras que el invierno es nuestra mejor temporada. El secreto está en encontrar un hombre grande y fuerte con quien acurrucarse cuando hace mucho frío... y creo que eso ya lo tienes resuelto.

Leah se sonrojó y balbuceó, sin poder articular una respuesta coherente mientras visiones de acurrucarse con un Lucas completamente desnudo frente a una chimenea le cruzaban por la mente.

Se libró de mayor vergüenza cuando el protagonista de sus pensamientos apareció por la puerta trasera y empezó a ayudar a los trabajadores a cargar los suministros en su camioneta.

—¡Oh, déjame ayudar! —Leah se apresuró a seguirlo y se ruborizó aún más al oír la risita traviesa de Mabel a sus espaldas.

Lucas la miró preocupado al ver su rostro encendido.

—¿Estás bien? ¿Mabel te está dando la lata? —Miró por encima del hombro de Leah hacia la anciana, que se alejaba, y entrecerró los ojos con suspicacia—. Puede ser cascarrabias, pero eso solo significa que le caes bien. Mabel es bastante inofensiva y un encanto en cuanto te conoce.

Leah negó enérgicamente con la cabeza.

—Oh, no, estuvo bien. Solo quería saber mis planes para el rancho. Cosas así —De nuevo, sintió que estaba parloteando y apretó los labios para callarse.

Dio un paso adelante para recoger los suministros de pintura, pero él la detuvo poniéndole una mano en el brazo.

—Ya se encargan ellos. Vas a necesitar guardar energías para todo el trabajo que te espera —bromeó.

Él sonrió, y ella no pudo evitar que su mente regresara a aquella visión...

ella... Lucas... desnudos frente a un fuego crepitante, dándose calor mutuamente, sus cuerpos entrelazados.

Sintió que le ardía todo el cuerpo mientras se ponía carmesí de pies a cabeza, y estaba casi segura de que él se había dado cuenta.

«Por el amor de... ¿pero qué me pasa?»

Él la observó un instante y luego carraspeó, rompiendo el silencio incómodo.

—Tenemos que programar tu excursión mientras la temporada aún está tranquila. ¿Cuánta experiencia tienes con senderismo en zonas remotas?

Leah le dedicó una sonrisa aliviada: este era un tema que le encantaba.

—Bueno, he hecho varias travesías cortas por el Sendero de los Apalaches. Solían durar entre dos y tres días cada una. Pero sé que Montana será bastante más exigente.

Lucas asintió, satisfecho con su respuesta.

—Sí, será mucho más agreste en algunas zonas, y no verás rastro de civilización adonde vamos, pero merecerá la pena.

Pasaremos las noches en mi cabaña, lo que vendrá bien si el tiempo se pone feo.

Por la experiencia de años anteriores, será mejor ir en las próximas semanas.

En cuanto lleguen los huéspedes, mi agenda se llena enseguida y tú también estarás ocupada.

Pero el tiempo es lo complicado, así que estaré pendiente de los pronósticos. ¿Te parece bien?

Negó con la cabeza.

—No, me alegro de tener la oportunidad. Me parece bien lo que decidas, siempre que tu madre esté de acuerdo. No quiero disgustar a mi nueva jefa —concluyó con una sonrisa.

Él resopló.

—Lleva tiempo dándome la lata para que organice este viaje, así que no creo que ponga muchas pegas. Y antes de que se me olvide, tengo un libro para ti sobre senderismo en la zona. Deberías leerlo antes de que nos vayamos.

A Leah se le cortó la respiración cuando cayó en la cuenta de lo inminente que era la excursión. Al darse cuenta de que no había tenido tiempo de planificar, preguntó:

—¿Qué tendré que llevar? No sé dónde puedo conseguir lo que necesito ni si me dará tiempo.

Se retorció las manos nerviosa.

—Lo siento. Normalmente estoy más preparada, pero no esperaba que fuéramos a salir tan pronto. Pensé que tendría más tiempo para organizarlo todo.

Él se acercó y le acarició la espalda con suavidad.

—Yo me encargo de todo eso. No te preocupes —Le apartó con delicadeza un mechón de pelo de la cara y añadió con una sonrisa tranquilizadora—: Soy el guía, es mi trabajo.