37
C onnor
Unas horas más tarde, Connor estaba tumbado en la oscuridad, con la cabeza de Lexie apoyada en su pecho. Los dedos de ella le acariciaban suavemente la piel mientras le hablaba de su familia.
—Las cosas con mi madre han sido difíciles.
La quiero muchísimo, pero es como si ya no supiera cómo hablar conmigo, o como si quisiera arreglarme.
Cada vez que llama, acaba animándome a salir con alguien, o a veces incluso intenta emparejarme con hombres solteros que conoce.
No parecía entender que no estaba preparada para pasar página.
Y ni mi padre ni ella mencionan jamás el nombre de Damien, aunque sé lo mucho que lo querían cuando estaba vivo.
Es como si tuvieran miedo de que al oír su nombre me sumiera en una espiral de depresión.
—Suspiró en silencio. La tensión se apoderó de los músculos de Connor al pensar en lo mucho que ella seguía queriendo a su difunto marido.
Se notaba claramente en su voz, que mostraba una emoción reprimida que la hacía más ronca de lo normal.
De repente, soltó un pequeño grito ahogado y levantó la vista hacia él, con los ojos muy abiertos y llenos de tristeza— .
Lo siento mucho, Connor, he sido insensible.
—Él la miró, confundido. ¿Había intuido ella lo que él estaba pensando?
¿Se había dado cuenta de que, de alguna manera, por ridículo que pareciera, se había sentido celoso del lugar que Damien ocupaba en su corazón?
Ella continuó—: Es muy egoísta por mi parte quejarme de mis padres cuando tú has perdido a los tuyos.
— Parecía avergonzada, y él se sintió tan aliviado de que no quedara claro el verdadero motivo por el que se había puesto tenso, que sonrió y le acarició el labio inferior con el pulgar.
—No hay ni una pizca de egoísmo en ti, Lexie.
—Ella negó con la cabeza, pero él siguió hablando—.
No te guardo rencor por tener unos padres que se preocupan por ti, aunque ahora mismo no sepan cuál es la mejor forma de demostrarlo.
—No, él era el egoísta. Porque, aunque no le molestaba que ella tuviera unos padres cariñosos, sí le molestaba que ella quisiera a otra persona—.
Me alegro de que tengas una familia que te apoye.
No le desearía a nadie una situación tan jodida como la mía.
Sus ojos, límpidos como el cristal, se clavaron en los de él, como si intentara leerle el pensamiento. Al ver su sinceridad, volvió a apoyar la cabeza en su pecho y suspiró.
—Es solo que odio que te haya pasado eso; que tu padre pudiera ser tan cruel. Me duele el corazón por el niño que fuiste. —El temblor en su voz le hizo darse cuenta de que lo decía en serio, y su compasión era solo otra de las cosas de ella que le partía el corazón.
Al igual que la última vez que le había hablado de sus padres, estar a solas con ella en la oscuridad le permitía contarle cosas que normalmente no podía poner en voz alta.
Le pasó distraídamente los dedos por los sedosos mechones de su pelo.
—La verdad, no creo que fuera tanto crueldad como que dejó de quererme sin más…
o, al menos, de preocuparse por mi existencia.
La muerte de mi madre fue un proceso largo y brutal.
Él ya había empezado a alejarse de mí mientras ella se deterioraba.
Cada molécula de cariño que tenía se centraba en ella.
Cuando murió, fue como si se le apagara una luz por dentro.
No quedaba nada para mí, ni siquiera para él mismo.
Tenía once años, estaba destrozado y necesitaba a mi padre, pero a él le importaba una mierda.
Estaba demasiado absorto en su dolor y, después, en la botella.
Por suerte, no era un borracho violento, solo un borracho patético.
Me mantuvo con vida, y eso fue todo. Básicamente, me dejaron a mi aire.
Hice algunos amigos, mayores que yo, y me acogieron bajo su protección.
La mayoría tenía una vida familiar de mierda, igual que yo.
Se convirtieron en mi familia, mucho más de lo que lo era mi padre.
La única razón por la que seguía yendo al colegio era por las clases de música.
Cada vez que cogía un instrumento o abría la boca para cantar, sentía como si mi madre estuviera allí conmigo.
No podía renunciar a eso, así que seguí en el colegio, gracias a Dios.
A mi padre no le importaba lo que hiciera ni con quién lo hiciera, siempre y cuando no le molestara con mi presencia.
—Connor acarició la espalda de Lexie; la sensación de su cuerpo cálido acurrucado contra su costado lo relajaba mientras se sinceraba—.
Era solo cuestión de tiempo que mis amigos se metieran en las drogas, así que yo también coqueteé con ellas.
Tenía catorce años cuando empezamos a robar en tiendas para pagarlas, y luego a robar coches.
Las cosas no pintaban bien para mí. Pero entonces mi amigo Callum sufrió una sobredosis delante de mí.
Al final no murió, pero estaba convencido de que pasaría.
—Hizo una pausa; el recuerdo aún le reconcomía después de todos esos años—.
Me afectó muchísimo, a pesar del pequeño cabrón endurecido en el que me estaba convirtiendo, y volví a casa gritando y llorando, corriendo hacia mi padre.
Por primera vez desde que murió mi madre, él hizo algo para ayudarme…
o quizá fue para ayudarse a sí mismo, ni idea.
Llamó a mi tía Maureen, la hermana de mi madre.
Ella se había mudado a Ohio años antes, y le pidió que me acogiera.
Lo maravilloso de los irlandeses es que nunca le dicen que no a la familia.
Me mandó a vivir con ella a la fuerza, pataleando y gritando, y no lo he vuelto a ver desde entonces.
— Volvió a tensarse. Por mucho que lo odiara, los recuerdos del rechazo de su padre aún tenían el poder de hacerle daño.
Lexie le rodeó el pecho y lo estrechó contra sí.
—Lo siento mucho, Connor. Me enfada muchísimo que te hiciera algo así. —Él sonrió ante la vehemencia de su tono.
—Bueno, supongo que, si no lo hubiera hecho, no estaría donde estoy hoy.
Ella levantó la cabeza y lo miró, con los ojos brillando a la luz de la luna que entraba por la ventana. Incapaz de contenerse, él alzó la mano y le acarició la cara, deslizando el pulgar por su mejilla. Ella cerró los ojos y suspiró de placer ante su contacto; a él le encantaba poder hacerle eso.
Tuvo que contenerse para no darle la vuelta y volver a perderse en su interior, porque también le gustaba hablar con ella; le gustaba poder compartir con ella cosas de las que ni siquiera había hablado con sus amigos.
Ignoró las señales de alarma que resonaban en su cabeza y que le decían que estaba jugando con fuego en lo que a ella se refería.
Ya se había adentrado mucho más allá de su zona de confort; no podía permitirse querer más.
—¿Sigues en contacto con él? —preguntó ella.
—No. Al principio pensé que él quería charlar, pero no tardé en descubrir que mi tía lo llamaba y lo obligaba a hablar conmigo.
Ella me dejó creer que era él quien hacía el esfuerzo.
Esas conversaciones fueron duras, y creo que mi tía se dio cuenta de que estaba haciendo más daño que bien cuando yo me enfurecía después de cada llamada.
Al final, dejó de hacerlo, y él nunca se molestó en volver a contactar conmigo.
No me interesa para nada tener algo que ver con él, y además ha dejado claro que no quiere saber nada de mí.
Lo cual me parece bien. Mi tía ha sido mejor madre para mí de lo que él fue jamás.
—Me alegro de que la tuvieras. Debe de ser una mujer increíble. Quiero decir, teniendo en cuenta que has salido…, ya sabes, más o menos bien. —Lexie sonrió para hacerle saber que le estaba tomando el pelo.
Connor esbozó una sonrisa burlona; la tensión que lo invadía comenzó a disiparse y la pegó tanto a él que ella casi se recostó sobre su cuerpo.
—Lo es. Pero los comienzos fueron duros.
Al principio era un auténtico capullo, y ella no me lo puso fácil.
Estableció las normas y se aseguró de que se cumplieran.
La odiaba por eso. Pero el día que me di cuenta de que se preocupaba por mí, de que veía al niño herido tras el muro que yo había levantado, fue el día en que me compró mi primera guitarra y me pagó las clases.
Me derrumbé y lloré porque entonces supe que ella me veía; veía quién era yo por dentro en lugar de la persona que fingía ser.
»No fue todo un idilio familiar a partir de ese momento, pero las cosas mejoraron cada día.
Entonces decidí lo que quería hacer con mi vida y lo aposté todo para conseguirlo.
Empecé a sacar mejores notas en el colegio, me esforcé por hacer amigos, sobre todo aquellos a los que les gustaba la música tanto como a mí.
Bajé la cabeza, me centré en ese objetivo y me esforcé para ir en la dirección que yo quería.
Ella frunció el ceño al oír el tono de su voz.
—¿No crees que eso es algo bueno? Deberías estar muy orgulloso de ti mismo, Connor. ¿Cuántas personas podrían darle un giro a su vida como lo has hecho tú?
Él se quedó en silencio unos instantes mientras deslizaba lentamente los dedos arriba y abajo por la suave piel de su espalda.