25
L exie
Lexie se dio la vuelta al oír el portazo.
No tenía ni idea de qué le había pasado a Connor: desde que prácticamente la había obligado a unirse a ellos, apenas le había dirigido la palabra.
Había cruzado la vista con él durante el trayecto en un par de ocasiones, a través del retrovisor, pero él no le había sonreído ni una sola vez, y ella tenía la sensación de que estaba enfadado con ella, aunque no sabía por qué.
Lexie volvió la vista hacia la espectacular panorámica que se extendía ante ella, dio unos pasos hacia las dunas junto a la preciosa casa de Drew, de estilo Cape Cod, y fue haciendo fotos mientras caminaba.
Inhaló el aire fresco y salado del mar, cuyo aroma solía dejarla tranquila y revitalizada.
Pero ni siquiera la playa conseguía calmar del todo sus nervios crispados cuando se sentía tan dividida.
Su continua atracción por Connor —alguien que sabía que no era para nada adecuado para ella—, junto con su miedo a estar olvidando a Damien, tenían su mente y su corazón en un completo torbellino.
Como no quería entrar en la casa y seguir fingiendo que estaba bien, se sentó en la arena, se llevó las rodillas al pecho y apoyó la barbilla en ellas. Contempló el azul infinito y centelleante y dejó que el sonido de las olas la envolviera.
Por fin, el caos de su mente amainó, dejándola más en paz de lo que había estado en días. Estiró las piernas y se tumbó en la arena, extendiendo los brazos a los lados; cerró los ojos y disfrutó del calor del sol que le acariciaba la piel.
Una sombra se cernió sobre ella y parpadeó, levantando una mano para protegerse de la luz y poder ver quién era. El corazón se le aceleró por un instante, pensando que podía ser Connor, pero la corpulencia de la silueta indicaba que se trataba de Tex.
—Hola, cariño. ¿Va todo bien?
Ella le sonrió, pero no se movió.
—Solo estoy disfrutando de un momento de tranquilidad.
—Pues creo que voy a acompañarte.
Sin dudarlo ni un segundo, se quitó la camiseta de un tirón, la dejó caer al suelo y se tumbó a su lado.
Ladeó la cabeza para poder verle la cara, que tenía vuelta hacia el sol, con los ojos cerrados.
Deslizó la mirada por los contornos marcados de su pecho musculoso y tatuado y suspiró para sus adentros.
Qué sencillo habría sido todo si se hubiera sentido atraída por Tex en lugar de por Connor.
Bajo ese exterior pecaminosamente atractivo y rudo, Tex era un romántico de pies a cabeza.
Lexie podía imaginarse que iba a tratar como a una reina a cualquier mujer afortunada de la que él acabara enamorándose.
¿Qué mujer en su sano juicio no habría querido estar con un hombre así?
Soltó un suspiro de frustración. Al parecer, ella no estaba en sus cabales.
Al oír el ruido, Tex giró la cabeza hacia ella. Sus ojos recorrieron lentamente su rostro.
—Eres una mujer preciosa, Lexie. Lo sabes, ¿verdad?
—El corazón de Lexie latía con fuerza. No iba a volver a besarla, ¿verdad?
Al ver la confusión en su rostro, Tex esbozó su sonrisa seductora y volvió la cabeza hacia el sol, cerrando los ojos—.
No pasa nada, cariño, los dos sabemos que no soy yo quien te tiene tan enredada.
—Aunque él no la mirara, Lexie sintió cómo el calor le inundaba el rostro.
Dios mío, ¿era tan obvio? Como si le leyera el pensamiento, Tex añadió—: No te preocupes, él no lo sabe.
Creo que vosotros dos podríais ser muy buenos el uno para el otro, pero Connor tiene…
problemas que debe resolver. — Volvió la cabeza para mirarla de nuevo—.
No quiero verte sufrir, Lexie, así que ten cuidado con tu corazón, ¿vale?
La compasión y la preocupación en su rostro le oprimieron el pecho.
No quería decirle que su inquietud era infundada.
Connor había dejado claro lo que quería de ella, y había sido ella quien había acabado diciéndole cosas hirientes.
Solo tenían que superar el resto de la gira, y cada uno iba a seguir su camino con el recuerdo de aquella única noche juntos.
Y estaba segura de que incluso eso no iba a tardar mucho en desvanecerse de la mente de Connor.
Al fin y al cabo, él era solo el segundo hombre con el que ella se había acostado, pero ella no era más que una de las muchas mujeres con las que él había estado.
Como no quería decirle nada de eso a Tex, se limitó a asentir y los dos se quedaron tumbados al calor con los ojos cerrados un rato más, antes de que el sol ardiente se volviera demasiado intenso.
—¿Estás lista para entrar? Creo que Drew va a encender la barbacoa enseguida, y los chicos quieren darse un chapuzón rápido antes de comer.
Agradecida por el apoyo de Tex, le sonrió.
—Vale, vamos.
Él se levantó, cogió su camiseta y luego le tendió la mano para ayudarla. Sin separarse, fueron hacia la casa en un silencio cómplice, y Tex le dio un rápido apretón antes de soltarla al llegar a la puerta.
A los ojos de Lexie les costó unos segundos adaptarse tras el resplandor del sol, pero cuando lo hicieron, se quedó boquiabierta ante el precioso y diáfano interior de la casa.
Los tonos fríos y neutros, salpicados de azules y verdes marinos, creaban un ambiente playero perfecto.
Los ventanales que iban del suelo al techo se extendían a lo largo de la pared trasera, llenando la casa de luz y enmarcando a la perfección las impresionantes vistas al mar.
Era un día soleado, pero Lexie podía imaginar lo increíble que sería sentarse en uno de los cómodos sillones frente a los ventanales y ver cómo se avecinaba una tormenta en el horizonte.
Los demás estaban todos fuera, en la terraza trasera, y Lexie siguió a Tex hasta allí.
—¿Por qué habéis tardado tanto vosotros dos? —preguntó Noah.
Tex rodeó con el brazo los hombros de Lexie y la estrechó con fuerza antes de responder.
—Solo estábamos disfrutando de un rato a solas. —Le dedicó a Connor una amplia sonrisa burlona.
Lexie arqueó las cejas ante la mirada gélida con la que Connor le respondió a Tex.
¿Estaba enfadado? Seguro que no. Para Connor, ella no había significado más que un rollo de una noche.
Aun así, no quería que él pensara que era la clase de mujer que iba saltando de un miembro del grupo a otro.
Tal vez su noche con Connor no hubiera significado mucho para él, pero para ella había sido muy importante.
Aunque a él le diera igual, no quería restarle importancia fingiendo que no había supuesto nada para ella.
Le pasó el brazo por la cintura a Tex y le dio un suave apretón en señal de agradecimiento por hacerle compañía, pero luego se separó de él y se apartó. Se acercó a Drew, que estaba encendiendo la barbacoa.
—Tienes una casa preciosa. Creo que podría vivir aquí, en esta terraza.
—Gracias, me encanta este sitio. Cuando todo se me viene encima, me gusta venir y desconectar unos días.
Noah se acercó y le ofreció una botella de cerveza. Ella la aceptó, dedicándole una sonrisa de agradecimiento antes de darle un sorbo a la bebida helada.
—En cuanto terminemos estas bebidas, nos daremos un chapuzón rápido mientras Drew nos prepara la comida. —Noah sonrió y levantó su botella en dirección a Drew, quien puso los ojos en blanco a modo de respuesta—. Te unirás a nosotros, ¿verdad, Lexie?
Lexie se había comprado un bikini en la tienda del hotel, pero le daba pena dejar a Drew solo para que cocinara. Por no hablar de que se sentía un poco nerviosa por andar semidesnuda delante de un grupo de chicos acostumbrados a estar rodeados de supermodelos.
—No sé…, quizá espere hasta más tarde. Así podré ayudar a Drew a prepararlo todo.
—No te preocupes por mí, Lexie. Solo voy a asar las hamburguesas y a poner algunos condimentos. No me llevará mucho tiempo, y probablemente haré algunas llamadas mientras cocino, así que baja con los chicos. Os llamaré cuando el almuerzo esté listo.
—Vale, si estás seguro… —respondió ella con cierta reticencia.
—Por supuesto. Oye, Noah, ¿puedes enseñarle a Lexie dónde está su habitación?
—Claro. Venga, Lexie. Nos cambiaremos todos y luego bajaremos.
Lexie dejó la cerveza y siguió a Noah al interior de la casa. Miró de reojo a Connor al pasar, pero él tenía la vista fija en su cerveza y las largas pestañas oscuras le ocultaban los ojos.
Noah la condujo por un pasillo que partía de un lateral de la gran sala principal diáfana. Del pasillo se abrían varias puertas, presumiblemente todas de dormitorios, pero Noah la llevó hasta el final.
—Esta es la tuya. —Lexie abrió y sonrió al ver el amplio dormitorio bañado por la luz del sol, decorado en tonos crema y azules, que continuaba con el ambiente playero—. Te dejo que te cambies. Ven cuando estés lista.
—Gracias, Noah. —Cerró la puerta tras él y le echó un vistazo a la habitación. Su bolsa estaba sobre la cama, así que Tex debía de haberla dejado allí antes de bajar a buscarla.
Una puerta al fondo daba a un pequeño cuarto de baño que utilizó antes de rebuscar en su bolso para encontrar su nuevo bikini.
Lo sacó, frunciendo el ceño y apretando los labios.
En la tienda no había mucha variedad y era un poco más escaso de lo que solía ponerse, pero era de un bonito color turquesa, y había pensado que le quedaba bien cuando se lo había probado esa mañana.
Se encogió de hombros y se lo puso. Al fin y al cabo, Connor ya la había visto desnuda, y a los demás chicos probablemente les daba igual lo que llevara.
Lexie se acercó al espejo de cuerpo entero que había en una esquina y se aseguró de que no se le saliera nada por ningún sitio.
Se dio la vuelta y se miró por encima del hombro para ver cómo le quedaba el trasero, y luego se rio de sí misma.
¿Qué estaba haciendo? Era joven y estaba en forma, y Damien siempre le había dicho que la encontraba preciosa.
¿Qué más daba cómo le quedara el bikini?
No iba a volver a ver a ninguno de esos chicos una vez terminada la gira, así que a quién le importaba lo que pensaran.
Se sentía bien, así que, maldita fuera, iba a pasárselo bien y a no pensar en que no parecía una supermodelo.
Decidió prescindir del albornoz que también se había comprado y salió a la terraza cubierta. A través del cristal pudo ver que todos los chicos ya se habían cambiado y la estaban esperando ahí fuera.
Sus pasos se ralentizaron al divisar a Connor.
Estaba de espaldas a ella y apoyado en la barandilla, así que pudo admirar la amplia envergadura de sus hombros y los músculos marcados de su espalda, que descendían hasta unos pantalones cortos negros de surf que le quedaban bajos en las caderas.
El corazón de Lexie dio un vuelco y una oleada de calor la recorrió.
Se detuvo e inspiró hondo para recomponerse antes de salir.
Al oír cómo se abría la puerta, todos se giraron, y cinco pares de ojos masculinos la recorrieron, lo cual no le resultó para nada embarazoso… Sintió cómo un profundo rubor le invadía todo el cuerpo.
Drew carraspeó.
—Bueno, chicos, bajad. El almuerzo estará listo en más o menos media hora, pero os llamaré cuando podáis subir.
A los pocos pasos de adentrarse en la arena blanda, Lexie se dio cuenta de que se había calentado lo suficiente como para quemarle las plantas de los pies. Noah, Zac y Tex echaron a correr hacia el agua. Connor se volvió y le tendió la mano.
—Venga, no querrás quemarte los pies.
Debió de dudar un segundo de más, porque él dio dos pasos hacia ella, la cogió en brazos y corrió hacia la arena húmeda y más fresca.
—¡Connor! —chilló, sorprendida, y luego dio un gritito cuando él se adentró en el agua fría con ella todavía en brazos.
El contraste entre la arena abrasadora y el agua le puso al instante la piel de gallina.
Por desgracia, también hizo que sus pezones se endurecieran visiblemente a través del bikini.
Con la esperanza de que él no se hubiera dado cuenta, levantó la vista hacia él, justo a tiempo para ver cómo sus ojos se fijaban en sus pechos.
—Ya puedes bajarme —murmuró avergonzada.
Él asintió, pero siguió avanzando unos pasos más antes de soltarle las piernas. La sujetó con el brazo alrededor de su espalda; el cuerpo de ella se deslizó por el suyo mientras él la bajaba hasta que sus pies tocaron el fondo arenoso.
A Lexie se le cortó la respiración al sentir sus pechos contra los duros músculos de su torso, y no podía asegurar que sus pezones estuvieran respondiendo únicamente a la temperatura del agua en ese momento.
Como no quería levantar la vista y dejar que él entendiera lo que seguramente se le reflejaba en el rostro, se quedó mirando las marcadas líneas negras de su tatuaje.
—Eh… ¿Gracias? —No era una respuesta muy original, pero él la había dejado boquiabierta, teniendo en cuenta que apenas le había dirigido la palabra ni se había acercado a ella desde la noche que habían pasado juntos.
Su rostro era impenetrable.
—No hay de qué, Lexie.
Entonces la soltó y se dirigió hacia donde los otros chicos chapoteaban y hacían el tonto como adolescentes.
Lexie inspiró hondo un par de veces para calmar su corazón acelerado, que había decidido intentar abrirse paso a golpes a través de su caja torácica mientras estaba pegada a él. Luego se sacudió y lo siguió hacia aguas más profundas.