24
C onnor
Connor iba en uno de los coches hacia la casa de Drew. Le gustaba conducir, sobre todo cuando salía de la ciudad en dirección a la playa. Sin poder evitarlo, alzó la vista hacia el retrovisor y vio a Lexie en el asiento trasero, con la cara vuelta hacia la ventanilla.
Frunció el ceño al ver su expresión pensativa.
Ella no había querido ir con ellos, y lo correcto habría sido darle un poco de espacio.
Pero se había comportado como un cabrón y, básicamente, le había ordenado que fuera con ellos.
En realidad no le importaba si en el libro aparecían fotos de esa escapada o no, pero había sido la única excusa que se le había ocurrido en ese momento porque le gustaba estar cerca de ella, aunque el placer que había sentido en su presencia antes de acostarse juntos hubiera sido sustituido por la constante atracción del deseo.
Apartó la mirada de su bonito perfil y volvió a fijarse en la carretera. Lo último que necesitaban era tener un accidente porque él no pudiera concentrarse.
Tex estaba recostado en el asiento del copiloto, junto a él, con una gorra calada hasta la frente.
Tex le había ofrecido a Lexie sentarse delante, pero ella se había negado alegando que él necesitaba más espacio para las piernas que ella, ya que era mucho más alto.
Connor no había insistido en el tema. Le había dicho que tenía que ir con ellos, así que no quería ser un completo gilipollas y decirle además dónde tenía que sentarse.
Apartó una mano del volante y se la pasó por la cara.
No sabía cómo iba a superar el resto de la gira con ese deseo constante retumbándole por dentro.
No dejaba de pensar en ella: cuando estaba en el escenario, cuando se suponía que debía estar componiendo canciones, cuando yacía en la cama por la noche sin poder conciliar el sueño.
No habría pasado nada si estuviera solo y pudiera liberar la tensión, pero cuando estaban en el autobús, apretujados como sardinas, la situación se volvía un poco incómoda. Bastaba con decir que, últimamente, la ducha se estaba convirtiendo en su lugar favorito.
Intentó apartar de su mente los pensamientos sobre ella porque estaba deseando que llegara la tarde y la noche que les esperaban; necesitaba desesperadamente un descanso de la gira.
La incertidumbre sobre su futuro no dejaba de agobiarlo.
Se mirara como se mirase, tenía la responsabilidad ante sus amigos de seguir adelante.
Ninguno de ellos había dado jamás señales de estar dispuesto a probar algo diferente.
Y marcharse cuando el grupo había alcanzado este nivel de éxito le parecía una auténtica gilipollez.
E incluso si todos estuvieran listos para pasar página, él no tenía una idea clara de lo que quería hacer.
La música seguía siendo lo más importante del mundo para él.
Había sido lo único que lo había hecho sentirse más cerca del recuerdo de su madre, y lo único que había aliviado el dolor de la ausencia de su padre.
Incluso entonces, cada vez que estaba triste, coger la guitarra y tocar lo tranquilizaba más que ninguna otra cosa.
Las razones por las que había querido formar parte de un grupo desde que era adolescente seguían siendo válidas: estar rodeado de música, de sus amigos y del cariño de los fans había sido todo lo que siempre había deseado; pensar en ello siempre había sido como un bálsamo para su alma.
Le resultaba difícil aceptar que ya no le pareciera suficiente.
Frustrado, volvió a levantar la vista hacia el retrovisor, con la esperanza de que un atisbo del perfil de Lexie lo sacara de su estéril torrente de pensamientos.
En cambio, su mirada se cruzó con la de ella; el brillo plateado de sus ojos se volvió oscuro y tormentoso, reflejo de alguna emoción desconocida, antes de que ella apartara rápidamente la vista.
Sacudió la cabeza y volvió a centrar su atención en la carretera que se abría ante él. Es viuda —se dijo a sí mismo—, y está claro que aún no ha superado el recuerdo de su marido . Aunque lo hubiera hecho, él no estaba dispuesto a ocupar el lugar de aquel hombre ni podía hacerlo.
Unas millas más adelante, giró a la izquierda por la carretera que llevaba a la casa de la playa de Drew.
Al coronar una colina, apareció el mar extendiéndose ante ellos como un manto azul que brillaba bajo el sol.
Tex soltó un grito de alegría al verlo, y cuando Connor miró por el retrovisor, comprobó que el rostro de Lexie se había iluminado con una amplia sonrisa, con los ojos grises resplandecientes, y algo se removió en su pecho de una forma casi dolorosa.
Aparcó junto al coche en el que habían ido Drew, Noah y Zac, abrió la puerta y salió, seguido por Tex y Lexie. Una profunda inspiración del aire salado y se sintió más ligero, como si el sonido de las olas y el aire fresco le hubieran quitado un peso de encima.
Estiró los brazos por encima de la cabeza y se volvió hacia Lexie. Como era de esperar, ella tenía la cámara en la mano y estaba haciendo fotos de las preciosas vistas que tenían delante, lo que le permitió observarla durante unos segundos sin que ella se diera cuenta.
La brisa marina le echaba el pelo oscuro hacia atrás y le ceñía el vestido al cuerpo, perfilando sus pechos y la ligera curva de su vientre.
También hacía que la falda corta se levantara, dejando al descubierto casi toda la longitud de sus piernas esbeltas y tonificadas.
Dejó escapar un gemido silencioso al recordar aquellas mismas piernas a su alrededor y cerró los ojos para apartar esa imagen, con la esperanza de calmar su excitación antes de que alguien se diera cuenta.
Tex apareció a su lado, con su propia mochila y la de Lexie colgadas del hombro, y el estuche de la guitarra en la mano.
—Bonitas vistas.
Connor lo miró de reojo. La sonrisa burlona en el rostro de Tex y la dirección de su mirada eran pruebas más que suficientes de que sabía que Connor no estaba contemplando el mar.
Bueno, al parecer no podía ocultarle nada a Tex.
—Preciosas —murmuró, antes de volverse hacia el coche y sacar su mochila y el estuche de la guitarra del maletero.
—¡Lexie, nos vamos a la casa! —exclamó Tex.
Lexie se bajó la cámara, la dejó colgando de la correa que llevaba alrededor del cuello y se volvió hacia ellos. Tenía las mejillas sonrojadas y los ojos le brillaban bajo el sol radiante.
—Subiré en un minuto; solo quiero hacer un par de fotos más —respondió ella.
Connor se dio media vuelta y subió las escaleras de dos en dos.
Necesitaba alejarse de ella, de ese deseo que lo invadía cada vez que ella lo miraba, le sonreía o, joder, simplemente respiraba.
Llegó a lo alto de las escaleras, entró en la casa y cerró de un portazo tras él.
Debería haber dejado que se quedara en el hotel.