Alto voltaje (Fractured Rock Star 1) 16
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C onnor

Connor intentaba componer una canción en su habitación de hotel, pero no conseguía concentrarse. Cada vez que oía voces, se detenía, levantaba la cabeza y aguzaba el oído para saber si eran Tex y Lexie regresando de dondequiera que hubieran ido esa mañana.

Cuando oyó el acento sureño y grave de Tex y la suave risa de Lexie, se puso en pie de un salto y se dirigió a zancadas hacia la puerta.

Estaba a punto de abrirla de un golpe y exigirles que le dijeran dónde habían estado, pero justo antes de hacerlo se dio cuenta de lo irracional que estaba siendo.

No tenía ningún derecho sobre Lexie. No tenía derecho a decirle que no podía pasar el rato con Tex.

Así que, en lugar de salir al pasillo exigiendo respuestas, se quedó lo más cerca posible de la puerta sin llegar a pegar la oreja contra ella.

Porque no era espiar si solo te encontrabas al alcance del oído, ¿verdad?

Oyó el profundo retumbar de la voz de Tex.

—Gracias, Lexie. Me lo he pasado muy bien. Aunque sigo pensando que habría sido aún mejor con menos ropa puesta.

Se puso tenso al oír las palabras de Tex y se acercó un poco más para escuchar la suave respuesta de Lexie.

—Bueno, ya sabes, a veces es incluso más sexy cuando te dejas algo de ropa puesta.

No te preocupes, me has dado justo lo que necesitaba.

—Connor abrió mucho los ojos. Hijo de puta.

Fuera o no irracional, estaba a punto de romperle la puta nariz a Tex, de abrir la puerta de un golpe y lanzarle un puñetazo.

Pero fue en ese momento cuando su cerebro procesó el resto de lo que Lexie estaba diciendo—.

Estoy deseando ver cómo quedan las fotos.

Connor se desplomó contra la pared. Era un puto idiota.

Claro que solo habían estado haciendo fotos.

Se pasó las manos por la cara. ¿Qué coño le pasaba?

Todavía podía oír las voces bajas de Tex y Lexie hablando y, aunque quería escuchar lo que se decían, se obligó a apartarse y a volver a su inútil intento de componer una canción.

Unos minutos más tarde, alguien llamó a la puerta.

Por los fuertes golpes supo que era Tex, así que se tomó su tiempo para ir a abrir.

Cuando lo hizo, mantuvo una expresión neutra e intentó mostrarse tranquilo, mientras echaba un vistazo disimuladamente al pasillo en busca de Lexie, que no se veía por ningún lado.

—Hola, tío, ¿qué tal?

Una gran sonrisa se dibujó en el rostro de Tex. Al parecer, no había conseguido aparentar desinterés.

—Bueno, ¿vas a invitarme a pasar o prefieres que hablemos en el pasillo?

Connor frunció el ceño.

—¿Hablar de qué?

Tex se limitó a esperar en silencio, aún con esa sonrisa de oreja a oreja en la cara.

Suspirando, Connor se apartó del umbral y dejó que Tex pasara junto a él y entrara en la habitación.

Tras cerrar la puerta, Connor se giró y lo siguió hasta el salón, donde se quedó de pie, cruzado de brazos, esperando a que Tex dijera lo que fuera que quisiera decir.

En lugar de soltarlo de una vez, Tex se agachó hacia la mesa de centro, donde Connor había dejado su guitarra; la cogió y empezó a rasguearla con aire despreocupado, con la cabeza gacha.

Connor apretó la mandíbula. ¿Qué demonios le pasaba a Tex? Justo cuando estaba a punto de exigirle que le dijera qué estaba pasando, Tex levantó la cabeza y, con una pequeña sonrisa en los labios, se puso a hablar con su profundo acento sureño.

—Esta mañana he besado a Lexie. Solo quería que lo supieras, ya que teníamos ese acuerdo y todo eso.

—Connor oyó un zumbido en los oídos y la sensación ligeramente asesina que había tenido mientras escuchaba detrás de la puerta regresó con toda su fuerza.

Entrecerró los ojos y apretó los puños. Tex levantó la guitarra de Connor y continuó—: He pensado que esto podría servirme de seguro por si querías darme un puñetazo.

Un dolor sordo atravesó la furia de Connor. Apretó las manos con más fuerza para evitar ceder a la ira y lanzarle un puñetazo justo en plena cara a Tex.

—¿Qué coño, Tex…? —espetó entre dientes.

Tex le escudriñó el rostro como si pudiera leer en él todo lo que Connor estaba sintiendo.

—No correspondió al beso. Supongo que no soy su tipo. Aunque se lo tomó bien. No voy a mentir, esperaba que surgiera algo, pero supongo que no está hecha para mí.

Los músculos tensos de Connor se relajaron al sentir cómo le invadía el alivio.

¿No había correspondido al beso a Tex? ¿Significaba eso que no lo deseaba o solo que era más profesional que Tex?

Intentó convencerse de que su enfado se debía únicamente a la preocupación de que le hiciera daño a Lexie y que eso la llevara a romper su contrato y a marcharse, pero eso era mentira.

La quería para él solo. Saber que Tex ya había dado un paso adelante y había recibido un rechazo no ayudaba en nada a la situación.

No había forma de que pudiera tenerla. Ya sabía que no podía ofrecerle las cosas que una mujer como ella necesitaba.

Una noche en su cama podía ser suficiente para la mayoría de las mujeres con las que se relacionaba, pero alguien como Lexie iba a querer más, y él no estaba dispuesto a dárselo ni era capaz siquiera de hacerlo.

Solo tenía que recuperar la cordura, aguantarse y pasar el resto de la gira manteniendo su deseo a raya.

Entonces, cuando ella se hubiera ido, por fin podría sacársela de la cabeza y las cosas iban a volver a la normalidad.

—Entonces, ¿todo bien, tío? —preguntó Tex.

Connor puso los ojos en blanco y la tensión abandonó su cuerpo. Era difícil seguir enfadado con su mejor amigo. Sobre todo cuando ya sabía que Lexie no había estado interesada.

Esbozó una sonrisa burlona.

—Espero que el disgusto del rechazo te sirva de lección. Pero a partir de ahora, mantén las putas manos quietas.

Tex asintió y levantó los brazos.

—No la tocaré, lo prometo.

Sacudiendo la cabeza, Connor se acercó a la barra y sirvió unas copas para los dos. Con o sin esa nueva determinación, no había suficiente alcohol en el mundo que fuera a hacer más fácil superar el resto de la gira.

Una semana después, estaban en Indianápolis.

Connor observaba a Lexie mientras tomaba fotos del montaje de la pasarela desde donde estaba sentado, en la plataforma de la batería.

Llevaba unos pantalones cortos deshilachados que le marcaban el trasero y una camiseta sin mangas blanca y sedosa que se ceñía a sus pechos turgentes.

El simple hecho de verla moverse con gracia mientras trabajaba ya lo había puesto medio duro.

Las cosas no habían mejorado durante la última semana. Lo único en lo que podía pensar era en acercarse a ella, empotrarla contra la superficie vertical más cercana y besarla con toda la pasión del mundo. Casi podía imaginar los gemidos que iba a soltar cuando por fin la probara.

Soltó un quejido y se pasó las manos por el pelo. Estar cerca de ella —desear lo que no podía tener— se estaba convirtiendo en una tortura.

No estaba acostumbrado a sentirse así, como un colegial que se deleitaba con su amor platónico del instituto.

Normalmente, solo tenía que elegir entre las mujeres que se le echaban encima.

Era solo una forma de calmar el gusanillo.

Con Lexie, podía mirar pero no tocar, y eso lo estaba volviendo loco.

No recordaba la última vez que había pasado tanto tiempo con una mujer que le gustara y con la que, además, quisiera acostarse.

Cada vez que estaban en el mismo lugar, sus ojos se veían atraídos hacia ella. Cuando no la tenía a la vista, se preguntaba dónde estaba y qué estaba haciendo. Durante sus conciertos, la buscaba entre el público.

Desde que ella se había unido a ellos en la gira, no había tenido ni un solo rollo, y la situación empezaba a ser grave.

Su intento de acostarse con una mujer al azar para desahogar parte de ese deseo reprimido había fracasado, y volver a intentarlo le parecía un error, ya que sabía que iba a estar pensando en Lexie todo el rato.

La ducha estaba trabajando a fondo, eso estaba claro, ya fuera para satisfacer ahí sus necesidades o solo para refrescarse con agua fría.

Se pasaba el rato mirándola cuando habría tenido que estar aprovechando su tiempo libre para trabajar en el nuevo álbum.

Así que no le pasó desapercibido que Joe, uno de los técnicos de iluminación, se acercaba para hablar con ella.

Lexie se volvió al ver que se acercaba y le dedicó una de esas sonrisas preciosas que la caracterizaban.

Connor apretó la mandíbula; sentía unos celos irracionales porque no fuera a él a quien le estaba sonriendo.

Desde ese ángulo, no podía ver la cara de Joe, pero la expresión de Lexie le hizo enderezarse: su sonrisa se desvaneció y negó suavemente con la cabeza.

Connor no podía oír lo que decían, pero vio cómo Joe le cogía la mano.

Ella se lo permitió, pero su cuerpo se tensó.

Volvió a negar y luego retiró la mano con delicadeza.

Connor se puso de pie. No sabía de qué iba la conversación, pero Lexie parecía molesta, así que iba a averiguarlo y a ponerle fin si era necesario.

Cuando se dirigía hacia ellos, Joe se encogió de hombros, luego se dio la vuelta y se alejó con aire decepcionado.

Lexie se llevó los dedos a la boca, con los ojos muy abiertos y cara de pena.

Antes de que él pudiera llegar hasta ella, ella dio media vuelta y se dirigió rápidamente hacia una puerta lateral, la abrió de un tirón y se coló por allí.

Connor echó a correr, agarró la puerta justo antes de que se cerrara de golpe y la siguió al interior. Estaban en una de las grandes salas que se utilizaban para guardar diversos equipos deportivos. No había ventanas; la única luz entraba por las rendijas que había alrededor de varias puertas.