Amanecer en Montana (Amor bajo el cielo del oeste nº 1) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Ella lo siguió en silencio, observándolo fascinada, con la boca ligeramente abierta.

Se movía con la soltura y la confianza de un atleta: alto, de hombros anchos y fornido.

La hacía sentirse pequeña y femenina de una manera que no había experimentado antes.

De pie junto a él, apenas le llegaba a los hombros.

Cuando Lucas miró por encima del hombro, Leah se fijó en que tenía unos ojos de un precioso verde oscuro.

Tranquilízate, Leah... Estás aquí por trabajo, no para tirarte al hijo del jefe.

A pesar de la reprimenda, sonrió ante ese pensamiento. Rachel estaría tan orgullosa.

* * *

—¿Cuánto tiempo lleva tu familia viviendo aquí? —preguntó Leah mientras sacaba fotos con el móvil durante el paseo por el rancho.

—Mis tatarabuelos se establecieron aquí a finales de la década de 1880.

Fueron una de las primeras familias del valle Swan, creo.

De hecho, la cabaña donde te alojas fue su primer hogar.

La han renovado por completo, pero la estructura es la original —Lucas la observaba de reojo mientras cruzaban el patio principal, dejando atrás el establo.

Era aún más guapa de cerca, con la luz del sol reflejándose en su pelo y sus penetrantes ojos azules que lo captaban todo. No tenía problemas para seguirle el ritmo y caminaba con agilidad mientras recorrían la propiedad.

Sus ojos brillaban al mirarlo.

—¿En serio? Me encanta esa cabaña. Es justo lo que siempre imaginé que sería un hogar acogedor de montaña.

Lucas sonrió.

—Si te parece bonito eso, espera a ver mi cabaña en Morrell Mountain —señaló hacia el pico alto que se alzaba justo al este del rancho—. Llevo trabajando en ella varios años y está casi terminada.

Un escalofrío de emoción lo recorrió al imaginársela en su cabaña, los dos completamente solos en su montaña... Su imaginación se desbocó.

Leah alzó la vista.

—¿Vives ahí? ¿No te quedas en el rancho?

Él se encogió de hombros.

—Paso tiempo en los dos sitios durante la temporada, pero prefiero la tranquilidad de mi cabaña después de guiar unos cuantos viajes. Me ayuda a centrarme. Lo entenderás cuando la veas.

Señaló hacia el gran establo.

—Intento estar por aquí para echar una mano a Pap y a Zach con las tareas del rancho y los caballos. Está solo a una hora en coche, así que es fácil ir y venir.

—¿Creciste aquí? —Se agachó para acariciar el pelaje de Max. El perro, completamente prendado de ella, no se había separado de su lado derecho en todo el paseo.

Lucas asintió con una sonrisa.

—Sí, es un sitio estupendo para criar una familia. Pero no es para todo el mundo; puede resultar muy solitario, sobre todo en invierno.

Miró hacia el valle.

—De niño pensaba que necesitaba salir de aquí, así que me alisté en el Ejército al terminar el instituto, convencido de que encontraría algo mejor —sacudió la cabeza—. Me equivocaba. En cuanto me fui, estaba deseando volver.

—¿Cuánto tiempo estuviste en el Ejército? —preguntó Leah, mirándolo.

—Veinte años —respondió—. Volví cuando me retiré y me hice cargo de las excursiones del rancho.

Leah siguió sacando fotos mientras caminaban.

—Hay diez cabañas, ¿no? ¿Con qué frecuencia recibís huéspedes?

Lucas asintió y la condujo hacia una de las cabañas familiares más grandes.

—En cuanto empieza la temporada, llegan huéspedes cada semana y no paramos hasta la primera semana de septiembre.

Algunos vienen para viajes de caza o pesca de tres días, pero las familias suelen quedarse una semana.

Ya tengo reservados varios viajes de pesca para más adelante, y la cosa se anima de verdad después del Día de los Caídos.

Caminaron por el sendero que conectaba las cabañas. —¿Cuándo llega el próximo grupo?

—Dentro de tres semanas, creo, pero no siempre piden excursiones. A veces solo se quedan en el rancho a descansar —respondió Lucas mientras la guiaba hacia un edificio en construcción.

—Cuando terminemos, este será el nuevo centro de actividades.

A Zach le pareció buena idea tener un sitio para torneos de bingo o concursos de preguntas, pero también habrá mesas de billar, un bar y un gimnasio.

Aún quedan algunas paredes por acabar y habrá que darle una mano de pintura antes de que esté listo.

Leah se detuvo en seco y se le iluminaron los ojos. —¿Qué tipo de ejercicio tenían en mente? ¿Clases o solo unas pesas y una cinta de correr?

Lucas la observó con curiosidad. —Probablemente pesas libres y una o dos cintas de correr. ¿Por qué? ¿Qué tienes en mente?

Ella recorrió el espacio lentamente, pasando los dedos por las vigas desnudas. —Esto sería perfecto para un estudio de yoga. ¿Tus padres lo han pensado?

Lucas casi dejó escapar un gemido, y un extraño hormigueo le recorrió el pecho mientras le venían a la mente imágenes de ella esa mañana. —Suena interesante, pero habría que contratar a un instructor, y eso no sería fácil por aquí.

—Pues estás de suerte, vaquero —dijo con una sonrisa radiante—.

Resulta que también soy instructora de yoga —caminó hacia la ventana y dio una vuelta sobre sí misma, rebosante de entusiasmo—.

Imagínate: el rancho puede ofrecer un bar, juegos y torneos, y clases de yoga para relajarse. ¡Todo el mundo contento!

Lucas se echó a reír. Su entusiasmo era contagioso. Y el hecho de que fuera guapa e inteligente no estaba de más; se dejó llevar por aquella atracción irresistible. —Deberías comentarlo en la cena.

Le hizo un gesto para que lo siguiera. —Ven, quiero enseñarte mi rincón favorito del rancho.

El camino de tierra que siguieron serpenteaba entre los edificios principales, se adentraba en el bosque y subía por la cresta. Al rodear un grupo de rocas y troncos, Lucas alargó la mano hacia atrás para coger la de ella y casi la soltó cuando sintió una descarga atravesarlo.

Qué raro...

—Me han dicho que quieres hacer una ruta de montaña mientras estés aquí, así que este sendero debería resultarte fácil. Suelo recorrerlo todas las mañanas —comentó con naturalidad, con un brillo en la mirada.

Leah le dedicó una sonrisa radiante, aceptando el reto. —Puedo con ello, sin duda —echó la cabeza hacia atrás con gesto desafiante y se adelantó, siguiendo a Max.

Él se detuvo en el sendero y la observó subir por el camino con la mirada encendida, fijándose en el suave vaivén de sus caderas.

Contrólate, tío... es una empleada... y temporal, además.