26
C onnor
En cuanto Connor llegó al lugar donde los demás chapoteaban, sumergió la cabeza bajo el agua, intentando recuperarse después de haber tenido a Lexie pegada a él con su diminuto bikini.
Debería haberla soltado en cuanto llegaron a la arena mojada, pero la sensación de tenerla entre sus brazos había sido demasiado buena como para resistirse.
En ese momento lucía una erección de infarto, pero, por suerte, el agua lo cubría; de lo contrario, los chicos se habrían metido con él por eso.
Lexie lo había seguido hasta la orilla, y Noah, el gran ligón que era, se había acercado inmediatamente a ella y le había pasado el brazo por los hombros.
Debía de haber hecho una broma, porque Lexie se echó a reír y le dio un empujón en el pecho, lo cual, por supuesto, no sirvió de nada, ya que Noah era el doble de grande que ella.
Connor se dio la vuelta, pasándose la mano por el pelo mojado. ¿De verdad ella no se sentía atraída por él de la misma forma que él lo estaba por ella? Ahí estaba él, destrozado porque seguía deseándola, y ella parecía completamente indiferente.
Tex se acercó a él vadeando el agua y señaló con la cabeza hacia donde Lexie se reía con Zac y Noah.
—Has hecho bien al elegirla. —Connor miró a Tex con intensidad, preguntándose hasta qué punto habría adivinado lo que había pasado entre él y Lexie.
Pero sus temores se disiparon cuando Tex continuó—: Se lleva bien con todo el mundo; hace que sea fácil tenerla cerca mientras nos fotografía, y además es un placer para la vista.
—Connor murmuró una respuesta evasiva, sin querer hablar por miedo a delatarse demasiado.
Tex esbozó una sonrisa burlona y empezó a abrirse paso hacia los otros tres—: Ahora solo tienes que controlar esa erección —dijo por encima del hombro.
Joder. Tex siempre lo calaba al instante.
Media hora más tarde, Drew los llamó desde la playa para que subieran a comer. Connor iba rezagado, admirando el balanceo de las caderas de Lexie, que avanzaba delante de él. Hacía tanto calor que, para cuando llegaron a la casa, ya casi se había secado.
Drew había preparado unos platos, condimentos y ensalada, y todos se lanzaron a comer con voracidad.
Cuando terminaron, todos echaron una mano para recoger mientras Drew se sentaba con una cerveza y ponía los pies en alto.
Hubo muchas bromas en tono amistoso y, con Lexie allí, sumándose con su calidez y humor innatos, Connor se sintió relajado por primera vez en lo que parecían años.
La tarde transcurrió en una bruma de sol, arena y baños, y Drew se unió a ellos la segunda vez que bajaron al agua. Cuando el sol empezó a ponerse, todos se reunieron alrededor del horno de pizzas al aire libre que Drew había instalado y prepararon unas pizzas caseras para cenar.
Connor cedió al encanto de la presencia de Lexie y se sentó a su lado en el banco mientras comían, lo bastante cerca como para sentir el roce de su piel cada vez que alguno de los dos se movía en el asiento.
El agua salada había hecho que su pelo estuviera más rizado de lo habitual, y el sol le había dejado un ligero rubor en los pómulos.
Su sonrisa y el brillo de sus ojos cuando se reía eran mucho más embriagadores que la cerveza que él estaba bebiendo.
En ese momento pensó que sería feliz quedándose allí para siempre, con sus amigos y Lexie, sin tener que volver a ponerse nunca más bajo el resplandor de los focos.
Al final, Lexie sacó su cámara, bromeando con que iban a despedirla por no hacer su trabajo. Con su habitual actitud relajada y encantadora, les hizo fotos discretamente a todos mientras se relajaban, y bastantes del sol al ponerse.
Una vez le había dicho que los fotógrafos llamaban a la hora entre el amanecer y el atardecer la «hora dorada», y él entendía por qué.
Un resplandor áureo, casi etéreo, bañaba la escena, y al contemplar su esbelta silueta recortada contra el cielo que se oscurecía, con las primeras estrellas brillando a sus espaldas, sintió un nudo en el pecho.
De todas las mujeres con las que podría haber querido pasar más de una noche, tenía que ser precisamente una que estaba enamorada de otro hombre, de alguien que, sin tener culpa alguna, había dejado a Lexie con nada más que un recuerdo idealizado con el que Connor nunca iba a poder competir.
Era obvio que ella había disfrutado estando en su cama —no se podía fingir una pasión así—, pero después se había alejado por completo.
Habían pasado tres años desde que Damien había muerto, y Lexie seguía aferrada a él.
Esa idea le heló la sangre a Connor. No iba a ponerse en la situación de ser rechazado por alguien a quien le importara más una persona muerta que él.
Ya había pasado por eso y no pensaba volver a hacerlo.