21
C onnor
Connor se despertó alarmado por los gemidos angustiados de Lexie.
Era un sonido muy distinto a los gemidos de éxtasis que ella había dejado escapar antes.
Se incorporó, se apoyó en un codo y se echó sobre ella, preocupado al ver su ceño fruncido y sus párpados temblorosos.
Mientras la observaba, debatiéndose entre despertarla o no, una lágrima se le escapó por el rabillo del ojo y le resbaló por la mejilla. Eso lo decidió.
—Lexie, cariño, despierta. Estás teniendo una pesadilla.
—Le acarició la cara, secándole la lágrima con el pulgar—.
Lexie, despierta. —Ella abrió los ojos de golpe; el brillante gris plateado se veía aún más resplandeciente por el torrente de lágrimas que estaba derramando.
Levantó la vista hacia él y una emoción desconocida atravesó brevemente sus ojos; luego le tembló la boca y se le escaparon más lágrimas.
La expresión de pérdida grabada en su rostro lo golpeó como un puñetazo.
Le secó una vez más las lágrimas—. Solo ha sido un sueño, cariño.
Ella se estremeció y se llevó las manos a la cara para secarse las mejillas húmedas.
—Ha sido una pesadilla. Siempre es la misma.
Damien, muriendo, solo bajo la lluvia. Hacía un par de años que no la tenía.
Creía que había desaparecido para siempre.
—Sollozó. Connor intentó abrazarla y pegarla a él, pero ella se resistió, apoyando la mano contra su pecho.
Lo atravesó un punzante dolor al darse cuenta de que ella no quería su consuelo.
Lexie se incorporó y apartó la vista de él, aparentemente ajena a su desnudez.
La luz de la luna iluminaba la piel cremosa de sus pechos turgentes, y su cuerpo se estremeció como respuesta.
Ahora no es el momento , se dijo a sí mismo.
Volvió a centrar su atención donde debía estar y la oyó murmurar—: Esto ha sido un error.
Se puso tenso, y la decepción le caló hondo. Había sido él quien había insistido en que fuera solo algo puntual. Pero, si era completamente sincero, después de la noche anterior sabía que una sola vez no iba a ser suficiente. Quería tenerla más tiempo en su cama.
Intuyó lo que ella estaba sintiendo.
—Lexie, Dios sabe que esto debe de ser duro para ti, pero estoy seguro de que Damien no querría que te sintieras mal por seguir adelante con tu vida. —Se dio cuenta de que había dicho algo inapropiado cuando ella se puso tensa.
—¿Cómo vas a saber lo que Damien querría o no querría? — Se levantó de un salto y empezó a recoger frenéticamente su ropa, poniéndosela sobre la marcha.
Él también se levantó y se puso rápidamente los calzoncillos.
—Porque, si yo muriera, no querría que alguien a quien amara pasara el resto de su vida sola.
Debes saber que él no querría eso, y estoy seguro de que, si fuera al revés, tú tampoco querrías que él se quedara solo para siempre.
—Su lógica pareció pasarle por alto por completo.
Ya estaba vestida y se dirigía hacia la puerta, desviándose para coger su portátil. Seguía sin mirarlo.
—Como nunca te has enamorado, no le doy mucha importancia a tu opinión. Y estoy segura de que, si Damien quisiera que siguiera adelante, no sería con un roquero mujeriego que ha decidido tomarse un descanso de sus groupies por una noche.
Sus palabras le sentaron como una bofetada, y se frenó en seco justo antes de alcanzarla.
Quizá ella tenía razón. Todo aquello le parecía un enorme error en ese momento.
Había metido la pata a lo grande al acostarse con ella, y ahora podía estar a punto de perder todo lo que había conseguido en las últimas semanas.
Si ella abandonaba la gira, iba a volver al punto de partida cuando ya sentía que estaba progresando.
Aparte de la distracción que suponía desearla, se había sentido más feliz, pero si ella se marchaba, todo eso podía derrumbarse de golpe.
De repente, una ola de frialdad lo invadió y, justo cuando ella abría la puerta, la llamó. Ella miró por encima del hombro, con los ojos anegados en lágrimas. Se arrepintió de sus palabras incluso antes de que salieran de su boca, pero no pudo contenerse.
—No te olvides de que has firmado un contrato.
Connor sabía que estaba siendo cruel, pero se había quedado paralizado por dentro ante la idea de que ella se marchara.
Lexie se puso tensa al darse cuenta de lo que estaba diciendo.
Esperó a que le gritara o algo así; al menos eso iba impedir que se marchara, pero, en lugar de eso, endureció su expresión y asintió con un gesto breve y seco, antes de darse media vuelta y salir por la puerta.
El clic del pestillo pareció retumbar por toda la habitación.
—¡Joder!
Connor soltó un suspiro áspero y se dejó caer en el sofá, con el corazón latiéndole con un sonido hueco en el pecho.
¿Cómo había podido pasar de ir todo tan bien a ir tan mal en cuestión de unos minutos?
Se echó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, y se puso las palmas de las manos contra los ojos.
Sus pensamientos se remontaron a la noche anterior y no pudo evitar que su cuerpo reaccionara ante aquellos vívidos recuerdos.
Había pasado una noche con ella, pero una noche no era ni de lejos suficiente.
Quería más. Una parte de él sabía que iba a ser así y por eso se había esforzado tanto por resistirse a la tentación.
Le dio un vuelco en el estómago al pensar que ella pudiera marcharse, que se alejara y que él no volviera a ver su rostro ni a oír su voz ni su risa nunca más.
Por eso no se metía en relaciones. ¿Quién coño necesitaba ese caos en su vida? Era más seguro acostarse con una mujer al azar y luego marcharse. Sin emociones, sin confusión, todos contentos.
Se había metido en un lío al acostarse con alguien que le gustaba de verdad, y no solo le había pasado a él: Lexie parecía devastada, y odiaba la idea de que lo que habían hecho la hubiera hecho sentirse tan culpable.
Al volver a pensar en la noche anterior, Connor soltó un gemido.
Nunca una mujer lo había excitado tanto, nunca había deseado penetrar a alguien con tanta fuerza, como si pudiera grabarse en su piel.
Su aroma, sus jadeos, el recuerdo de ella con la cabeza echada hacia atrás mientras se corría se habían grabado a fuego en su mente.
¿Cómo se suponía que iba a poder limitarse a las groupies que tuviera más a mano?
¿Cómo se suponía que iba a verla por la mañana sin lanzarse a por ella, pegarla a su cuerpo y aplastar su boca contra la de ella?
¿Cómo no iba a llevarla a la habitación libre más cercana, a inmovilizarla contra la pared para perderse en su calor húmedo?
Miró el reloj. Eran solo las cuatro de la madrugada, pero era imposible que pudiera volver a conciliar el sueño. Cogió su guitarra, que estaba apoyada contra la pared, e intentó aliviar el dolor en el pecho con notas y acordes, tal y como siempre había hecho.