12
L exie
Cuatro días después, Lexie estaba sentada en la parte delantera del autobús haciéndole compañía a Maggie mientras se dirigían hacia Colorado.
Habían viajado toda la noche y el sol empezaba a salir; los rayos de luz comenzaban a abrirse paso entre las densas nubes, proyectando largas sombras sobre la carretera delante del autobús.
Como Lexie estaba acostumbrada a levantarse temprano por su trabajo, solía ser la primera en despertarse, y se había dirigido a la parte delantera del autobús para sentarse en el cómodo asiento del copiloto, al otro lado del pasillo de Maggie, para acompañarla mientras conducía.
A Maggie parecía gustarle tener a alguien con quien charlar.
Ya había deleitado a Lexie con varias historias de su época en la Marina, donde se había encargado del entrenamiento y el mantenimiento del equipo de navegación.
—¿Cómo era vivir en un barco durante meses seguidos? — preguntó Lexie.
Maggie esbozó una sonrisa.
—Fue estupendo disfrutar de esa camaradería.
Y poder visitar tantos países diferentes fue increíble.
Cada día era un reto, tanto para bien como para mal, pero en general me gustó.
Ver salir el sol desde la cubierta de un barco en medio del océano fue una de las cosas más bonitas y tranquilas que he vivido nunca.
Lexie sonrió; su mente de fotógrafa visualizó inmediatamente la escena y empezó a pensar en cómo la habría captado con la cámara. Sacudió un poco la cabeza para volver a centrarse en la conversación.
—¿Y cómo acabaste haciendo este trabajo?
—Me saqué el carné de autobús después de dejar la Marina. Solía conducir autobuses de Greyhound, pero me aburría un poco ir y venir siempre por la misma ruta. Un día vi un anuncio en el periódico para ser conductor de autobús turístico, presenté mi solicitud y aquí estoy.
—¿Cuánto tiempo te has pasado llevando a esta gente de un lado a otro?
—Esta es la tercera excursión que hago con ellos, así que algo más de cuatro años. —Maggie no pudo ocultar el cariño en su voz.
—¿Te gusta?
—Sí. Este trabajo puede ser un poco impredecible, dependiendo de los artistas para los que conduzcas.
Algunos son más agradables que otros. Pero me encantan estos chicos: son divertidos sin llegar a estar tan locos como para hacerme la vida imposible.
Y son respetuosos, lo que hace que el trabajo sea mucho más agradable.
—Lexie sonrió para sus adentros. Llevaba con la banda menos de una semana, pero ya sabía que le caían muy bien todos.
Maggie la miró de reojo, con una amplia sonrisa en el rostro—.
Son buenos chicos, los cuatro. —Hizo una pausa—. Y solteros, además.
Lexie miró a Maggie con sorpresa y luego se removió incómoda ante su mirada cómplice.
—Ah, eh… Bueno, seguro que así es como les gusta.
—Quizá. O puede que solo crean que les gusta así.
—Lexie volvió a moverse inquieta en su asiento.
Tal vez le gustaran todos los chicos, pero había uno que ocupaba sus pensamientos más que los demás.
Esperaba que no fuera demasiado obvio, aunque la forma en que Maggie la estudiaba le hacía pensar que no era tan buena ocultando sus sentimientos como le habría gustado.
Adoptó una expresión de amable curiosidad, esperando que su rubor no fuera demasiado evidente.
Maggie soltó una risita y volvió a concentrarse en la carretera—.
Bueno, si fuera unos años más joven y tan guapa como tú, elegiría a uno de esos chicos para pasar un buen rato.
Lexie se quedó boquiabierta y echó un vistazo por encima del hombro para asegurarse de que ninguno de los chicos hubiera salido y hubiera oído a Maggie.
—No estoy aquí para divertirme. Estoy aquí para hacer un trabajo. —Incluso a los oídos de Lexie, su protesta sonó menos enfática de lo que debía.
Maggie asintió.
—Sí, es verdad. Pero no estoy convencida de que esas cosas sean incompatibles.
—Lexie negó con la cabeza, y Maggie volvió a reírse entre dientes—.
Bueno, no tengo ningún favorito porque todos esos chicos tienen algo especial, pero…
—la observó con aire especulativo—. Creo que tú y Connor haríais buena pareja.
—Esa vez, Lexie sabía que su sonrojo era evidente.
Dios mío, ¿acaso todo el mundo estaba al tanto de su atracción inapropiada?
Volviendo la vista a la carretera, Maggie asintió con decisión—.
Sí, él es el indicado. No sé muy bien qué es, pero hay algo al pensar en vosotros dos juntos que encaja.
Lexie intentó restarle importancia con una risa.
—No lo creo, Maggie. Connor y yo no tenemos nada en común.
—¿En serio? Creo que os parecéis más de lo que pensáis.
Los dos sois artistas, apasionados por vuestro arte.
Los dos tenéis un gran corazón, aunque tú lo llevas a flor de piel y Connor lo oculta.
Y puede que me equivoque, pero creo que los dos habéis sufrido mucho en vuestras vidas.
—Miró a Lexie y le dedicó una sonrisa comprensiva—.
Quizá si estuvierais juntos podríais aliviar el dolor del otro.
—Le guiñó un ojo a Lexie—. O podríais tontear sin más.
Lexie se encogió de vergüenza. Por mucho que Connor le resultara atractivo, sabía que era algo superficial.
Independientemente de lo que pensara Maggie, ellos dos no tenían nada en común.
Él era una estrella del rock y un playboy mundialmente famoso, y ella solo era una fotógrafa.
No estaba segura de si él sufría o no, pero, aunque fuera así, ella no estaba en posición de ayudarlo.
Las circunstancias los habían unido, pero tras unos meses iban a separarse sus caminos y jamás iban a volver a verse.
Lo único que quería era hacer justicia a la visión de Connor para el libro de fotos y luego volver a reconstruir su vida.
Quizá algún día pudiera plantearse buscar a alguien con quien compartirla, pero, independientemente de si llegaba o no a ese punto, tener una aventura con alguien como Connor no era una buena idea.
Ni en ese momento ni nunca. Además, estaba convencida de que a él ni siquiera se le había pasado por la cabeza la idea de ir más allá de un coqueteo informal con ella.
—Los chicos se despertarán pronto. Será mejor que vaya a preparar el café. —Se levantó de un salto y se escabulló.
Poco después de que todos se hubieran despertado, Maggie paró para repostar y aparcó el llamativo autobús de la gira detrás de la gasolinera para que no los asaltaran los fans.
Lexie le dijo a Maggie que bajaba a estirar las piernas mientras estaban parados.
Lo último que quería era que la dejaran atrás por accidente.
Cogió su cámara, bajó del autobús y se alejó un poco.
Se volvió al oír que los demás también habían salido del autobús, estirándose tras haber estado sentados durante tanto tiempo.
Observó cómo Connor levantaba los brazos por encima de la cabeza; la camiseta se le subió y le dejó entrever unos abdominales duros y bronceados.
Una oleada de calor la invadió y apartó la vista.
Para distraerse, se dio media vuelta y contempló los campos de maíz que se extendían a los lados de la carretera.
El día estaba nublado, pero el sol naciente teñía la parte inferior de las nubes de un tono casi violeta; el maíz ondulaba como un océano verde bajo la brisa ligera y fresca.
Inspirada por las vistas, levantó la cámara y tomó un par de fotos, y luego comprobó los resultados en la pantalla.
El sonido de unos pasos a sus espaldas hizo que su corazón se acelerara, como si su cuerpo ya supiera distinguir a Connor del resto de la gente.
—¿Qué tal han salido?
Su voz grave le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda; esperaba que no se notara.
Alzó la vista hacia sus vivos ojos verdes, manteniendo la cámara en alto entre los dos como si, de alguna manera, le ofreciera protección contra el efecto que él parecía tener sobre ella. Sonrió y volvió a estudiar la pantalla.
—No está mal. Lo bueno de los días nublados es que no hay mucho contraste, así que los detalles se ven mejor. ¿Ves?
Antes de que pudiera girar la cámara para que él lo viera, él se acercó a ella y se apoyó contra su brazo mientras se agachaba para mirar. El traicionero corazón de Lexie dio un vuelco, al parecer sin haber recibido el mensaje de que él no era la clase de hombre que ella debería desear.
—Está bien —dijo Connor—. Aunque un poco oscura. — Enarcó las cejas hacia ella, con los ojos brillando con picardía.
—Bueno, aún no he hecho ningún retoque.
—No sé, Lexie; creo que yo lo haría mejor con la cámara de mi móvil. —Unos hoyuelos, junto con una sonrisa burlona, aparecieron en su rostro.
—Ah, ¿sí? —preguntó ella, simulando sentirse ofendida, aunque segura de que el gesto que se le dibujaba en las comisuras de los labios la delataba.
Él asintió, y su sonrisa se hizo más amplia—.
De acuerdo —dijo ella con fingida seriedad, recorriéndolo con la mirada de arriba abajo como si lo estuviera evaluando—. Enséñame lo que sabes hacer.
Malinterpretándola a propósito, le dedicó una expresión ardiente.
—Bueno, no suelo ser muy de exhibicionismo, pero puedo hacer una excepción si de verdad quieres…
Él se echó a reír cuando ella puso los ojos en blanco y le dio un golpecito en el brazo; el tiro acabó saliéndole por la culata, ya que el tacto de su bíceps duro como una roca le hizo sentir un cosquilleo en la palma de la mano.
Aun así, dos podían jugar a ese juego.
Ella le dedicó una sonrisa burlona.
—No me digas que eres todo palabras y nada de acción. Sácalo y muéstrame lo que sabes hacer.
Él arqueó una ceja y la miró de arriba abajo.
—Bueno, si insistes, guapísima…